La moción de censura como «escrache»

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La presidenta de las Cortes, Ana Pastor, no ha querido prolongar la incertidumbre institucional provocada por la moción de censura presentada por el grupo socialista y ha convocado la sesión para los próximos jueves y viernes. El cumplimiento del calendario previsto constitucionalmente ha sido estricto, justamente cinco días después desde su presentación. A diferencia de la moción de Pablo Iglesias de 2017, que tardó en celebrarse un mes exacto desde su anuncio –el impacto provocó una cierta parálisis–, en esta ocasión se ha querido afrontar sin más demora, posiblemente por la indignación provocada en Mariano Rajoy, que vuelve a comprobar que es difícil confiar en el líder socialista. No tiene sentido prolongar una situación que sólo serviría para deteriorar la vida institucional del país, toda vez que los presupuestos generales han sido aprobados y siguen su curso normal hasta ser validados en unos veinte días por el Senado. Todavía hay margen (en los dos primeros días desde su inscripción en el registro, según el artículo 113.3 CE) para que sea aceptada otra moción, esa llamada «instrumental» de Cs, siempre y cuando consiguiera que el diez por ciento de los diputados la apoyara: le faltan tres. Pero, quién sabe, en esta extraña moción de censura, en la que no existe mayoría parlamentaria para sostenerla, ni aliados fiables, donde cada uno mira sus propios intereses según los dictan los análisis demoscópicos, sus cálculos de sostenerse en el propio aparato del partido, puede pasar de todo, incluso que se cumpla el más indigesto y aberrante de los escenarios: que Pedro Sánchez llegase a gobernar España con el apoyo de los partidos independentistas catalanes, PDeCAT y ERC, aquellos que gobernaron la Generalitat, proclamaron la independencia unilateral y obligaron a la aplicación del artículo 155. No deberían olvidar –ni PSOE ni futuros socios– que el PP sigue teniendo la mayoría en el Senado. Quién sabe si dados a llevar al límite el esperpento se llegará a sumar Bildu, siempre dispuestos a desestabilizar el Estado. Después de todo, los proetarras apoyaron a Iglesias en su frustrada moción. ERC, también. Se ha producido una banalización de un recurso parlamentario que debe manejarse con cautela y moderación, ni abusar de su empleo porque aunque en ninguno de los tres precedentes, no contaban con posibilidades de salir adelante, en este caso parece que Sánchez cree que la posibilidad de llegar a La Moncloa es real. Así lo vendió ayer en su propio partido. No parece importarle que el PSOE esté en su nivel de escaños y votos más bajo desde 1977. Es una anormalidad y una enorme irresponsabilidad que un partido que ha representado tanto en España ponga en marcha una moción que cada vez parece más un «escrache» político, sin más objetivo que «echar» sea como sea al PP del Gobierno y –si se sigue la consigna de Podemos– también de las instituciones. No estamos ante lo que se denomina «moción constructiva» de censura, pues éstas precisamente lo que buscan es bloquear las mayorías artificiales y destructivas, aquellas que buscan derrocar al gobierno pero no hay posibilidades de formar una alternativa real con un programa fiable. Es decir, la de Sánchez es una «moción negativa» incapaz de crear un gobierno fiable y, por contra, con evidentes riesgos de desestabilizar al país. El Gobierno constituido tiene el margen de defensa de que el candidato consiga su propósito por mayoría absoluta y no siempre. Sánchez corre el riesgo de perder por mayoría aplastante.