Tribuna

Una visita diferente a los dominios de Elvis

Descansaba un curioso anaquel identificado con una cartela escrita a mano: Elvis personal books. Intrigado, comencé a leer sus lomos y, de golpe, toda mi prevención se transformó en curiosidad.

Una visita diferente a los dominios de Elvis
Una visita diferente a los dominios de ElvisBarrio

Tuve que frotarme los ojos un par de veces para asegurarme de que aquello era real. Llegué a Graceland, la mítica mansión de Elvis Presley, la semana pasada. Y lo hice a regañadientes. No me había hecho gracia desembolsar ochenta dólares por la entrada a un parque temático lleno de reliquias y cachivaches sin sentido. O eso pensaba. Pero me equivoqué. Lo que acababa de encontrar en el edificio destinado a los archivos del Rey del Rock me dejó sin palabras. Entre juguetes de su hija Lisa Marie, recuerdos de sus conciertos, viejos periódicos, cuadros, cajas de correspondencia y antiguos electrodomésticos, descansaba un curioso anaquel identificado con una cartela escrita a mano: Elvis personal books. Intrigado, comencé a leer sus lomos y, de golpe, toda mi prevención se transformó en curiosidad. Obras de Herman Hesse, Gibran, Gurdjieff, tratados sobre yoga, auras, viajes astrales, misterios de la India o profecías bíblicas se apretujaban junto a títulos como Enseñanzas secretas de todos los tiempos, de Manly P. Hall, cuya edición en español yo mismo había prologado años atrás. Enseguida me atrajo un tomo morado, Seth Speaks, que tiempo atrás me había regalado horas de maravillosa conversación con Ignacio Darnaude, uno de nuestros mayores expertos en literaturas heterodoxas.

¿De veras leía esa clase de libros el hombre que cantó el Jailhouse rock?

Lo de Seth Speaks era de traca. Se trataba de un mamotreto de quinientas páginas publicado en 1972 por Jane Roberts, médium y poetisa de Albany, que entre 1963 y 1984 había «canalizado» las enseñanzas de un espíritu que la había adoctrinado sobre la naturaleza de Dios y la estructura del Universo. El libro aseguraba, entre otras cosas, que los humanos disponemos de múltiples yoes que viven en un racimo infinito de mundos paralelos, y que cada vez que una de esas copias experimenta un fuerte deseo, cualquiera de las otras se ve obligada a llevarlo a cabo. De hecho, esa clase de revelaciones new age se extendieron a ocho libros más… ¡y todos estaban en aquella biblioteca!

Me hubiera gustado telefonear a Darnaude para compartirle el hallazgo, pero Ignacio falleció en Sevilla en 2018 sin dejar heredero para su cátedra, así que aproveché mis horas en Graceland para hacer algunas averiguaciones. Descubrí entonces que Elvis fue un lector voraz. No solo había leído Seth Speaks, sino que lo había subrayado y anotado en casi todas sus páginas. Y no era ese el único volumen con cicatrices. De hecho, los más de mil que dejó al morir se encontraban en un estado parecido. Aunque la mayoría de sus biógrafos ha escrito de su pasión por las lecturas «trascendentes», pocos han dicho que el Rey se refugiaba en ellos en sus horas de soledad, consultándolos una y otra vez en busca de iluminación. Uno de sus favoritos fue La voz del silencio, un pequeño tratado de enseñanzas místicas orientales recopilado por otra médium, Helena Petrovna Blavatsky, que a veces entonaba en voz alta a sus amigos.

¿Pero por qué ese interés por los libros mediúmnicos? Si Ignacio hubiera vivido, seguramente me habría encaminado hacia Larry Geller, estilista personal de Elvis y el hombre que, al parecer, le introdujo en ese mundo. Geller llegó a publicar varios ensayos sobre el «camino espiritual» del artista que nos descubren a un genio muy alejado del estereotipo que la industria discográfica le construyó. Elvis fue un hombre atormentado por lo espiritual. Sus inicios estuvieron marcados por el coro gospel de su parroquia. Su madre fue una cristiana devota. Su padre creía en los ovnis. Pero fue en los escritos de Blavatsky donde leyó que el esoterismo triunfaría en algún momento del siglo XX, y también cuando sintió que él mismo formaba parte de un «plan» para hacer cumplir la profecía de un futuro para la humanidad más abocado que nunca a lo metafísico. Quizá por eso aquel Elvis que inició su carrera como una suerte de «bomba sexual» que provocaba trances histéricos en sus seguidoras, empezó a deslizar mensajes de otro tipo, en el mismo tono de Seth, en canciones tardías como The impossible dream.

Graceland recoge muchas pistas de esa transformación. Son indicios mudos, en los que rara vez reparan los turistas, pero que están ahí esperando ser descubiertos. El vestuario de sus últimos años en Las Vegas, por ejemplo, contiene mandalas bordados, talismanes de antiguas civilizaciones, animales totémicos y hasta geometrías sagradas de los nativos americanos en los que Elvis buscó protección y refugio. Sus joyas más queridas siguieron también ese camino. Como el collar de oro y diamantes con la palabra hebrea «chai», «vivo», que no solo es un popular amuleto de la buena suerte sino que esconde connotaciones numerológicas a las que, según la propia familia Presley, también fue muy afecto.

En consecuencia, he terminado recorriendo durante horas, con creciente asombro, los indicios de ese «otro Elvis» repartidos por las estancias de Graceland. Incluso he encontrado una bola de cristal en la famosa Pool Room en la que tocaba la guitarra para sus amigos.

Después de todo, la entrada al «parque Elvis» mereció la pena. Me ha permitido descubrir que detrás de uno de los grandes iconos de la música moderna se escondía un hombre tan sobrecogido por el abismo de la vida como cualquier otro. Un Presley inédito que me ha dado un buen puñado de razones para estudiarlo más allá de su voz.

Javier Sierraes escritor y Premio Planeta de novela.