Más de cuarenta años

Puede decirse pues que el prólogo lejano de la transición se sitúa en 1953 cuando se firman el concordato y los acuerdos con Estados Unidos. Se entraba en la libertad religiosa y se eludían posibles excesos en la confesionalidad que diez años más tarde suprimiría el Concilio Vaticano II

La Razón
La RazónLa Razón

Se están conmemorando los cuarenta años de la segunda restauración española, un hecho que carece de términos de comparación. La Monarquía no es un régimen político sino una forma de Estado que permite modelos de gobierno variados garantizándolos en su estabilidad. Fue creada en Europa y para Europa y se mantuvo predominante hasta las grandes desazones del siglo XX que merece el calificativo de «más cruel» de la Historia. Solo cinco de ellas han permanecido demostrando además su eficacia. España es la excepción: dos veces se suprimió la Monarquía y otras dos hubo de ser restablecida para escapar a los terribles signos de violencia. Ahora bien: la Transición que se presenta como una consecuencia de la Restauración y cuenta con un amplio juicio positivo fue precisamente un antecedente y no una consecuencia del retorno del nieto de Alfonso XIII a la legitimidad funcional que le correspondía.

Tendríamos que volver a esa fecha capital de 1947. Franco –así lo había explicado al restablecer la bandera bicolor– veía en la Co- rona significada por los sucesores de Alfonso la única posibilidad de restablecimiento de la legitimidad. Incluso durante años señaló claramente a don Juan como portador de la misma. Bien es cierto que para los vencedores de la Segunda Guerra Mundial el régimen autoritario impuesto en España era indeseable y merecedor por tanto de castigo por el filogermanismo que ostentosamente practicaba. Y por otra parte el Caudillo –caudillos habían sido los primeros reyes asturianos– no estaba dispuesto a renunciar a su poder que incluso hizo declarar vitalicio. Por consiguiente para él la Monarquía debía venir «después de» y no «en lugar de». Y hay que reconocer que se salió con la suya. Juan Carlos le sucedió pero en condiciones tales de legitimidad que podía abrir la puerta a todos los partidos. Algo que entendieron con acierto los dirigentes socialistas de entonces de quienes Sánchez pretende prescindir sin darse cuenta de que daña a su propio partido. Los primeros gobiernos socialistas funcionaron dentro de la Monarquía. Y sería un error no reconocer algunos de sus logros.

Pero hay dos personajes que desempeñaron un papel vital aunque ahora se les olvide: Pío XII Papa y Harry S. Truman, presidente y gran Maestre de la Masonería que en España estaba duramente perseguida. Había que evitar que un mal peor sustituyese al entonces vigente. Cambiar las cosas pero de tal manera que evitasen al totalitarismo marxista poner el pie en España. Y en esto la entrevista de San Juan de Luz entre Gil Robles, Pedro Sáez y Prieto confirmó los temores. Los antiguos miembros del Frente Popular no estaban dispuestos a hacer concesiones ni a entenderse con la Monarquía.

En esta había que poner esperanza.

Curioso incidente. El cardenal Spellmann, que guardaba muy estrechas relaciones con los políticos que en torno a la viuda de Roosevelt abrigaban el temor a una nueva pérdida de Europa, regresaba de Roma cuando una avería –que nunca existió– le obligó a hacer una parada en Barajas. Y desde aquí fue llevado al Pardo para almorzar. Tenía instrucciones de Pío XII. Y cuando llegó a Washington explicó las posibilidades de cambio. Truman aceptó la propuesta. Ahora eran católicos los que predominaban en el gobierno español. Martin Artajo había pedido permiso al Papa antes de hacerse cargo de la cartera de Exteriores. Los informes proporcionados por el cardenal y corroborados luego por congresistas norteamericanos dieron la razón a Truman. Aunque Franco no le gustase un pelo era indispensable para Estados Unidos que en España se ejecutase transición y no ruptura. Ya en agosto de 1947 a bordo del Azor Franco y don Juan habían coincidido en un punto que es clave: Juan Carlos estaba indispensablemente llamado a ocupar un día el trono y en consecuencia resultaba indispensable que se formase educativamente en España con plena libertad de movimientos. Algo que molestaba a los sectores radicales del falangismo como hoy molesta a los populistas y separatistas.

Puede decirse pues que el prólogo lejano de la transición se sitúa en 1953 cuando se firman el concordato y los acuerdos con Estados Unidos. Se entraba en la libertad religiosa y se eludían posibles excesos en la confesionalidad que diez años más tarde suprimiría el Concilio Vaticano II. Era el camino correcto para un entendimiento en libertad entre la Iglesia y el Estado. El papel de Roma, que muchos hoy intentan olvidar, resultó de calidad esencial. Punto clave: 1959. Arrese, falangista católico y de excelente conducta, quiso reordenar la constitución montando una especie de partido único aunque calificado de Movimiento. Y el Papa ordenó entonces a los cardenales españoles. Si se iba por este camino la Iglesia no tendría más remedio que retirar su apoyo pues el totalitarismo en cualquiera de sus versiones era un mal. Todos los ministros excepto Arrese aceptaron la fórmula. Desde esta fecha la transición dejaba de ser un leve movimiento para convertirse en un cambio. Rápidamente se puso en marcha el cambio económico tecnocracia y se tomó la decisión definitiva de que las Cortes prestasen juramento de obediencia al «príncipe de España», futuro rey.

Esto es lo que los historiadores debemos destacar: lo que en 1976 se iba a producir era precisamente el cierre de la Transición que había llegado a su meta. Un éxito importante como se ha destacado con frecuencia pero que en nuestros días revela la existencia de un peligro: confundir la transición con el cambio. Reclamar sobre todo una ruptura radical. Es cierto que en su inmensa mayoría la opinión pública se inclina a confirmar los aciertos de la transición. Pero es también indispensable que no se deje engañar por tantas falsías. Los méritos de la transición nacen de haberse producido desde dentro y como una maduración y no como ruptura. Los socialistas especialmente deben tomar buena nota. La Monarquía hizo posible que su partido llegara al poder. Y hubo un valioso entendimiento.