Repugnante cinismo etarra

El camino del perdón y la reconciliación, a efectos exclusivamente morales, no puede invocarse desde la mentira, que es, en esencia, el rasgo que preside el último comunicado de la banda etarra. No hay en todo el texto un sólo párrafo que pueda considerarse muestra de arrepentimiento. Todo lo contrario, con un cinismo repugnante, los terroristas justifican sus cinco décadas de horror y se permiten el desahogo de marcar diferencias entre las víctimas causadas–unas serían inocentes, otras no–, además de reclamar respeto para los asesinados «en la lucha armada», como si se pudiera admitir la menor paridad o equivalencia entre los cobardes asesinos del tiro en la nuca y la bomba a distancia y quienes defendieron con su vida la democracia española. Una vez más, ETA pretende reescribir la historia y hacer pasar su relato de los hechos como la realidad única. Pero no. En esta misma línea de exigencia de la verdad, ayer, los obispos de las distintas diócesis vascas, navarras y del sur de Francia hicieron público un comunicado de perdón a las víctimas del terrorismo por las «complicidades, ambigüedades y omisiones» que se dieron en el seno de la Iglesia durante el largo período de terror.

En el texto eclesial, que reconoce, por fin, la dolorosa responsabilidad contraída por algunos prelados y sacerdotes, se especifican las condiciones de una verdadera reconciliación que exige la sincera petición de perdón, disposición a reparar el mal causado en la medida de lo posible y, especialmente, la solidaridad con aquellas víctimas cuyos atentados no han podido ser todavía esclarecidos y padecen el sufrimiento añadido de la impunidad. Pues bien, ninguno de estos principios básicos se encuentran en el comunicado etarra, cuya intencionalidad es fácil inferir, aunque sólo sea por la coincidencia de su publicación con la vista oral de los sucesos de Alsasua (Navarra), que está poniendo de manifiesto la persistencia de los métodos de amedrentamiento del terrorismo etarra en amplias zonas del País Vasco y Navarra, donde se impone la coacción contra aquellos que no comulgan con la ideología totalitaria abertzale y se mantiene la política de acoso a los miembros de las Fuerzas de Seguridad. El espectáculo en la sala de audiencias de unos vecinos obligados a testificar por la presión de los proetarras y la descripción sumarial de la brutal paliza sufrida por dos guardias civiles y sus parejas respectivas desvirtúan el discurso de Bildu y de las terminales proetarras, tanto como la sangrante humillación de las víctimas en los homenajes públicos a los terroristas que regresan con la condena de prisión cumplida. No hay, pues, novedad alguna que celebrar en el comunicado etarra o en el anuncio de la próxima disolución de ETA, que no sea la constatación de que la banda, pese a su derrota frente a la democracia española, pretende un lavado de imagen imposible, por mentiroso.

Es más, la sociedad debe mantenerse atenta a una maniobra que sólo busca conseguir el mismo objetivo por otros medios. Nada le debemos a los etarras, que no pueden exigir la menor compensación por dejar de matar. Al contrario, es el conjunto de la ciudadanía española la que puede exigir a la banda el verdadero arrepentimiento, que pasa, como siempre hemos señalado, por reconocer el daño causado y repararlo en lo posible, pedir perdón y, sobre todo, colaborar con la Justicia en el esclarecimiento de los más de 300 atentados que permanecen impunes. Hasta que estas condiciones no se cumplan, cualquier cambio en la política penitenciaria, cualquier concesión del Estado debe ser claramente rechazada. ETA, que quede claro, no sólo no ha pedido perdón, sino que se ha permitido el lujo de volver a atacar a las víctimas.