Valor a lo que valor merece

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Lectio Divina del evangelio de este domingo XXVIII del tiempo ordinario

Ayer fue beatificado por la Iglesia un joven con unos rasgos, ciertamente, excepcionales: Carlo Acutis, fallecido en Milán en 2006 con tan solo 15 años, quien supo amar apasionadamente la Eucaristía, su “autopista para ir al cielo”. Este chico de nuestro tiempo reconocía en el Santísimo Sacramento la presencia viva y vivificadora de Cristo, su mejor amigo, al que le contaba todo. “Me pongo delante de Él para recobrar fuerzas, para saber estar con mi familia y amigos, para aprender a tratar a los demás y llevar su amor”. Dotado de una precoz destreza para el diseño y la informática, Carlo buscaba transmitir su fe a través de distintos formatos físicos y virtuales. La exposición de 150 paneles que diseñó sobre los milagros eucarísticos –signos extraordinarios en hostias consagradas que se conservan desde la edad media hasta hoy– ya ha recorrido el mundo entero. Este nuevo Beato nos ilumina acerca del evangelio de este domingo, en el cual Cristo nos enseña a valorar lo que más vale, que es, en definitiva, la adecuada participación en el banquete eucarístico:

En aquel tiempo, de nuevo Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos (Mateo (22,1-14).

En este texto sigue apareciendo el tema de los que son indiferentes a la invitación de Dios, quien nos llama a la comunión con su santidad y amor, representados bajo el símbolo del banquete nupcial. Esta es una imagen bíblica de la unión de Dios con la humanidad, llamada a responder adecuadamente a Él. Porque son tantas las excusas e intereses secundarios que solemos por delante del amor a Dios, quien en verdad nos da la vida y puede conducirla, con Él, por Él y en Él, a su plenitud. Efectivamente, podemos comprobar que muchos son los llamados y pocos los elegidos; porque la invitación está abierta, pero requiere la respuesta de quien está siendo invitado. Y así como no podemos ser indiferentes a esta llamada, tampoco podemos responder a ella de cualquier manera, estando por estar, sin poner nada de nuestra parte. Hay que estar y ser, dando valor a lo que valor merece. La vida de fe, cuyo centro y culmen es la Eucaristía, el definitivo banquete que nos une a Dios, supone una preparación interna y externa correspondiente.

Carlo Acutis es un testimonio providencial de quien ha sabido valorar lo que más vale. “Todos nacemos como originales –decía– solo que muchos mueren como fotocopias”. ¿Cuál fue el secreto de este chico para saber comunicar externamente su profunda vivencia interior? ¿Dónde se originaban todos esos talentos, admirados incluso por profesionales? Sin duda, en su profunda vivencia de la Eucaristía, en cuya celebración buscaba participar con la mayor frecuencia y dignidad posibles. Esta comunión con el sacrificio de Cristo en el altar le hizo capaz de cargar la cruz de su enfermedad final con una esperanza y fortaleza heroicas, hasta el punto de predecir su muerte con serena clarividencia y pedir ser sepultado en Asís, la tierra de san Francisco, el santo de mayor sencillez y la perfecta alegría.

Hoy llega a nosotros la invitación de Dios a responder y saber dar el más alto valor a nuestra participación en el banquete de su Hijo, con un nuevo realce de nuestra preparación interior y sus manifestaciones exteriores. Paradójicamente, los meses del confinamiento, en que tuvimos que privarnos de la participación en la misa, nos han servido para valorar lo que ella significa. Ahora tenemos la oportunidad de vivir con renovado amor nuestra adoración a Cristo en su sacramento, con la necesaria disposición interior y las consecuentes manifestaciones exteriores de devoción que muestren el valor que damos a lo que más valor tiene sobre la tierra.