Asistencia militar humanitaria

Debido principalmente a la preparación y la entrega de los hombres y mujeres de la UME, el pueblo español se ha acostumbrado a que en los sustos que la naturaleza nos da de vez en cuando, estos militares aparezcan y les ayuden

La Razón
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Hace unos diez años recuerdo que el entonces ministro Bono anunció en el Consejo Superior de la Armada la intención de crear la Unidad Militar de Emergencias (UME). Aun sabiendo que no serviría para nada –pues la decisión ya estaba tomada por el sr. Rodríguez Zapatero, como siempre sin consultar– expuse como vocal ciertos reparos. Creo recordar que dije algo parecido a que a pesar de que los militares siempre habíamos ayudado en los grandes desastres naturales, el tener permanentemente organizada una unidad con la misión exclusiva de protección civil podría llevar con el tiempo a desvirtuar su carácter militar, paradójicamente la causa de haber sido elegidos. Adicionalmente la organización autonómica de nuestra nación podría hacer que algunos gobiernos nacionalistas prefirieran ver arder todo antes que pedir auxilio a los militares. Y eso que no había sucedido todavía la increíble evolución que hemos presenciado posteriormente.

Pero en fin, desde esta anécdota ha transcurrido mucho tiempo y debido principalmente a la preparación y entrega de los hombres y mujeres de la UME, el pueblo español se ha acostumbrado a que en los sustos que la naturaleza nos da de vez en cuando, estos militares aparezcan y les ayuden. La UME está pues aquí para quedarse y yo querría –humildemente con estas líneas– contribuir a perfeccionar ciertos aspectos de su misión y medios.

Aunque la seguridad de la nación sigue siendo la primera obligación de cualquier Gobierno, últimamente estamos viendo –internacionalmente– que la colaboración para paliar los desastres –tanto naturales como provocados por el hombre– se añade a las misiones militares clásicas. La asistencia humanitaria se convierte así en un instrumento de cooperación internacional ejecutada tanto por ONG, como por medios militares cuando su gravedad lo aconseja. Solo últimamente nuestra Armada ha enviado buques a: Centroamérica con ocasión del huracán Minch en 1998; con un hospital de campaña a Um Kasar en el sur de Irak a la finalización de la segunda guerra del Golfo en 2003; a Indonesia en 2005 para ayudar a aliviar las consecuencias del tsunami; y a Haití en 2010 tras un grave terremoto. Y lo ha hecho junto a unidades de otros ejércitos, especialmente de Sanidad e Ingenieros del Ejército de Tierra. La OTAN también ayudó a Pakistán en 2005 con motivo del terremoto que asoló el noreste de aquel país. Por cierto, la primera ayuda militar humanitaria de la que se tiene constancia fue la ejecutada por la flota pretoriana basada en Miseno el 79 AD ante la erupción del Vesubio que arrasó Pompeya y Herculano; su almirante, el culto Plinio el Viejo, murió en este noble intento.

Si a la UME se le asignase como misión principal el colaborar en ayuda huma-nitaria/asistencia ante desastres naturales en cualquier lugar del mundo quedaría justificado –a mi juicio– su carácter militar pues estos cometidos suelen desarrollarse en ambientes muy crispados que aconsejan dar protección armada a los ejecutantes. Los auxilios que habitualmente realizan en territorio nacional serían su manera de estar adiestrados para desplegar, de la misma forma que el personal de Sanidad militar utiliza su labor asistencial en los hospitales militares para estar entrenado en apoyar a los efectivos operativos en sus misiones exteriores. Los españoles no notarían la diferencia pero los miembros de la UME verían su carácter militar justificado.

La UME cuenta con vehículos, equipos, aviones, helicópteros y sistemas de mando apropiados para sus misiones. Lo que no tiene son buques dedicados de apoyo pues no existen. Es verdad que siempre se podrá utilizar alguno de la Armada –especialmente los anfibios– pero con un rendimiento no óptimo y en detrimento de su misión principal. Creo que habría que remediar esto a la vista de dos tendencias mundiales: la progresiva y acelerada urbanización de la humanidad, especialmente en ciudades costeras, y el cambio climático propio de la época en que vivimos. Hay pues una alta probabilidad de que el aumento del nivel del mar, unido a fenómenos atmosféricos adversos, afecte a importantes núcleos costeros de una manera especialmente grave. Eso además del riesgo siempre presente de los maremotos que el terremoto en el mar de Alborán de esta semana nos ha ayudado a recordar. En estas situaciones –tanto en territorio peninsular, en nuestras islas o en misiones de cooperación internacional– el contar con un buque diseñado específicamente para prestar auxilio y apoyar a los efectivos de la UME y medios de la Brigada de Sanidad del Ejército de Tierra sería tremendamente eficaz.

Un segundo «Juan Carlos I» debidamente modificado para aumentar su capacidad de hospital tanto en camas como en quirófanos, capaz de apoyar vehículos y aeronaves dedicados a estas misiones y que pueda simultáneamente suministrar alimentos, agua, combustible diésel, energía eléctrica y conexiones telefónicas y de datos a las poblaciones afectadas podría ser extremadamente eficaz. El diseño básico del buque –que no es muy caro de construir– ya lo tenemos. Habría que desequilibrar sus capacidades «bélicas» en favor de las «humanitarias» pero aun así seguiría teniendo un considerable valor militar en el día a día entre catástrofes naturales especialmente como segunda plataforma alternativa para la aviación embarcada en caso de no disponibilidad de su hermano mayor.

Como habrán podido comprobar he cambiado mucho con relación a la UME. Pero me gustaría verla todavía más eficaz de lo mucho que ha logrado serlo. Y con una misión militar.