Violencia de Puigdemont contra los catalanes

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Propaganda y agitación. La política catalana se ha convertido –merced al pistoletazo de salida a los más fantasmagóricos delirios perpetrado por Artur Mas– en un rosario de despropósitos, desplantes y desafíos. Su sucesor, Carles Puigdemont, es un alumno aventajado al orquestar unas vergonzosas y chuscas sesiones parlamentarias para romper con el resto de España. En su deriva, el president, sobre el que ya la Justicia investiga sus actuaciones y amenaza con cárcel, no ha dudado en subir la tensión y, ante una Diada que se ha convertido en un acto nacionalista de reivindicación de la independencia de Cataluña, llamar a los soberanistas a encararse con los alcaldes que no colaboren con el 1-O. Con su fraude a la Justicia y la Ley. Un desprecio que él niega argumentando nada menos que la palabra «democracia» cuando ha sido el primero en dejar sin voz a más de la mitad de sus conciudadanos: los catalanes que no quieren saber nada de su apuesta independentista. A ellos también se ha dirigido su consejero de la Presidencia, Jordi Turull, quien clasificó ayer a los catalanes en dos grupos: los que ayudan a votar y los que lo impiden. ¿Y contra éstos qué cabe hacer? Turull no aclara este punto, pero pone a merced de la violencia a quienes no les siguen en su deriva. Hoy el nacionalismo volverá a utilizar una fiesta de todos, como era la Diada, en su favor. Con la astracanada del 1-O en la recámara.