La guerra de las hormonas

Pablo Iglesias junto a Isabel Díaz Ayuso
Pablo Iglesias junto a Isabel Díaz Ayuso FOTO: José Oliva La Razón

Dos belicosos ejércitos de virus convierten nuestro país en campo de batallas de pandemias. Uno de ellos es el que todos, por desgracia, conocemos. Sobra mencionarlo. El otro es el de los virus de la política, que también devasta el país, de punta a punta, y no precisamente en forma de oleadas, sino de terremotos, ondas expansivas, mociones, emociones y elecciones. España se mueve bajo nuestras posaderas. La madre de todas las batallas es, de momento, la de Madrid, a la espera de ese Armagedón que serán, ya en otoño, las elecciones generales. Lo último no es información, sino vaticinio.

Al hablar de ello no traiciono el espíritu de esta columna, que tratará, como siempre, de salud. Hace ya más de ocho años tuve un golpe de suerte: me puse en manos de un centro de antienvejecimiento. No es la primera vez que hablo de él: neolifeclinic.com. En mi libro «Shangri-La. El elixir de la eterna juventud» (Planeta) expongo el tratamiento que desde entonces sigo con minuciosa puntualidad. Uno de sus pilares es la aplicación cutánea de testosterona para reponer el déficit de la misma que a partir de los 45 años, grosso modo, se produce en los varones. Cuando se mienta esa hormona, clave para la energía, la vitalidad y el bienestar, todo el mundo piensa en el sexo... Sí, sí, claro que repercute en la virilidad, pero no sólo. Las mujeres también producen y necesitan testosterona, aunque en menor medida, y conviene que vigilen y repongan sus niveles cuando al paso de la edad decrecen. Siempre, como yo lo hago, bajo vigilancia clínica, en las dosis adecuadas y con receta. La demanda del organismo es progresiva. Yo, por ejemplo, empecé aplicándome 50 miligramos al día y ya ando por 150.

Se preguntará el lector por el motivo de que cuente todo esto y lo ponga en relación con la convocatoria electoral del 4 de mayo. Lo explico. Ese día van a librar descomunal, aunque desigual batalla en las urnas un perpetuo adolescente que presume de ser un macho alfa y una grácil damisela que a pesar de su aspecto delicado va a constreñirlo a humillar. Roles cambiados: sospecho que, en este caso, la señorita torera tiene más testosterona que el torito resabiado. Seguro que cuaja faena. Voy sacando mi pañuelo. ¡Ole con ole, emperatriz de Lavapiés y de Las Ventas!