¿Hubo eutanasia?

¿Ha sido eutanasia la muerte de Andrea? Cuando digo eutanasia me refiero a si se ha provocado o facilitado su muerte y, la verdad, no tengo respuesta. Son casos en los que la información solvente lo es todo porque los matices lo son todo, de ahí lo arriesgado de reacciones rotundas y esos matices están en una historia clínica que es reservada

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¿Ha sido eutanasia la muerte de Andrea? Cuando digo eutanasia me refiero a si se ha provocado o facilitado su muerte y, la verdad, no tengo respuesta. Son casos en los que la información solvente lo es todo porque los matices lo son todo, de ahí lo arriesgado de reacciones rotundas y esos matices están en una historia clínica que es reservada.

Pero antes de opinar sí aprovecho para rechazar el uso engañoso que se hace de la expresión «muerte digna»; con todo el peligro que tiene el lenguaje manipulado. Concibo digna la muerte que llega rodeado de la familia; si se aplican, en su caso, cuidados paliativos; si no hay empeño en prolongar lo inevitable y bajo control, la naturaleza sigue su curso hasta la muerte natural. Y en paz y en gracia de Dios, añado. No sería digna una muerte en soledad o abandono, sin la atención debida o se llega a ese trance porque alguien ha decidido que la vida de esa persona no merece la pena, es un estorbo o un gasto.

Vuelvo al caso y por deformación profesional consulto la ley gallega de derechos y garantías de la dignidad de los enfermos terminales, que es la que se ha aplicado. Dice que limitar el esfuerzo terapéutico es retirar o no iniciar medidas terapéuticas inútiles que sólo consiguen prolongar la vida biológica, sin ofrecer una recuperación funcional con una mínima calidad de vida; añade que esa limitación permite la muerte en el sentido de que no la impide, pero no la produce y que no es una decisión opcional sino una obligación moral y normativa de los facultativos.

Siguiendo con lo que es una opinión general, entiendo que en estos casos hay que partir del alcance del padecimiento: no cabe mezclar enfermos terminales con incurables ni, aun dentro de éstos, degenerativos avocados a una muerte cierta con los que su padecimiento se estanca. En el primer caso –también en el segundo si se ha llegado a un punto en el que ya se es terminal– se plantean las dudas y es donde cabe deslizarse hacia la eutanasia encubierta. En el tercer caso si se favorece la muerte habría que hablar ya de suicidio, asistido o no, o de homicidio.

Andrea padecía una enfermedad neurológica degenerativa. Ignoro si llevaba a una muerte próxima, el caso es que se retiró una sonda mediante la que era alimentada por vía enteral –directamente al estómago– y no parenteral, por vía sanguínea. Como doy por hecho que estaba indicada, la cuestión es si mantenerla era indicativo de obstinación terapéutica. Si lo terapéutico implica curar, la sonda sirve para alimentar, no cura, luego de haber alguna obstinación sería alimenticia.

En el caso de que el tratamiento se reduzca a alimentar e hidratar y su efecto es retrasar lo inevitable –la muerte– la duda es si está indicado o no. Si lo está es un cuidado procedente que debe conjugarse con cuidados paliativos para que llegue la muerte de forma natural y sin sufrimiento, luego retirarlo equivaldría a interferir en el desenlace. Cosa distinta es que no estuviese indicado por ser una medida desproporcionada o que lo aconsejable fuese una retirada paulatina. Aquí la palabra del médico es fundamental.

Insisto: hay que estar a los matices e imagino que me dejo más de uno. Por eso que la ley gallega prohíba el ensañamiento terapéutico es aceptable y en el fondo no añade nada nuevo. Los problemas surgen cuando hay que integrar esas categorías, de ahí la exigencia de claridad en los conceptos y, además, que se apueste firme y sinceramente por la medicina paliativa y como muestra el caso de Andrea, por la medicina paliativa pediátrica.

Se entiende así que en otros países –ahora Francia– donde se está viviendo también este debate, los defensores de la vida alerten de normas nebulosas que abren la puerta a los abusos. En otros se ha querido legalizar el suicidio asistido, lo más radical. Es el caso del Reino Unido cuyo parlamento lo acaba de rechazar por 330 votos contra 118. Y la experiencia de países presuntamente civilizados como Holanda donde sí existe –y está contraindicado ir a ciertos hospitales– alerta de lo que está en juego.