Omella llega a Barcelona «sin prejuicios» y abierto a todos

Juan José Omella (d), durante su toma de posesión como nuevo arzobispo de Barcelona en sustitución del cardenal Luis Martínez Sistach.

El nuevo arzobispo tomó posesión ante 59 obispos de toda España y más de 2.500 fieles.

«Libre de prejuicios» y abierto a todos «sin excluir a nadie». Así se presentó ayer el ya arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, en la homilía de la eucaristía en la que tomó posesión. Lo hizo ante su precedesor, el cardenal Lluís Martínez Sistach, el nuncio del Papa en España, Renzo Fratini y otros casi 60 obispos españoles que acudieron a la celebración.

En una intervención en la que compaginó el castellano y el catalán, reconoció que entra «con emoción» en una Iglesia «regada por la sangre de mártires y santos», de los que dijo se aprende a trabajar «por la paz, la libertad, la unión y la reconciliación». «Nuestras vidas deben ofrecer la paz y el perdón a todos los hombres, de manera que ya no haya guerra ni divisiones entre nosotros».

Tras esta llamada a la unidad contra la violencia, el terrorismo, la injusticia y la exclusión por razones ideológicas, Omella reiteró que como obispo su prioridad es estar cerca de los fieles: «Quiero escucharos, compartir los gozos y los sufrimientos que os agobien; quiero caminar con vosotros en la búsqueda de la luz que viene del Señor y que nos empuje a ser testigos humildes y valientes en esta sociedad del siglo XXI». Y confesó los tres iconos bíblicos que tiene presentes desde que el Papa Francisco hizo público su nombramiento.

El primero –«Sal de tu tierra y vete al país que yo te mostraré» (Génesis 12,1)– tiene que ver con ponerse en camino, un camino que quiere hacerlo «libre de prejuicios, con un corazón abierto y unos oídos atentos». Un recorrido, añadió, que «exige saber despropiarnos de nosotros mismos, estar abiertos a lo que vayamos descubriendo en el camino, acogiéndolo como un don de Dios». En este punto, citó a Saint Exupery: «Lo esencial es invisible a los ojos; lo que embellece al desierto es que en algún lugar esconde un pozo».

El segundo icono de Omella procede del profeta Jeremías –«¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho»– y reconoció con él que sus fuerzas «son muy limitadas» y que siente en su corazón «mucho temblor y temor». Por eso, quiere recorrer el camino «codo con codo con todos vosotros, porque todos somos y formamos la Iglesia». «Sí, quiero contar con vosotros bautizados, padres y madres de familia, niños y jóvenes, adultos y ancianos; quiero contar con vosotros sacerdotes, diáconos y miembros de la vida consagrada; todos juntos formamos el pueblo santo de Dios», explicó.

La última imagen nace de las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan –«Otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras. Sígueme»–, que no son más que una llamada a la evangelización que, para Omella, exige hoy «una gran conversión». En este sentido, agregó: «No podemos anclarnos en viejos métodos o en ideologías mundanas. Los últimos Papas nos invitan a llevar la frescura del Evangelio y el compromiso con los pobres y necesitados».

Llegados a este punto, y con un lenguaje muy cercano al Papa Francisco y a su exhortación Evangelii Gaudium, Omella recalcó que la Iglesia «está llamada a salir de sí misma, no sólo a las periferias geográficas, sino también a las existenciales; las del misterio del pecado, las del dolor, las de la ignorancia, las del pensamiento, las de toda miseria». «Cuando la Iglesia no lo hace –continuó–, se vuelve autorreferencial y entonces enferma. Cuando la Iglesia se hace a sí misma el centro de su misión, encierra a Cristo dentro de sí y no lo deja salir». Con todo, reconoció que ahora toca predicar la Buena Nueva de Jesús «en esta gran ciudad de Barcelona, en esta gran urbe, en la que hay corrientes secularizadas y secularizantes, a la vez que cristianos ejemplares».