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El altar del milagro se convierte en santuario

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«Mi cuñada se agarró a las manos de Dios y de Juan Pablo II». Ése es el testimonio de Pilar Arce, hermana del marido de Floribeth. «El Señor y el beato Juan Pablo le levantaron de la cama», agrega Pilar, que recuerda con tristeza los días en los que su familiar enfermó. «Se encontraba muy mal. Su esposo y sus hijos estaban desesperados», explica, y añade que «no se podía mover de la cama. Se estaba muriendo».

Sin embargo, gracias al poder de la fe, esta historia ha acabado con un final feliz. «Estábamos a punto de perder a Floribeth cuando se curó. Nunca dejamos de creer. Hay que encomendarse a Juan Pablo II», comenta la cuñada.

Por otra parte, Gerardo Rivera, un vecino de la familia, describe a Floribeth como una persona «maravillosa». «Es muy tranquila. No molesta nunca a nadie. Vive y deja vivir», señala. Respecto a las posibilidades de la fe, opina que «si ésta es poderosa, todo es posible». Asimismo, cree que «si una persona es sincera y sus creencias son fuertes, el milagro llega».

En este caso es Marlen Redondo, otra residente de la zona la que expresa sus sentimientos: «Me puse muy feliz cuando me enteré de que Floribeth se había curado gracias a la intercesión de Juan Pablo II. Siempre hemos dicho que es un santo». «Aunque todos los vecinos estamos muy contentos de la noticia, nos da vergüenza ir a visitarla. No queremos molestar», concluye Marlene.

Desde que se obró el milagro, la casa de Floribeth se ha convertido en un centro de peregrinación más. Y es que el interior del domicilio dedica un espacio, en forma de altar, para homenajear a Juan Pablo II. Situados sobre una mesa y rodeados de flores se encuentran distintas imágenes de la Virgen y de Jesús, así como distintas velas, todas ellas presididas por un retrato del beato. Vecinos de esta familia costarricense confirman a LA RAZÓN que hasta ese lugar «acude habitualmente un sacerdote para rezar junto a Floribeth, su marido y sus cuatro hijos». No obstante, la mujer sujeto del milagro ha declinado hacer declaraciones por respeto al proceso, que todavía sigue abierto, y por petición expresa de la Archidiócesis de San José, a la que pertenece.