Actualidad

La misa del millón

El Papa beatificó ayer a 124 mártires en la mayor concentración de cristianos en la historia de Corea. «¿Por qué estamos dispuestos hoy a morir?», se preguntó

Una joven coreana contempla la beatificación desde una azotea en Seúl
Una joven coreana contempla la beatificación desde una azotea en Seúl

Segundo baño de masas del Papa Francisco en su histórica visita a Corea. Ayer beatificó a 124 mártires de la primera generación de cristianos del país, en una misa ante más de un millón de personas, según las autoridades locales, en la céntrica plaza de Gwanghwamun de Seúl. Una ceremonia excepcional debido al gran número de mártires beatificados en una misma celebración y por ser la mayor concentración de cristianos de la historia de Corea. Ya el Papa Juan Pablo II había canonizado a los mártires de segunda generación que conocieron los misioneros franceses cuando llegaron a la península asiática, pero ahora Francisco ha querido beatificar a los fundadores de la Iglesia cristiana en Corea. Estos eran un grupo de literatos que visitaron China y tomaron contacto con el cristianismo de los misioneros de la Compañía de Jesús, e introdujeron en Corea las Sagradas Escrituras. Ellos mismos se dedicaron a evangelizar arriesgando su vida, hasta la llegada de los primeros misioneros 50 años más tarde. Sufrieron una dura persecución por parte de los gobernantes coreanos, que buscaban frenar las nuevas creencias que eran vistas como una amenaza hacia el confucianismo de la época. «Formaban una comunidad inspirada en la Iglesia primitiva, en la que los creyentes eran verdaderamente un solo corazón y una sola alma, dejando aparte las diferencias sociales», subrayó el obispo de Roma.

Una inmensa multitud llenaba la plaza, en la que había 170.000 invitados, así como la aledaña gran avenida Sejong-daero, con más de 800.000 personas, cuando se preveían unas 20.000. Llevaban horas esperando, la mayoría había ido llegando en autobuses durante toda la noche y caminando ordenadamente por diversas rutas preestablecidas para poder pasar los rigurosos controles de seguridad que daban acceso a la plaza. Las autoridades locales cerraron desde el viernes por la tarde todas la avenidas y calles cercanas a la plaza de Gwanghwamun, cambiaron los horarios del metro y no permitieron el paso de los trenes hasta que la misa finalizó. Sin perder detalle de sus palabras y guardando un respetuoso silencio que hacía que la voz de Jorge Bergoglio aún retumbara más, el público reunido se entregó por completo a las palabras del Pontífice. «La herencia de los mártires puede inspirar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a trabajar en armonía por una sociedad más justa, libre y reconciliada, contribuyendo así a la paz y a la defensa de los valores auténticamente humanos en este país y en el mundo entero», observó el Santo Padre ante la atenta mirada de sus fieles. «Su ejemplo tiene mucho que decirnos a nosotros, que vivimos en sociedades en las que, junto a inmensas riquezas, prospera silenciosamente la más denigrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres», insistió.

Bajo una enorme cruz que dominaba el altar y con el palacio de Gyeongbokgung al fondo, Francisco ilustró su mensaje contando la vida del mártir Pablo Yun Ji-chung, el primero de los que beatificó ayer. Un noble que fue arrestado por haber dado sepultura cristiana a su madre y decapitado a continuación por orden del rey. Por este motivo el Papa quiso ponerlo como «el ejemplo de fe y de caridad que os han transmitido vuestros antepasados» y que «nos obliga a preguntarnos ¿Por qué estaríamos hoy dispuestos a morir?».

La organización se vio desbordada ante la masiva afluencia de católicos que abarrotaban la plaza y llenaban varios kilómetros de las calles cercanas. Varias pantallas gigantes a lo largo del recorrido servían para acercar el mensaje de Francisco a todos los allí congregados. En ellas la señal de televisión realizada permitía ver las dimensiones de la multitud con las imágenes captadas desde un helicóptero. Se apreciaban en amarillo, azul y blanco las diferentes diócesis, que llevaban gorras de cartón y banderines de colores para diferenciarse unas de otras.

A todos y cada uno de los presentes agradeció el Papa su cálida acogida y su fervorosa entrega. Un entusiasmo que pudo palpar más de cerca a su llegada a la plaza. Durante el trayecto, en un «papamóvil» descubierto, volvió a hacer gala de su cercanía con la gente bajándose en varias ocasiones para saludar a sus fieles.

Como ya viene siendo tradicional en sus misas al aire libre, el Papa besó a varios niños que sobresalían entre la multitud en los impacientes brazos de sus padres, que pedían a los guardaespaldas del Pontífice que los acercaran a él. Especialmente efusivo fue el saludo a un grupo de familiares y supervivientes del trágico accidente del ferry «Sewol», que costó la vida a más de 300 personas. El Papa portaba el crespón amarillo que el día anterior le habían dado los familiares.

Aunque la misa fue el plato fuerte del día, especialmente emotiva fue la visita al «Santuario de los Mártires» de Seosomun, a primera hora de la mañana. Se trata del lugar donde fueron ejecutados los 103 católicos de segunda generación canonizados por Juan Pablo II en 1984. Después de atravesar su imponente entrada, decorada con estatuas de los mártires que recrean sus respectivos martirios, el Obispo de Roma colocó una corona de flores y rezó una breve oración en silencio. Un gesto de gratitud con uno de los países asiáticos en el que más crece el número de católicos cada año y que ha visto aumentar su población cristiana hasta el 11% en los últimos veinticinco años.

En primera persona

El Papa descalzo que abraza a todos

Después de quitarse los zapatos en la puerta, como manda la tradición coreana, el Pontífice acarició y abrazó a cada uno de los residentes del «Hogar de la Esperanza» de Kkottongnae, dando una vez más claras muestras de su compromiso y cercanía. El gesto de una anciana con parálisis cerebral conmovió al Santo Padre, que recibió un origami en forma de cigüeña que ella misma había hecho con sus pies. No es el único regalo que recibió allí, ya que el gestor del centro le obsequió con un retrato realizado por uno de los niños que viven en el centro.