Lección de coherencia política de los socialistas portugueses

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El triunfo en Portugal de la coalición de centro derecha que lidera el actual jefe de Gobierno, Pedro Passos Coelho, tiene el mérito innegable de haberse producido tras su gestión del rescate de la economía lusa, que le obligó a aplicar las severas medidas de austeridad que exigían la Comisión Europea y el FMI, pero no ha sido suficiente para garantizarle un gobierno estable. Passos Coelho, en efecto, ha sufrido el inevitable desgaste, especialmente en las zonas rurales del sur del país, y, con 104 escaños, no ha conseguido reeditar la mayoría absoluta. Su principal adversario, el Partido Socialista de Antonio Costa, sólo ha mejorado levemente los resultados de su antecesor, quedándose en 85 diputados, y, por el contrario, ha visto crecer a su izquierda a un partido radical como el Bloco de Esquerra, que ha obtenido el mayor número de parlamentarios –19– de su no demasiado corta historia. Los comunistas, anclados en la vieja ortodoxia marxista, han conseguido 17 escaños. Matemáticamente, pues, en Portugal podría establecerse un gobierno de coalición de izquierdas liderado por los socialistas, ya que, empleando los términos de sus congéneres españoles, «la confluencia de las fuerzas progresistas» suma la mayoría absoluta de la Cámara. Ésta ha sido, por supuesto, la inmediata lectura que se ha hecho de las elecciones lusas desde Podemos, Izquierda Unida e, incluso, desde algunos sectores del PSOE. Pero si bien entre la izquierda española de hoy podría aplicarse literalmente aquel sarcasmo de Groucho Marx sobre la levedad de los principios, ni Portugal es España ni el Partido Socialista portugués tiene los problemas de indefinición ideológica y política que aquejan al PSOE y a su secretario general, Pedro Sánchez. La respuesta del líder socialista portugués a los llamamientos a formar un «frente de izquierdas», en el sentido de que no estaba dispuesto a comandar «mayorías negativas» sin más argamasa que impedir un gobierno de centro derecha, nos remite al respeto a sus electores y a su programa político por encima de tentaciones oportunistas. Porque lo que se plantea al socialismo portugués es un pacto de gobernabilidad con unas formaciones como el PCP, que aboga por la salida del euro, y como el Bloco de Esquerra, que reclama la reestructuración de la deuda y un nuevo acuerdo con Bruselas, obviando la postura de Antonio Costa, comprometido con el mantenimiento de la moneda única y con las políticas de reestructuración financiera que lleva a cabo la Comisión Europea. Aunque habrá que ver la evolución de los acontecimientos, ya que la posición del líder socialista ha quedado muy debilitada frente al sector crítico de su partido, no se debería descartar la formación de un gobierno de concentración entre los dos grandes partidos lusos, atendiendo a la delicada situación económica y financiera del país. Portugal ha conseguido superar la emergencia del rescate, pero necesita estabilidad para mantener el proceso de crecimiento. En definitiva, la inmensa mayoría de los portugueses no ha votado por propuestas aventureras de extrema izquierda ni por rancias fórmulas marxistas de economía social. Una premisa que, en España, parecen haber olvidado muchos dirigentes socialistas –aunque no es el caso de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz–, inclinados a cualquier pacto con extremistas con tal de perjudicar al centro derecha, aunque esto suponga dañar la recuperación.