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Mil días del papado de la renovación

Ayer fue un día grande para la Iglesia, no sólo porque se cumplían mil días de la elección del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, para ocupar el trono de San Pedro, sino porque, con la apertura solemne de la Puerta Santa de la basílica vaticana, se inauguraba el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. El cambio en una Iglesia que recupera su vocación más social gracias al impulso del Papa Francisco nos ofreció también la imagen insólita de la presencia en la ceremonia inaugural del Jubileo de un Papa emérito, Benedicto XVI, siempre en buena sintonía con su sucesor. Desde su elección, el 13 de marzo de 2013, el Papa se ha ganado el corazón de los fieles y el respeto de todos los hombres y mujeres de buena voluntad que comprenden y valoran el esfuerzo de Francisco para reforzar la presencia de la Iglesia entre los más necesitados y sus llamamientos en pro de la paz, la defensa de los derechos humanos, el diálogo entre las diferentes religiones y el reclamo a la protección de la naturaleza, como uno de los bienes otorgados por Dios a la humanidad. El ejemplo del Santo Padre, con una manera de actuar sencilla y cercana, y un estilo de vida austero y profundamente espiritual, ha marcado su impronta en el Papado, tal vez con la misma solidez que algunos de sus más trascendentes antecesores.

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