Riesgo de extremismo en Francia

La Razón
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La mera hipótesis de que dos políticos que defienden ideas, planteamientos y proyectos que no resisten el menor contacto con la realidad y suponen la vía más directa hacia el fracaso social puedan acabar disputándose la presidencia de la República francesa –la sexta potencia económica mundial y una de las democracias más antiguas de Europa– debe llamarnos a la reflexión sobre la pérdida de la conexión popular de los grandes partidos tradicionales. Nos referimos, por supuesto, al inquietante salto en las encuestas del candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Melenchon, un veterano de la izquierda francesa reconvertido al populismo; y a Marine Le Pen, que asume los viejos argumentos nacionalistas de la extrema derecha europea, y a quienes los sondeos otorgan bazas suficientes para pasar a la segunda vuelta tras las elecciones de este domingo. Frente a ellos, la gran esperanza no está puesta ni en el representante del centroderecha, François Fillon, ni en el del socialismo, Benoit Hamon, sino en un inclasificable Emmanuel Macron, ex ministro socialista, pero impulsor de políticas liberales, cuyo mayor acierto ha sido, precisamente, no definirse ideológicamente durante toda la campaña. Ciertamente, se puede aducir que las dificultades sobrevenidas que enfrenta el candidato conservador, Fillon, están en el origen de su retroceso en las encuestas –que le otorgaban la victoria antes del escándalo de los sueldos públicos de su esposa e hijos– o que la crisis del Partido Socialista responde al mismo fenómeno de decadencia que afecta a toda la socialdemocracia europea, pero, con ser ciertas ambas cuestiones, no explican porqué los electores se dejan seducir por unas alternativas que, hay que insistir en ello, ni son originales ni aportan nada útil al conjunto de la sociedad. Que en la Francia del siglo XXI, pueda tener eco un programa de referencias bolivarianas como el de Melenchon o como el de Le Pen, no deja de ser una anomalía política, que, confiemos, sólo sea coyuntural. Ciertamente Francia, –como España antes de que el Gobierno de Mariano Rajoy llevara a cabo su amplio programa de reformas– ha visto como la crisis económica internacional se combinaba con unas estructuras administrativas y empresariales obsoletas e ineficaces para hacer frente al nuevo modelo de libertad de mercado e integración económica y política que se ha construido al calor de la Unión Europea, y cuyas exigencias en el campo de batalla de la competitividad industrial exigen actuar en idéntico sentido. Pero la demagogia de los populistas –ejercida, además, sobre un cuerpo social herido por la crisis y desconcertado– propone el retorno al aislamiento, las barreras arancelarias, la intervención en el mercado de cambios y el dumping industrial, que son, exactamente, las mismas fórmulas que han llevado a la ruina a Venezuela o que han estado a punto de sepultar la economía de Argentina, por citar dos países que tanto Melenchón como Le Pen toman de ejemplo. Y, por supuesto, como nada de lo que proponen tiene la menor viabilidad en el seno de la Unión Europea y en el marco de la moneda única, se deslegitima el proyecto europeo, rehén de todos los males. Ya lo vimos en Grecia, con las consecuencias sabidas. Es preciso que la política tradicional, la que opera sobre las realidades, por muy difíciles que se presenten, vuelva a sintonizar con las preocupaciones y esperanzas de los ciudadanos. Y el camino se encuentra en el rigor y en la pedagogía de que mantener el Estado del bienestar exige el esfuerzo y el sacrificio de todos. Porque tratar de emular a los populistas conduce a la irrelevancia, como ejemplifica el fracaso del socialismo actual.