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Teresa y el tiempo clave que le tocó vivir

El Rey Felipe II y los Papas Pío IV y Gregorio XIII apoyaron la reforma del Carmelo de la religiosa

Nace en el seno de una familia acomodada, en la que no es difícil descubrir esa ascendencia judía que en Castilla era muy abundante. Recibe los apellidos de Cepeda y Ahumada. Estamos en 1515, año de cambio. Navarra se ha incorporado a la Corona de Castilla y Carlos de Habsburgo, todavía muy joven, se prepara para consolidar una monarquía restauradora de la unidad nacional y que recibe del Papa el título de Católica. En Ávila, que es uno de los núcleos esenciales en esa espiritualidad, Teresa descubre muy pronto la vocación religiosa, aunque tendrá que esperar hasta 1533 para vencer las reticencias de su familia y entregar su alma exclusivamente al servicio de Dios. La Encarnación, donde ingresa, pertenece al Carmelo.

Son los años duros en que Lutero pone en marcha una reforma que se inspira en el nominalismo voluntarista y hace de la fe el eje único de la vida cristiana, pero un siglo y medio antes se había puesto en marcha una reforma católica española, italiana y renana que descubre en el ser humano esas dimensiones que le permiten crecer mediante el ejercicio. En el silencio del claustro, Teresa medita y encuentra esa reforma que responde a sus preguntas: ¿qué es la vida humana? y ¿cómo resolver la gran cuestión que sacude a Europa? Carlos V ha renunciado a la lucha retirándose a uno de los cenobios clave de esa reforma española, los Jerónimos de Yuste. Pero España, según lo ve Teresa, ha dado ya los pasos decisivos: jerónimos, benedictinos, dominicos y franciscanos han creado en su seno movimientos de renovación eficaces. Y ahora, Ignacio de Loyola ha puesto en marcha esa síntesis que son los ejercicios espirituales.

En el Papa Pío IV, que marca un giro en el Gobierno de la Iglesia, y en Felipe II, que apoya abiertamente esa observancia, Teresa va a encontrar lo que necesita para poner en marcha la renovación del Carmelo. Ella y cuatro monjas más deciden buscar un domicilio, San José de Ávila, para emprender la renovación que invoca la memoria de Tierra Santa. No se trata únicamente de subir al Monte Carmelo, como dijera San Juan de la Cruz, sino de descubrir, como vinieran haciendo los reformadores católicos, el núcleo interior en donde el Reino de Dios se inicia para cada persona individual y que ella denomina castillo interior o morada. Teresa no ha inventado estas palabras, las explica.

Lógicamente, esta novedad, que parece censura para las costumbres habituales en los poderosos monasterios, tenía que despertar desconfianza y oposición. Pero Teresa cuenta con el apoyo del Rey y también con el del Papa, que en 1565 concede los poderes necesarios. Y es así como la minúscula escuadra de cinco mujeres comienza a convertirse en un ejército. La santa no niega el valor de la vida corriente, pues sabe que Cristo también se encuentra entre los pucheros de la cocina. Al poner en marcha el segundo convento en Medina del Campo, descubre a un colaborador ideal, ese joven que ha decidido llamarse Juan de la Cruz. Ahora, la reforma del Carmelo cuenta con dos dimensiones, femenina y masculina, y con esa fuerza que descubrimos en las páginas que, por encargo de sus superiores, ella dedicó a su propia vida.

Ya está en marcha el ejército que se necesita: bueno es que las galeras se enfrenten a los turcos, que se establezcan nuevos reinos cristianos en América, garantizando por medio de leyes la libertad, y que los colegios en Salamanca o Alcalá formen vocacionalmente maestros, pero lo verdaderamente importante se halla en el interior de la persona. Esto es lo que defiende la santa y es lo que los poderosos clérigos tradicionalistas consideran un peligro para las estructuras que dominan. Entre 1575 y 1580 se desata una persecución. Cuando los carmelitas llegan a Pastrana, la princesa de Éboli se siente amenazada; no están dispuestos a someterse a su dominio y menos a sus desviadas costumbres. Y recurren, como muchos en nuestros días, a los tribunales de Justicia, es decir, la Inquisición. Naturalmente, el tribunal, aunque lento en sus modos, lo que proporciona momentos de penumbra, acabará reconociendo en los acusados aquello que forma su profunda realidad: se trata de santos en el más claro sentido de la palabra.

Es entonces cuando Papa y Rey unen sus fuerzas para prestar apoyo y, desde 1580, contando con la fuerza diplomática de Felipe II y con la herencia tridentina que recoge Gregorio XIII, el Carmelo, reformado se erige como reserva espiritual práctica para toda la Iglesia. En los cinco años postreros de su vida, en medio de fuertes dolencias, Teresa comprende que al final ha triunfado y que su obra brinda a la sociedad euroamericana las respuestas que necesita. Sin un recto y firme comportamiento moral, el progreso no puede alcanzarse. Me gustaría terminar estas líneas con un doble recuerdo. Cuando Edita Štein, judía conversa y mártir de la persecución nazi, ingresa en el Carmelo, introduce en su nombre los dos términos, Teresa y De la Cruz. Y la tesis doctoral del primer Papa polaco, Wojtyla, versó sobre San Juan de la Cruz, cuyas obras, curiosamente, le había regalado un humilde sastre.