Rivera elige la vía de la depuración

La Razón
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De alguna manera tenía que aparecer en público Albert Rivera y tomar la iniciativa tras la evidencia de que en Ciudadanos las cosas no van bien. Ha optado por la vía orgánica, la del cierre del filas, la de la disciplina y la ocultación del conflicto que ha desencadenado la primera crisis del partido. No es, además, una crisis menor, sino la que incide directamente sobre su función como organización, su línea ideológica y estrategia. La celebración del Consejo General de Cs ha sido el formato elegido, el que ha asegurado que en ningún momento Rivera recibiese la menor crítica y apareciese de nuevo ante la opinión pública como un líder incuestionable. Pero algo se ha roto entre Cs y una parte de su electorado, que esperaba una manera diferente de actuar en política, regeneradora, por utilizar el término talismán del partido. Puede decirse que la reacción de Rivera en el cónclave celebrado ayer ha sido decepcionante porque ha recurrido a la fórmula clásica de amenazar de la manera más tosca a los que disientan de la línea política trazada. «Si algunos piensan que el sanchismo tiene que campar a sus anchas, que presenten un partido político», sentenció. Más allá de que se esperaba otra reacción de un partido que parecía abogar por otra manera de hacer política menos dogmática y encorsetada, Rivera ha vuelto a demostrar su aislamiento y una distorsionada mirada sobre las posibilidades reales de su partido y de las de él mismo para estar al frente del Gobierno de España, que es, como tantas veces ha reconocido, a lo que realmente aspira. Optar por la vía de la depuración creyendo que de esta manera el partido conseguirá sus objetivos es un error contrastable, sobre todo cuando el debate que se ha planteado en Cs no tiene la componente de la lucha entre facciones. La dimisión de Toni Roldán, la crítica abierta de varios dirigentes de la ejecutiva de Cs y la perplejidad expresada por destacados fundadores del partido no pueden despreciarse con una medida disciplinaria. Lo hemos dicho en estas páginas: Rivera está en sus derecho de no facilitar la investidura de Pedro Sánchez. El PSOE llegó a La Moncloa –y lo revalidó en las elecciones del 28 de abril– con una mayoría formada por Podemos y unos aliados abiertamente contrarios del orden constitucional y dispuestos a asaltarlo de nuevo, como ya han anunciado, y no puede ser apoyado, pero tampoco permitir, si es posible, su formación. Cs podría evitarlo. Ese es el dilema que vive Rivera, aunque se aferre desesperadamente al «no es no». En política pocas cosas se dan con un cheque en blanco y Cs debe jugar sus opciones con inteligencia. Es posible que sus votantes lo sepan apreciar. Ahora el perfil de uno de los partidos que vino a regenerar la política española es el inmovilismo, el tacticismo y, lo que es imperdonable siendo una formación tan joven, el alejamiento de las pulsiones de la sociedad, que quiere una solución a una situación de bloqueo y encanallamiento de la vida política que dura demasiado. Cs se ha convertido en muy poco tiempo en una fuerza desestabilizadora porque fía toda su estrategia en un gobierno nefasto para España: el de Sánchez con Iglesias y los apoyos de Junqueras y Otegi. O, como mal menor, la convocatoria de nuevo de elecciones, lo que no cambiaría mucho el panorama. El debate que se ha suscitado en Cs no es puramente orgánico y ceñido a una organización, sino que debería responder a una nueva manera de entender la política en España en un momento especialmente crítico. Rivera se aleja del liberalismo al que tanto aspira y que tantos fracasos ha encontrado en nuestra historia política: el que antepone los intereses generales del país al de las banderías de siempre.