Un Rey para una lengua unida

Las relaciones en el mundo hispano pecan de exaltar la historia común. Para algunos, adscritos ahora a la corriente «postcolonial», es necesario revisar la «invasión» que supuso el descubrimiento de América y el papel del Imperio español. Otros sólo prefieren poner encima de la mesa la balanza comercial entre Estados y calcular el «valor económico» de la lengua. Sin embargo, estas relaciones son más complejas y, a la vez, más sencillas. Es decir, es innegable que España tiene un papel en Hispanoamérica y que debe recuperar su predominio diplomático en momentos de cambio. El Rey ha sabido ver este papel, tanto desde su aprendizaje como Príncipe de Asturias –con la misión de asistir a la toma de posesión de los mandatarios del continente– como ahora, sabiendo poner en primer plano lo que nos une por encima de lo que nos separa. En su discurso inaugural en el Congreso Internacional de la Lengua que se celebra en Puerto Rico, habló de esa comunidad de 500 millones de personas que «enriquece verdaderamente al conjunto de la comunidad internacional», pero es tarea de los políticos que no se quede en una pura fórmula publicitaria y sea útil para el desarrollo de las naciones. España es el país hermano de Hispanoamérica al otro lado del Atlántico y como tal no somos la frontera, sino la puerta.