Croissants polacos

La Razón
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Se llama Ana. En realidad, su nombre es algo más complicado de pronunciar y escribir, pero ha preferido reducirlo para ponérnoslo fácil. Su marido y sus hijos –de seis y tres años– se han ido a casa de sus suegros a pasar estos días de la JMJ. No porque huyan de los dos millones de personas que se esperan el fin de semana. Más bien, para hacer hueco. Hace unos meses esta analista de negocios y su esposo, que es músico en la Filarmónica de Polonia, decidieron que acogerían a un grupo de peregrinos en su piso de Cracovia. Así lo han hecho. Yo soy uno de esos inquilinos. Inesperado. Porque uno esperaba acabar en el suelo de un polideportivo con esterilla y saco de dormir.

Pero no el único. Ni ellos la única familia que ha abierto su casa. Si por algo pasará ya a la historia este encuentro es por el número proporcional de hogares que han recibido a peregrinos con respecto a otras JMJ, donde lo habitual es que los salones parroquiales, pabellones y escuelas sirvieran en su mayoría para la pernoctación. Polonia ha dado un vuelco en este sentido y ha mostrado que su catolicidad se traduce en puertas abiertas. Cada cual, desde su necesidad.

Fabiola me cuenta que en su casa duermen cuatro jóvenes. «Todas en una misma habitación. Hoy nos han preparado el desayuno con croissants horneados por la madre rellenos de mermelada de rosas de su jardín». Otros peregrinos me cuentan que la familia duerme en colchones hinchables dejándoles a ellos sus camas para dormir.

«Nos están dando una lección de generosidad y de acogida», me cuenta María, que vive estos días con una viuda que no habla una sola palabra de español pero que se hace entender a golpe de buen humor y de conquistar a través del estómago. «No nos quería dejar salir de casa sin bocadillos y fruta para pasar la mañana». Pónganse en lugar de esta señora. Septuagenaria que deja entrar en su casa a dos extrañas, porque confía y sabe que si llevan una cruz al cuello son parte de su familia, la de la Iglesia.

Ésta es la otra JMJ, la que se edifica desde el encuentro personal, donde el idioma deja de ser una barrera para convertirse una anécdota frente al lenguaje de hospitalidad. No en vano acoger al peregrino es una de las obras de misericordia que Francisco insta a poner en práctica en este Jubileo. Y los polacos la ejercitan. De aquí a Roma.