Impostores y regeneradores

Esto viene de lejos y ejemplos no faltan. Si la ideología exige atacar a la Iglesia, se la ataca, aunque sea haciendo guiños al islamismo, con lo que eso implica no ya en términos de seguridad, sino de dignidad de la mujer

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El programa de la izquierda radical lo ha resumido el concejal de Economía del Ayuntamiento madrileño: «No queremos ser los mejores gestores, sino derribar el sistema». Si se trata de ayuntamientos, lo propio es que gestionen, que presten los servicios más cercanos al ciudadano y a sus necesidades. Pero su objetivo no es ése y los servicios se deterioran porque lo prioritario es implantar políticas ideológicas que ningún bienestar reportan. La ideología manda.

Dicho y hecho. La semana pasada, el Ayuntamiento aplicó la ley de la memoria histórica y al margen del analfabetismo y de la chapuza, quedó claro qué cabe esperar de quien gobierna ya en municipios, Comunidades Autónomas y puede cogobernar España. Si ya vimos unas cabalgatas de reyes intencionadamente insultantes, esa misma semana terminó con los títeres ácratas municipales: un juez ahorcado, una monja muerta, la bruja violada, un aborto y carteles proterroristas. Hay que derribar el sistema y eso empieza por cambiar el sentido común de los niños, por su perversión ideológica.

Esto viene de lejos y ejemplos no faltan. Si la ideología exige atacar a la Iglesia, se la ataca, aunque sea haciendo guiños al islamismo con lo que eso implica no ya en términos de seguridad, sino de dignidad de la mujer. Y hablando de la mujer, ahí está la violencia sobre ella. Lo relevante no es solucionar ese drama, ni indagar sus causas, ni preguntarse porqué aumenta, sino inyectar dosis de ideología de género que satanice al hombre, aunque eso azuce la violencia. O decirle a la mujer que acabar con la vida del hijo que gesta es su derecho: se la inmola a ese postulado de la ideología de género aunque quede machacada de por vida.

Que todo se sacrifique a la ideología responde al planteamiento histórico de la izquierda en todas su gamas y colores. Nada ha inventado el edil madrileño que no hace sino seguir los pasos de aquel afamado «ingeniero social», el joven Lenin. Durante el último zarismo el campo ruso padeció una hambruna terrible; sus correligionarios quisieron enviar ayuda, pero Lenin cortó en seco la idea: «El hambre cumple una función progresista». Y la siguió cumpliendo en las décadas siguientes.

No interesa el bienestar o que los servicios funcionen: nada más contraproducente para ese derribo del sistema que haya prosperidad, trabajo y una clase media pujante. Eso llevaría al conservadurismo; con prosperidad no hay revolución. La flor socialista –al margen de la intensidad de su color– crece si hay un descontento mantenido, pobreza material, intelectual y moral y desde el poder se indica a las masas indignadas a quienes tienen que odiar como responsables de sus males.

Y si hablo de servicios sin atender o sin funcionar me refiero también a las instituciones más relevantes, más delicadas. Un ejemplo que me es próximo, la Justicia. ¿Interesaba a la izquierda cuando llegó al poder en 1982 poner en marcha la Justicia exigible por la Constitución, necesaria para un Estado de Derecho?, pues no, y en su lugar priorizó una política judicial pensada para garantizar la supremacía del poder político. Y así hasta hoy.

Y esto nos pilla desarmados, pasa cuando toda una generación de políticos está desacreditada y es arrinconada por quienes venden como regeneración un agenda radical, destructiva. Es el gran engaño que ha prendido y en el que España se va metiendo a pasos agigantados, sin que de nada sirvan unas señales de alarma que no dejan lugar a dudas.

¿Tiene esto arreglo? Creo que sí: que España reaccione y que emerjan políticos que identifiquen regeneración con servicio. No es un argumento «confesional» sino de sabiduría la propuesta que presentó Benedicto XVI en 2011, no ante clérigos, sino ante el Parlamento alemán. Citó el libro de los Reyes, cuando Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. «¿Qué pedirá el joven soberano en este importante momento? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos?», se preguntó. No, lo que pidió fue esto: «Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal». Y concluía Benedicto XVI: «Lo que en definitiva debe ser importante para un político». Todo un programa de regeneración contra impostores.