Gracias, hermanas religiosas

Lo que les mueve no es otra cosa que seguir a Jesús, que se hizo pobre haciéndose solidario de nuestras pobrezas, identificándose con los hambrientos, los sin techo, los enfermos

Estos días pasados se celebró el Día de la Mujer, pero hay un grupo de mujeres, muchos miles, que nadie mencionó y merecen todos los homenajes.

Me refiero a las mujeres religiosas, las «monjas» como habitualmente se les nombra.

A ellas quiero y debo dedicarles este artículo semanal.

Las encontramos en todas las partes del mundo, en los lugares de mayor pobreza, en los conflictos bélicos curando a heridos y sufriendo violencia y persecución, en los hospitales, en las residencias de ancianos... «Solidaridad» se escribe en femenino, gracias, en buena medida a ellas.

Lo que les mueve no es otra cosa que seguir a Jesús, que se hizo pobre haciéndose solidario de nuestras pobrezas, identificándose con los hambrientos, los sin techo, los enfermos, los emigrantes y refugiados, sin proferir como otros hacen, ninguna proclama que vocifera pero no cura, ni se inclina sobre los malheridos que necesitan curación.

Escuchaba la semana pasada, en Roma, durante la reunión de la Comisión para América Latina, a una religiosa Hija del Espíritu Santo, el siguiente testimonio, cada una de ellas encarna esta compasión en un compromiso que les implica la vida entera, ya sea desde la vida contemplativa o apostólica.

Cuánto les debemos a las monjas contemplativas. Las conozco bien y sé, me consta, cómo siguen y se identifican con los más pobres y vulnerables, desde lo profundo de ese corazón que sólo sabe que amar y «desvivirse» por los demás, muchas veces víctimas de las injusticia de la dureza del corazón de los hombres.

Añadía también la religiosa, que hay muchas mujeres de las que no se dice nada en los periódicos, y que día a día viven la solidaridad y el cuidado desde presencias aparentemente irrelevantes, pero muy evangélicas...

Mujeres que están presentes en los rincones más alejados de la Amazonía, en comunidades pequeñas; compartiendo el clima, los trabajos, las carencias de la gente que acompañan y cuidan...

Mujeres que viven en zonas de riesgo, que les ha tocado cobijar familias, comunidades enteras, cuidando sus vidas muchas veces exponiendo las suyas...

Mujeres que enseñan en las grandes Universidades o en los rincones más pobres, pero desde el mismo lugar teológico, movidas por la compasión solidaria, la que brota de la caridad de Cristo...

Mujeres que salen al encuentro de los caminos de la muerte, de las «bestias» que surcan las vías hacia el norte muy concretas y nombres conocidos- mujeres samaritanas que muestran todo su amor dándoles un pan, un techo, pero sobre todo, una escucha atenta a su historia y sus sueños.

Mujeres que están comprometidas en todo el mundo con los derechos humanos y civiles, en procesos de justicia y paz e integridad de la creación.

Mujeres especialistas en estar, escuchar. Mujeres que oran sin cesar, como «graneros de paz», que cuidan de la ecología del espíritu.

Mujeres que viven cuidando a otras mujeres, que valoran la ancianidad, hasta acompañar en su paso al encuentro definitivo con el Padre.

Mujeres que tienen sus comunidades en medio de zonas donde el tráfico humano y la prostitución son muy evidentes, de puertas abiertas para orientar.

Mujeres, que no han tenido hijos biológicos pero sí muchos hijos del alma, que son hermanas, madres.

Mujeres que tratan de formar en la construcción de espacios de vida, como dijo el Papa Francisco, la mujer es la que pone armonía en la vida».

Podríamos seguir. Concretando este bellísimo testimonio que nos dejó, en su intervención durante la reunión de la CAL en Roma, la hermana Mercedes Casas, de las religiosas Hijas del Espíritu Santo.

Y es así: ésa es la verdad de las mujeres religiosas, «la monjitas», que no las tenemos en cuenta, y que no aparecen en las proclamas de los feminismos radicales pero en las que se ve la belleza, la grandeza y la verdad de la mujeres; ellas sí que son mujeres libres y liberadas con la libertad verdadera, la de los hijos de Dios, que nace de la verdad que se realiza en el amor y la entrega de sí; como dice el libro del Génesis, y se asombra aún más contemplando a Santa María de Nazaret, que nos mira a todos con ojos misericordiosos para con nosotros, que somos pecadores.

Desde aquí, aunque unos días más tarde, quiero dejar constancia de mi homenaje y mi agradecimiento y amor más sinceros a todas las religiosas, contemplativas y activas, a las que tantísimo les debemos, por ser mujeres precisamente.