El aborto, «algo que repugna a los ojos de Dios»

Siempre en defensa de la vida

Francisco durante un encuentro con el cardenal Amigo
Francisco durante un encuentro con el cardenal Amigo

Se ha llamado al aborto crimen nefasto y lepra de nuestro tiempo. Algo que repugna a los ojos de Dios y a los de los hombres. Cuando se clama, con toda razón, por el reconocimiento de los derechos humanos, parece como si, en muchos sectores, hubiera una conspiración de silencio para denunciar la conculcación de un derecho tan fundamental como es el de poder vivir. (...)Produce incomodidad lo ambiguo de la mezcla de conceptos y de actitudes, sin hablar de la confusión entre lo que puede ser una legislación sobre la despenalización del aborto en algunos supuestos y una especie de proclamación de una ilimitada libertad para abortar en ejercicio de una decisión individual y subjetiva, y lo que más sorprende y duele es que se preste mayor atención a definir «los supuestos» que a hacer todo lo posible para que no tenga que llegarse a cometer una acción moralmente tan execrable como es el aborto. Se ofrece como argumento el de la libre decisión acerca de lo que acontece en el propio cuerpo. Lo cual es más que discutible, pues la propia persona no puede considerarse como «propiedad privada», que hace y deshace a su antojo. Es un «bien social» que nos pertenece a todos, y entre todos tenemos que cuidarlo y protegerlo. (...) Pero aparte de todo esto, lo que de ninguna de las maneras se puede hacer con la vida de los demás es lo que a otra persona le plazca. Será su madre, pero no la dueña y señora de la vida de su hijo. Se ha repetido, y con mucha razón, que la primera víctima del aborto es siempre la madre, pues sobre ella van a recaer las consecuencias de un comportamiento éticamente reprobable. Una educación sexual adecuada y responsable es imprescindible. Pero también una formación moral de la conciencia, que sabe distinguir muy bien entre la justicia y el delito, la responsabilidad y la pena, y que no hay derecho alguno que no suponga el deber correspondiente. (...)

Todo aquello que se refiere a la persona, desde el momento de su concepción hasta la muerte natural, debe ser considerado como fundamental en el ordenamiento social y jurídico, dejando atrás cualquier ambigüedad y desamparo al derecho de vivir. En consecuencia, también habrán de ponerse en marcha todos aquellos instrumentos necesarios de protección y ayuda ante situaciones de carencias y circunstancias especiales. (...)

Se eliminan los seres humanos más débiles. Se debe recordar una y otra vez que la vida es siempre sagrada en todas sus fases de la existencia. «No existe una vida humana más sagrada que otra, como no existe una vida humana cualitativamente más significativa que otra. La credibilidad de un sistema sanitario no se mide sólo por la eficacia, sino sobre todo por la atención y el amor hacia las personas, cuya vida siempre es sagrada e inviolable».