Silencio ante la degradación democrática del «proceso»

El Parlamento de Cataluña vivirá mañana una jornada especialmente vergonzosa y un insulto para la democracia y las víctimas del terrorismo. El secretario general de Sortu y dirigente proetarra Arnaldo Otegi acudirá a la institución, atendiendo a la invitación de la Comisión de Exteriores. Nada en su trayectoria política le acredita para acudir a la sede de la soberanía popular a impartir sus lecciones sobre la paz, como ya hizo en el Parlamento Europeo. No sólo no fue un artífice de que ETA anunciase el final de su actividad terrorista, sino que sigue reivindicando su pasado de muerte y justificando sus acciones. Recordemos cómo disculpó recientemente dos de los atentados más sangrientos de la banda, que tuvieron lugar precisamente en Barcelona. En 1987, ETA asesinó a 21 personas en Hipercor. Otegi ha argumentado que los que pusieron el coche bomba avisaron, pero el artefacto estalló con su 27 kilos de amonal y 200 litros de líquido incendiario compuesto por gasolina, escamas de jabón y cola de contacto. En 1991 la banda atentó con el mismo método en la casa cuartel de la Guardia Civil de Vic: murieron diez personas, entre ellas cinco niños. La inmoralidad de este dirigente abertzale le llevó a decir, también hace unas semanas, que ETA ya había advertido de que, por su seguridad, los agentes y sus familias no deberían vivir en los acuartelamientos. Bastan estos dos ejemplos para comprender por qué la presencia de Otegi es una ofensa a las víctimas y a los principios democráticos que los terroristas se esforzaron en destruir sin conseguirlo. La fascinación y la empatía que siente una buena parte del nacionalismo radical catalán hacia el mundo abertzale no viene de ahora. Siempre ha habido una admiración hacia el ejemplo vasco y por su determinación de defender «con las armas» sus derechos, aunque en realidad empleasen los métodos terroristas más indiscriminados. Después de todo, catalanes y vascos, según la mitología independentista, comparten el enemigo común de España. Recordemos, por ejemplo, que en las elecciones al Parlamento Europeo de 1987 HB –que era entonces la versión más dura del brazo político de ETA– sacó en Cataluña 40.000 votos (el 11% del total). Nueve días después, el 19 de junio, se produjo la matanza de Hipercor. Esa alianza continúa y se ha renovado con la entrada en las instituciones de Cataluña de la CUP, un partido de fuertes principios fundamentalistas en lo político y en las costumbres; anticapitalista –su asesor económico lo ha sido del chavismo, ahora en ruinas–, y que recogió los modos y la estética del mundo etarra. Ese grupo está determinando ahora la política en Cataluña y permitiendo que Convergència gobierne en la Generalitat ante la irresponsable complacencia de su supuesto votante moderado. La frivolidad de los que tan alegremente apoyaron a HB vuelve a reproducirse en la complicidad hacia la CUP –que no dejan de ser los hijos airados de un nacionalismo de secta y trabuco–, como ahora está haciendo el partido de Mas y Puigdemont. La portavoz de Convergència en el Parlamento catalán, Marta Pascal (nacida en Vic, tenía nueve años cuando el infanticidio de la casa cuartel), ha mostrado toda su comprensión a Otegi, la misma que han demostrado los dirigentes de la CUP, David Fernández y Anna Gabriel, serviles admiradores del jefe proetarra. El Parlamento de Cataluña demuestra con este acto, y ante el silencio de la mayoría de grupos, la degradación democrática del «proceso».