Ser padre

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

“José, no temas en llevarte a María, tu mujer, pues el hijo que está esperando es del Espíritu Santo” (Mateo 1, 20)

María no fue la mujer de José porque él la usara o dominara, sino porque la amó. Así pudo ser el legítimo marido de quien era el huerto sellado y el jardín cerrado del Creador. Porque no es nuestro lo que usamos o dominamos, sino lo que amamos.

Ese niño que crecería en el vientre de su mujer y luego en su propia casa era, efectivamente, el Hijo de Dios. No le pertenecía, sino que provenía de quien nos trasciende a todos, y hacia Él se dirigía. Pero José también era legítimamente su padre. Porque es padre quien espera, quien se pospone a sí mismo para dar la primacía a Dios y hacer que su luz destelle en el corazón del hijo. Porque el estupor, la obediencia y la gratitud de todo auténtico padre forman parte de la lucha por vivir esa misión que, ciertamente, nos supera.

Un padre así no teme hacer que el niño y su madre atraviesen un desierto como forasteros, porque él les llevará de la mano bajo la mano de Dios. Así serán más fuertes que todos los poderes del mal, que no podrán alcanzarles.

Por eso el Hijo Eterno, sería conocido como el “hijo del carpintero”. Porque este artesano habría enseñado al Logos eterno cosas tan simples como usar un martillo y limpiarse el polvo del camino. También otras tan sublimes como bendecir la mesa y cantar un salmo. Le habrá enseñado a cargar algunos leños cada día, sin saber que un día este hijo le recordaría agradecido al cargar los leños donde estaría clavada la salvación del mundo.

Porque es padre quien deja vivir a su hijo, a su hija, más allá de sí mismo, sabiendo que la vida es siempre audaz, creativa y expansiva. A él tan solo le ha sido confiada para que no se interrumpa este devenir. He aquí su propia grandeza.

Pero mayor grandeza aún será cuando reciba la admiración del hijo que reconoce en él al hombre que ama a su madre. Es decir, si llega a ser el hombre que enseña al hijo cómo debe ser amada una mujer, y a la hija cómo merece ser amada.

Es padre quien hace silencio para que el hijo exprese cuanto le hizo aprender del primero y definitivo Padre suyo y Padre nuestro. Así hasta que llegue el día en que podrá sentarse como discípulo a aprender de aquel al que enseñó a dar sus primeros pasos sin dejarlo caído en sus tropiezos.

Porque le habrá hecho aprender de su propia paternidad a alzar los ojos para pedir ayuda al que puede levantarle. Y cuando llegue el día -y quiera Dios que a todos nos llegue- en que su hijo, su hija, se dirijan hacia un horizonte mayor, ese padre podrá seguir descendiendo. Se hará tan pequeño como para ser contenido ahora en el pequeño corazón y en cada minúscula fibra de esa simple persona que engendró a la vida y ayudó a crecer. Simple individuo, sí, pero capaz de contener el mundo que aprendió a con todo su ser. Porque dar la vida es enseñar que el amor está siempre al principio y al final de toda vida verdadera.