La patria de la palabra

La Razón
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El riesgo de los clásicos es su secularización. Convertir a alguien cuya aportación a la cultura universal ha sido fundamental –en el caso de Cervantes, inventar la novela moderna– en un símbolo sobre el que no pasa el tiempo, pero tampoco la vida. Convertirse en poco menos que un santo laico al que se adora, pero ni siquiera se comprende. Ahora celebramos el 400º aniversario del creador del «Quijote» y volvemos a comprobar el peso de su obra en la renovación de las letras, la fascinación que sigue causando en los lectores y, sobre todo, el modelo vital que inspiró, aquellos dos hombres destinados a viajar por el territorio infinito de los libros de caballería y por la tierra de La Mancha. Siempre la verdad y la mentira, lo real y lo inventado, la confusión entre escritor y personaje. El hidalgo Don Quijote y su fiel y muy escéptico escudero Sancho representan un alma dual, la imaginación y la locura frente a la sensatez y la cordura, de manera que la una sin la otra no tienen sentido, de la misma manera que caballero y sirviente no tendrían razón de ser si no fuera en esa dialéctica. Algunos han querido encontrar en ese juego el ser más profundo de España, pero se quedan cortos: es una caracterización universal que el romanticismo trajo hasta nosotros, la pugna entre el deseo y la obstinación de los hechos por hacernos poner los pies en la tierra. Así aparece la figura del «quijotismo» generoso y valiente, pero inútil. A Ortega y Gasset le permitió escribir uno de sus libros –el primero–, «Meditaciones del Quijote» (1914) en el que sí expuso alguna de las ideas sobre el laberinto español que siguen vigentes: lo denominó la «oligarquía de la muerte», el insoportable peso del pasado sobre el presente y la eterna pregunta sobre nuestra identidad. Eso nos lo ha enseñado el «Quijote», ese libro de aventuras aparentemente intrascendentes en el que se hace uno de los más bellos alegatos a la libertad: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida...». Y ahora nos encontramos conmemorando la muerte de Cervantes, y el hecho mismo de hacerlo es un milagro porque pervive por el don de atemporalidad, que es lo que caracteriza a los clásicos. Las naciones son su cultura y España tiene uno de los patrimonios que han dado forma a lo que ahora llamamos cultura global. Es, por lo tanto, obligación de nuestros gobernantes cuidar del legado de Cervantes con el mismo esmero que se protege el Museo del Prado, la Biblioteca Nacional o el Archivo General de Indias. Esta conmemoración es una oportunidad para defender el valor de la cultura en una sociedad que sufre la falta de valores de altas miras («de altos espíritus es apreciar las cosas altas», escribió el alcalaíno) y fortalecernos en lo único en lo que no debe haber diferencias políticas: la defensa de la condición humana frente a toda forma de despotismo. El resto es educación, la mayor inversión que puede hacer un país. Es decir, el dinero al servicio del conocimiento y no al revés. ¿Es quijotesco? Como decía un viejo profesor: enseñar a leer, a escribir y hablar. Tal vez sí, pero es necesario decirlo. Parece poco en un mundo tecnificado hasta la atrofia, pero es la base del desarrollo. No conviene obsesionarse con el nivel de lectura del «Quijote» (tampoco la mayoría de los británicos han leído o visto un drama de Shakesperare), pero sí nos tranquiliza, o alarma, saber cuántos españoles confiesan no haberlo leído. Recordamos un barómetro del CIS de junio de 2015: el 40,9% dice no haberlo leído. ¿Es mucho? ¿Es poco?