Un ejemplar servidor público

En la larga trayectoria política de Jorge Fernández Díaz destacan tres características: voluntad de concordia, entrega al servicio público y compromiso con los valores que representa en cristianismo. Aunados las tres, componen el perfil de un político que entiende que su actividad sólo tiene la misión del bien común. Es necesario que la política se asiente sobre principios sólidos y recupere un sentido y Fernández Díaz siempre ha hecho el esfuerzo de ennoblecer el trabajo político, como ayer expresó en LA RAZÓN. Pocos políticos en activo tienen un conocimiento tan exhaustivo de la Administración en todos sus niveles, local, autonómica y estatal; y desde diferentes ámbitos de la gestión –inspector de Trabajo, director general o secretario de Estado– en responsabilidades técnicas o en puestos de máxima confianza, como el de ministro del Interior, donde fue llamado por Mariano Rajoy, con quien colabora desde que el PP llegó a La Moncloa. Este recorrido le ha permitido mantener una visión de Estado y comprensión de los problemas que tanto se echa en falta. La política tiene como misión solucionar problemas y no crear otros nuevos. De talante moderado, sus inicios políticos se sitúan en UCD y lo mejor de esta experiencia: diálogo, respeto a todas las opciones y defensa de la democracia y el orden constitucional. Como dirigente del PP en Cataluña, su papel ha sido clave para estructurar una organización territorial y ha sido un valor respetado, por su lealtad y por ser un interlocutor fiable con la administración de la Generalitat. La gobernabilidad estaba por encima de las pugnas partidistas. Si alguien entre los populares conoce bien la realidad política, social y económica de Cataluña, este es Fernández Díaz. Que abogue por la convivencia entra en la lógica de un humanismo cristiano que ayer quiso resaltar: «De nada sirve el progreso, si no hay convivencia». Cataluña debe recuperarla, insistió, sobre la base de respetar el pacto constitucional. Hay que volver a poner las cosas en su sitio y reconstruir el espacio común porque «España no se entiende sin Cataluña y Cataluña sin España» y porque de esta situación de crisis institucional «vamos a salir más fuertes». A pesar de la campaña política lanzada contra él en la última etapa de su mandato, no pudieron manchar su paso por Interior, como claramente acreditó una sentencia del Tribunal Supremo que rechazó una querella contra él, precisamente contra el que había sido víctima de escuchas ilegales en su propio despacho. Desde todos los puntos de vista, su trayectoria por este departamento fue impecable, quedando al descubierto una campaña indigna. Mantuvo con temple el veto de los socialistas, sin duda mezquino, a que presidiera la comisión de Exteriores del Congreso, que aceptó por responsabilidad y cumpliendo una máxima del gran líder alemán Konrad Adenauer: «Una gruesa piel es un regalo de Dios». Es necesario, insistimos, que los políticos reflexionen sobre su actividad, la revaloricen y la dignifiquen; que incluso vayan más allá y se pregunten sobre el sentido de su trabajo. Fernández Díaz se siente unido la corriente política de tradición cristiana, la que sostiene que las naciones no son un producto del azar, sino que depende del uso que los hombres hagan de su libertad. No está mal que un político, en esta época líquida guiada por el marketing demoscópico, cite a «Civitate Dei» (La Ciudad de Dios), de Agustín de Hipona, San Agustín, para explicar que sin sentido del bien la política es una actividad estéril. Son las lecciones de la Historia de un ejemplar político de Estado.