Tribuna

Provincias desheredadas

La comarca más despoblada de Europa no se encuentra al norte del Círculo Polar Ártico. Está a poco más de 100 Km de Madrid. Entre Cuenca, Guadalajara y Teruel

El concepto de la España vaciada constituye una falaz y exitosa novedad, como tantas otras. Parece afectar al conjunto de la nación en un proceso en el que los causantes y las víctimas seríamos todos y que por ende nos afectaría a todos. Y no es así. Lo que en verdad ha sucedido es que ese conjunto, globalmente próspero y dinámico, ha ido prescindiendo de sus partes más leales, más solidarias, menos turbulentas, más fáciles de ignorar. Y les ha privado de lo que les tocaba de la herencia común. Las ha desheredado.

Estamos ante un concepto más preciso, pero en absoluto original. Ya en los últimos años del siglo XIX, la época del regeneracionismo, se definió como objetivo nacional la recuperación de lo que se denominó las provincias desheredadas y de desigualdad escandalosa. Entre ellas se encontraban prácticamente todas las que hoy siguen afrontando el abismo proceloso del olvido y la despoblación.

La comarca más despoblada de Europa no se encuentra al norte del Círculo Polar Ártico. Está a poco más de 100 Km de Madrid. Entre Cuenca, Guadalajara y Teruel. Tiene menos de 2 habitantes por Km cuadrado y aún sigue, lentamente, despoblándose. Como referencia, la cuasipolar Islandia alcanza los 3.

Pero esta comarca solo constituye el vértice de nuestro iceberg demográfico, un desierto poblacional que se extiende por cinco comunidades autónomas con una extensión de más de 65.000 Km cuadrados (El 13% de España). La densidad de esta vasta zona, vertebrada por el sistema Ibérico, es inferior a ¡7 habitantes por Km2!. Menor que la nórdica Laponia, que alcanza los 8, y muy inferior al límite que la geografía humana establece para definir un desierto demográfico.

Conviene destacar que población escasa no es sinónimo de despoblación. Islandia y Laponia tienen una población escasa, consecuencia de sus limitaciones geográficas y climáticas. Pero lo que sucede en nuestras comarcas desheredadas es muy diferente. Las zonas de las que estamos hablando no tienen un clima insoportable, ni carecen de recursos, ni son inhabitables. No les faltan tierras fértiles, agua abundante, temperaturas moderadas, ni tampoco recursos de todo tipo. Existen otras razones.

El espacio del que hablamos tenía en los años 50 una población de alrededor de un millón de personas. Hoy tiene 450.000 en números redondos. La gran despoblación se produjo como consecuencia de la tremenda emigración de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo que redujo a la mitad el número de habitantes. Y lo peor está por venir, porque en gran parte de la zona el índice de envejecimiento está por encima de 400/100, lo que significa que hay más de 4 personas mayores de 65 años por cada menor de 15. En pocos años la especie humana se habrá extinguido allí. Y con ella una memoria, esta sí verdaderamente histórica. Porque no quedará nadie, ni tan siquiera para recordar. Lo mismo sucede en otras comarcas de nuestra extensa geografía.

Vale de poco analizar las causas, pero es imprescindible para entender dónde estamos. La gran despoblación de los 50 – 60 fue consecuencia de las políticas desarrollistas. Se renunció a llevar el desarrollo a donde estaba la gente y se provocó, con toda la buena intención que se quiera, que la gente tuviese que emigrar hacia el desarrollo.

Hubo, que duda cabe, un crecimiento económico intensivo, pero muy desigual espacialmente hablando. Las consecuencias están a la vista. España posee una de las estructuras territoriales más deficientes del mundo, con la mayor parte de la población amontonada en las costas, los valles de los grandes ríos y la isla de Madrid.

La transición no corrigió este proceso. Las políticas de «modernización» se llevaron de los pueblos a la gente más preparada e influyente, los médicos, los practicantes, los maestros, los veterinarios, los farmaceúticos, los guardias civiles, los agentes del servicio de extensión agraria y en general todos los servidores públicos. Con ellos se llevaron una gran parte de la iniciativa, el ejemplo, la presencia institucional, las dotaciones.

Los saltos tecnológicos y las tendencias comerciales han añadido impactos negativos para lo que queda de tejido socioeconómico en muchas comarcas. Por último la pandemia y Amazon están contribuyendo a extinguir lo que iba quedando. Hasta las sucursales bancarias. En fin, un escenario de «fin de trayecto» que anticipa la desaparición final de miles de núcleos de población en los próximos años.

Esta situación es difícilmente reversible. Primero porque depende de las tendencias de fondo reinantes en la propia población rural, que en gran parte asiste impasible a su propio declive. Segundo porque la acción pública es insuficiente y muchas veces negativa. Demuestra una demoledora y creciente dependencia de las ideologías urbanitas, en detrimento de las realidades rurales: la caza, el regadío, la ganadería, las tradiciones. En cambio se fomentan actuaciones como las energías alternativas, que van inundando zonas agrícolas irremplazables y contaminando los paisajes que constituyen una gran parte del activo estético de nuestros campos. ¿Existen soluciones?. Es posible. Hablaremos de ellas en otra ocasión.