Mali y la reforma del Islam

Francia no tiene en Mali otro interés que la protección de sus ciudadanos y la estabilidad de esta región del Sahel

Mali es un país de África occidental, sin salida al mar, con una población de 15 millones de personas y una superficie de 1.240.000 kilómetros cuadrados (478.800 millas cuadradas), de la que tres cuartas partes son desierto. En el siglo XIV, el poderoso imperio de Mali incluía partes de lo que hoy es Senegal, Guinea y Níger. Vencido y dividido, en el siglo XIX se convirtió en colonia francesa y recuperó la independencia en 1960.

La población de Mali es variada: en el norte habitan nómadas del desierto (entre los que destacan los tuaregs) y en el sur, una mayoría de poblaciones negras sedentarias. Aunque hay gran diversidad lingüística, el Islam (al que se adhiere casi el 95% de la población) es un factor de cohesión. La principal actividad económica es la agricultura, especialmente en el amplio delta interno del río Níger, que es hogar de muchas tribus, entre ellas el pueblo dogón, notable por su escultura y su arquitectura.

Tras una larga dictadura militar, Mali se convirtió entre 1991 y 2012 en un ejemplo de triunfo de la democracia en África, pero después, un golpe de Estado desbarató las rudimentarias instituciones públicas. Los tuaregs del norte, que viajan entre el país y Mauritania, Argelia y Níger, fueron muy afectados por la persistente sequía y el colapso de la economía de caravanas. Muchos se volcaron al tráfico de armas, esclavos y oro, y algunos demandan la independencia.

Tras la feroz guerra religiosa que despedazó a Argelia en los noventa, numerosos musulmanes árabes fundamentalistas huyeron en dirección sur hacia el vasto Sáhara que cubre partes de Mali. Después, la caída del régimen libio del coronel Muamar Gadafi en 2011, obtenida con ayuda de Occidente, impulsó a más fundamentalistas a huir al desierto, pero no sin antes hacerse de una parte importante del arsenal pesado de Gadafi y gran cantidad de vehículos.

Los fundamentalistas, convertidos en bandidos de poca monta, llegaron a un entendimiento con los traficantes nómadas, y finalmente todos terminaron abrazando la retórica fundamentalista de venganza contra los infieles.

En enero de 2013, estos grupos formaron un convoy con varios cientos de camionetas y vehículos todoterreno armados con ametralladoras de alto calibre. En poco tiempo, tres ciudades del desierto, Gao, Kidal y Timbuctú, cayeron en sus manos. Los nuevos amos destruyeron monumentos islámicos (incluidas algunas de las glorias de Tombuctú) y comenzaron a aplicar la «sharía», con lo que mujeres que nunca antes habían llevado el velo se vieron obligadas a hacerlo. Los convoyes llegaron a amenazar a la capital, Bamako, de población mayoritariamente negra.

Presa del pánico, el presidente en ejercicio, Dioncounda Traoré, pidió a las autoridades francesas la activación de un acuerdo bilateral de defensa, a pesar de haber participado en el golpe de Estado que envió al exilio al anterior presidente legalmente electo, Amadou Toumani Touré, y provocó el colapso del Estado y daño en las relaciones con Francia.

Francia no tiene en Mali otro interés que la protección de sus ciudadanos y la estabilidad de la región del Sahel. De hecho, hace años que Francia retiró todos sus destacamentos militares permanentes de Mali. Y ahora que en el país viven menos de mil ciudadanos franceses, incluso desde un punto de vista pragmático el interés de Francia en Mali es relativamente escaso.

Aunque en solitario, el presidente francés, François Hollande, respondió con firmeza y valentía a la petición de ayuda de Traoré, decisión que todos comprendieron y aprobaron en Francia.

Pocos insinúan que la intervención militar de Francia haya sido un recurso para recapturar la antigua colonia imperial. Y Estados Unidos (normalmente indiferente a la integridad del Estado maliense y el bienestar de sus ciudadanos) fue consciente de la posibilidad de que el territorio de Mali cayera en manos de fundamentalistas o terroristas, de modo que decidió apoyar la intervención francesa con medios de transporte, comunicaciones, logística e inteligencia.

Por motivos similares, Gran Bretaña (habitualmente alérgica a cualquier política de defensa común europea) ofreció dos aviones. En cuanto a Europa, no hizo nada, tal como era previsible.

La intervención francesa fue todo un éxito. En pocos días logró enviar casi 3.000 hombres fuertemente armados y eficientemente motorizados, que recapturaron Gao, Kidal y Tombuctú y pusieron Bamako a salvo. Los fundamentalistas perdieron la mayor parte de sus vehículos y armas en los bombardeos aéreos franceses y tuvieron que huir apresuradamente al desierto.

Las tropas francesas ya están listas para volver a casa. Pero ¿deberían hacerlo? Todavía quedan en el desierto miles de asesinos fundamentalistas, que, aunque ahora están mal motorizados, siguen armados.

Por supuesto que Mali no es el único país que se enfrenta a una insurrección fundamentalista (una clase de violencia típica de la actual crisis del Islam). Las cultas, luminosas, ilustradas tradiciones de siglos anteriores parecen haberse desvanecido. Muchos países con mayoría musulmana perdieron su oportunidad de despegue económico y ahora son terreno fértil para la prédica del fundamentalismo islamista.

Estos países necesitan encarar reformas dolorosas y de amplio alcance para obtener prosperidad económica, una meta que también presupone cambios culturales. En el mundo cristiano, la Reforma fue un factor esencial en la formación de la democracia y el capitalismo. Pero en el Islam contemporáneo, los poderosos siempre se las arreglaron para eliminar a los potenciales reformistas, por eso el mundo islámico está debilitado en gran medida y parcialmente colonizado, humillado y económicamente impotente. El petróleo beneficia a un puñado de príncipes.

A pesar de las penurias que soportan, sólo unos pocos miles de los mil quinientos millones de musulmanes del mundo abrazaron el proyecto extremista de matar infieles y moderados. Sin embargo, en medio de la confusión política y religiosa resultante (y dado el silencio que guardan las autoridades religiosas ante la retórica islamista), ningún Estado musulmán puede resolver sus problemas por sí solo, sino que se necesita ayuda externa.

Mali fue el primero en pedirla, y las autoridades religiosas locales apoyaron al Gobierno cuando solicitó asistencia militar de Francia. Ahora es preciso reconstituir el Ejército maliense, entrenar a la Policía y reestructurar el Gobierno, objetivos cuyo logro también depende de que las autoridades religiosas apoyen las reformas necesarias.

Igual que en Mali, colaborar con la reforma de los Estados musulmanes no puede ser tarea exclusiva de Francia. Es responsabilidad de todo Occidente.

Copyright: Project Syndicate, 2013