Varsovia: el otro telón

La Razón
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Cuando se cumplen 25 años de la disolución del Pacto de Varsovia, el «telón de acero» creado por el bloque comunista tras la Segunda Guerra Mundial como contrapunto a la Alianza Atlántica, se reúnen hoy y mañana en la misma capital polaca los 28 jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN, en su bianual Cumbre.

Sobre la mesa, las conclusiones y mandatos de la anterior asamblea celebrada en Newport (Gales) en septiembre de 2014, más la constatación del difícil momento actual ya analizado por su Comité Militar y por los respectivos ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, lo que marcará la proyección de la política de seguridad de la Alianza para los próximos dos años. Poca más proyección en el tiempo permite el momento.

En Newport la ocupación de Crimea por tropas rusas y el apoyo de su Gobierno a los grupos secesionistas de Ucrania llenaron parte de la agenda. En aquella cumbre se decidió potenciar la capacidad del Cuartel General multinacional NW con base en Szczecin (Polonia) y la creación de otro de nivel división en Bucarest. Es decir, existía una real preocupación en el flanco este de la Alianza por la política rusa de hechos consumados. El Comité Militar propuso crear una «persistente fuerza rotatoria multinacional» en lugar de desplegar fuerzas permanentes o fijas. Por una parte, no se quería provocar al incómodo vecino ruso que en su reciente Estrategia de Seguridad de diciembre 2015 consideraba «que la proximidad de las bases de la OTAN a sus fronteras crea una grave amenaza para su seguridad»; por otra, se atendía a las preocupaciones de los países bálticos y de Polonia.

Hoy, dos años después, el tema ya no es prioritario.

Cuando Jens Stoltenberg, el secretario general de la OTAN, declara que «tenemos que estar dispuestos a responder en un entorno mucho más complejo y difícil» no hace más que constatar realidades: una, la diluida y ambigua línea que separa hoy la paz de la guerra; otra, las llamadas «amenazas híbridas» que utilizan indistintamente medios militares y civiles, lo que da a los conflictos carácter multidimensional de difícil gestión. Súmese a ello una interminable ola de atentados terroristas que afectan gravemente a Occidente, pero que se ensañan especialmente en el propio mundo musulmán. Todo esto en un marco de gobiernos fallidos, de crisis económica, de presiones demográficas, de migraciones masivas.

La Alianza sola no puede afrontar todos estos problemas. Necesita el aval legitimador de Naciones Unidas para sus intervenciones; necesita el potencial de su principal socio, Estados Unidos; necesita una Europa fuerte; necesita la fuerza que da la multinacionalidad. El vigente Concepto Estratégico (CE/2010) señala que «Europa es un socio único y esencial para la OTAN». La salida de Reino Unido de Europa habrá sorprendido a muchos estrategas, que estarán buscando fórmulas para mantener los vitales compromisos actuales entre Europa y la Alianza.

Por supuesto aparecerán otros temas en Varsovia: las diferentes interpretaciones y compromisos en materia de seguridad de cada uno de los países: piensen en Turquía, piensen en Grecia; el peso de sus opiniones públicas; los inciertos periodos electorales; las restricciones de los diferentes presupuestos de Defensa que no alcanzan el deseable 2% del PIB reiteradamente pedido por la Alianza en pos de un esfuerzo equilibrado. Sólo por encima de Luxemburgo y Bélgica, España aporta un 0,92%.

En cambio, en febrero de este año, el Pentágono anunció que cuadruplicaba el presupuesto para sus fuerzas en Europa. Lo constatamos en nuestra España, que visitará Obama estos días. Son conscientes los americanos de las debilidades de sus flancos sur y este; constatan y evalúan las presiones migratorias de las que en una primera fase se libran, pero que pueden tener repercusiones graves en la seguridad mundial; son conscientes de la expansión de Al Qaeda en el Sahel, de Boko Haram, del Dáesh. Saben lo que se vive en Siria y cómo puede degenerar la situación en Libia. Y extendiendo la mancha de inestabilidad, cómo se ha degradado la situación en Afganistán desde la salida de ISAF o cómo Irak con grandes esfuerzos está recuperando su soberanía. Hay temas no para dos días, sino para dos meses, cuando seguramente habrá tiempo para «invitar» a Montenegro a convertirse en su 29º miembro.

La Alianza ha demostrado una gran capacidad de supervivencia y adaptación. Ha hecho de su unidad y cohesión su principal fuerza. No esperemos de la cumbre de Varsovia ningún cambio brusco en su rumbo, salvo la reactivación –en mi opinión, necesaria– del Consejo OTAN-Rusia. Afronta problemas externos que afectan gravemente a nuestra seguridad, lo que no la exime de afrontar también «asuntos internos» como los que puede provocar el Brexit, o los intentos de algunos partidos populistas –lo hemos vivido en España– de romper la unidad de la Alianza.

¡No sé si somos conscientes de lo que nos jugamos!