Aprender a vivir con las pestes

En 2018, según informes de la OMS, se diagnosticaron en el mundo 228 millones de casos de malaria, que causaron la muerte de 405.000 personas. Y son los mejores datos de la década

El mundo, mejor dicho, una parte de él, se ha resignado a convivir con la malaria. Por supuesto, se lucha contra la plaga y se investiga la posible vacuna, pero todo parece insuficiente, tal vez, porque quienes se llevan la peor parte son los africanos más pobres. En 2018, la OMS dio cuenta de 228 millones de contagios por el plasmodio, que es el parásito culpable de la enfermedad, y cuyo vector de trasmisión son los mosquitos del tipo anópheles. Ese mismo año, se produjeron 405.000 muertes por paludismo, lo que supuso una clara mejora con respecto a 2010, cuando fallecieron 585.000 personas. Casi el 90 por ciento de los casos se registra en África, con Nigeria y la República Democrática del Congo a la cabeza. Pero también permanecen áreas endémicas en la India, en el Mediterráneo Oriental y Suramérica. La batalla es larga y difícil. Cuesta mucho tiempo y dinero reducir la tasa de mosquitos a números tolerables o dotar de protección –mosquiteras impregnadas de insecticida– a las poblaciones más vulnerables, que suelen ser las que peor acceso tienen a los servicios públicos de salud y salubridad. Además, algunos bichos se están haciendo resistentes a los insecticidas más comunes y baratos. Contra el paludismo lo que más cuenta es la constancia, porque se puede perder en un año el esfuerzo de varias generaciones. El último caso es Venezuela, donde han vuelto a crecer las infecciones por encima de los 300.000 casos anuales, con 229 muertes en 2018, cifras del Gobierno de Nicolás Maduro. La malaria, o paludismo, que fue endémica en el Levante español hasta bien entrado el siglo XX, es especialmente mortal entre los niños menores de 5 años, pero, luego, su letalidad decrece. Como punto de comparación, el Covid-19 ya ha provocado más de 600.000 muertes en el mundo, con sólo 15 millones de contagios detectados. Unas cifras difícilmente tolerables y que nos deben poner en alerta. Porque, es cierto, la humanidad ha aprendido a convivir con lo inevitable, pero siempre que la mortandad esté en parámetros asumibles o afecte primordialmente a quienes menos influencia o capacidad de queja tienen. Pero el coronavirus también mata blancos ricos, y eso ya es otro cantar.