Cumplir años

“No hay bótox, ni pomada, ni cirugía que te reste realmente años”

Acabo de cumplir una vuelta al sol, como dicen ahora los modernos. Y no, por más que me intento mentalizar y encontrarle el punto admirable, no me gusta. Es más, los días previos me da bajón existencial. Quizá es que estoy en esa franja de edad en la que la susodicha ya pesa, pero todavía no puedes fardar de ella.

Los más ancianos hasta se ponen años. Ochenta y nueve, voy a cumplir, te sueltan orgullosos. Y el otro, entonces, hace un gesto exclamativo: ¡No es posible, estás estupenda! La viejita sonríe satisfecha.

Pero es que a mí eso de aparentar no me convence. Envidio, es cierto, a los que están fuertes física y mentalmente. Pero a los que simplemente aparentan menos no me los creo. Mejor dicho, es que a mí no me aparentan menos. La verdadera edad está tatuada en el alma, y el alma es el reflejo del cuerpo. No hay bótox, ni pomada, ni cirugía que te reste verdaderamente años. La luz de la mirada, la forma de caminar, las manos… te delatan. Como te delata la forma de hablar o de contar experiencias. Lo de los cuentos de la abuela no es ficción. Cuando una envejece se llena de cuentos, y menos mal. Al menos, tenemos la alegría de recordarlos. No, no me gusta cumplir años, ni me gusta mirar hacia atrás. Yo soy de presente. No tengo nostalgia, no archivo fotos ni guardo recortes; no quiero revivir pasados.

Si algo me mantiene viva es el imaginar, y escribir, cómo será el mañana de los otros. ¿Podrán los nuevos humanos cortar con este modo de vida enfermo? Esto me recuerda un chiste de hondura: un hombre andaba angustiado porque todos los médicos le decían que había que amputarle el pene. Un amigo le aconsejó acudir a un médico chino sabio que se lo resolvería seguro. El hombre ahorró, viajó largamente y llegó hasta él. Esperanzado, le mostró su miembro corrompido y le preguntó ansioso: ¿hay que cortar, doctor? «Oh no», le dijo el galeno chino: se «caelá» solo.