Apuntes

Que 92 años no es nada...

Los mismos que manosean cadáveres centenarios nos dicen que hay que pasar página con Otegui

Han trascurrido 92 años desde la primera quema de conventos de la República. Ochenta y nueve, desde los primeros fusilamientos de curas por los revolucionarios de Asturias. Han pasado 87 años desde el asesinato del diputado monárquico Calvo Sotelo y la exaltación del Caudillo a la Jefatura del Estado. Ochenta y cinco años desde la Batalla del Ebro y 84, desde el golpe de Estado de Casado, Besteiro y Miaja contra el gobierno de Negrín, que precipitó el «cautivo y desarmado». Sesenta y cinco años desde la fundación de Eta; 64 desde la visita de Eisenhower y 48 desde la muerte de Franco. Pero parece que para la izquierda socialista todo sucedió ayer y ahí andan desenterrando huesos, quitando placas, honrando a asesinos en serie y husmeando franquistas por las cuatro esquinas de España. Es la Ley. Y mucho ojo con llevarles la contraria, que no hemos perdido una guerra para que ahora nos vengan con monsergas cuatro fascistas. Y vienen los de Bildu, colocan a sus matarifes en las listas electorales y lo mismos que manosean cadáveres casi centenarios nos dicen que, total, no hay que indignarse, que la Eta lleva 13 años sin matar y hay que pasar página. Se lo escuché a la ministra Calviño, pero es consigna extendida, argumentario de batalla para las huestes de quienes han pactado con los terroristas. Así, unos se exaltan acaloradamente por los bisabuelos que no conocieron y maman de los Presupuestos, pero los padres, los hermanos, los hijos, los esposos de las víctimas de la banda tienen que tragar, que al PSOE le hacen falta los votos de Otegui y compañía. A la mayoría, el doble rasero de la izquierda nos deja fríos. Hemos crecido bajo la doble vara de medir, con los relatos del Gulag, la experiencia en carne propia de Cuba y la visión espeluznante de las montañas de huesos de Camboya. También, con la «intolerable» corrupción –siempre que sea ajena– y sus cuerdas televisadas de condenados preventivos. Pero hay gentes, buenas gentes, a las que ese doble rasero, esa doble vara de medir, les produce arcadas de asco, como respuesta fisiológica al insulto a la inteligencia. Es violencia psicológica que se inflige, con la precisión del relojero y la constancia de la gota que horada la piedra, desde una supuesta superioridad moral y una altura de miras, a la postre, encaramada sobre cadáveres. Sí, sabemos que Eta ya no mata –otra cuestión es que sigan acosando a sus vecinos– y que su derrota ha sido uno de los hitos en la defensa de la democracia española y la libertad de sus ciudadanos, pero algo huele muy mal cuando dejar de asesinar lleva premio. Al menos, que Otegui nos diga quiénes fueron los perros que, con su guerra ya perdida, pusieron la bomba que mató en Mallorca a los guardias civiles Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvá. No fue hace tanto y el crimen no ha prescrito. Tampoco el dolor de sus deudos. El último asesinado por la banda fue un gendarme francés, Jean Serge Nerín, en marzo de 2010. Los terroristas iban a robar unos coches y a los que detuvieron les cayeron penas de hasta 25 años. Entonces, Eta habló del «perjuicio político» que les supuso aquella acción. Hoy, por lo visto, ya lo han superado. No ofenden tanto los pistoleros metidos a calzador en las listas, carne de presidio, que escuchar a quienes, como Otegui, se cuidaron de no apretar el gatillo y, ahora, nos dan lecciones.