Humanos con correa: mi vida como un perro

Ella es mi salvoconducto para salir, así que, durante el confinamiento, mi perra y yo nos estamos igualando: vamos camino de convertirnos en una ridícula criatura mitológica

Con el contacto social reducido al mínimo, dueños y mascotas pueden ser sus únicas compañías/Foto: ©Gonzalo Pérez Mata/La Razón.

Me sacan a pasear. Porque mi perra conoce sus derechos y yo he perdido los míos, nos vamos a dar una vuelta. Las cosas antes funcionaban de otra manera. En la rutina asesina que ahora tanto echamos de menos, la que se sentaba a mirar fijamente esperando su momento era ella. Ahora soy yo quien mueve el rabo. Y ya no arrastro los pies.

Nos vamos a la calle y, por alguna extraña razón, ya no elijo la ruta. Ella manda y no me importa caminar sin rumbo, siguiendo un rastro invisible en zigzag por la acera con el celo de la policía científica. Antes, se me llevaban los demonios. Ahora, guau, mira, ahí sigue ese medio limón podrido. Y hacemos paseos vagabundos, en espiral, muchos francamente absurdos porque, en parte, es como si hubiéramos perdido un propósito que, ahora sabemos, no era más que la prisa.

He descubierto que, en mi obsesión por luchar contra el reloj, había fijado rutas para calmar mi ansiedad, para saber que el camino terminaba en tres, dos o la siguiente calle. Que nuestros pasos estaban escritos y que enseguida podría pasar a la siguiente cosa, en la que ya estaba pensando antes de terminar el paseo. Hay que aclarar, para los que piensan que los dueños de perros son unos privilegiados, que el paseo es siempre un verdadero incordio, un sacrificio, una tortura malaya.

Pero ahora el tiempo es líquido. Así que nos asomamos al apocalipsis de nuestro barrio, al silencio y al vacío a horas en las que los semáforos no regulan ningún tráfico y contemplamos con la misma desazón los parques cerrados. Bueno, el que ve el apocalipsis soy yo. A ella solamente le fastidia lo de los parques.

Telepatía

Así se está produciendo un efecto igualador entre mi perra y yo. En la calle, dudo de quién pasea a quién; en casa, salimos juntos cuando sus derechos lo permiten. Ella es mi salvoconducto. Joder, la entiendo mejor que nunca. Aunque ya sentía antes la amargura del abandono y su mirada mamífera reprochando mis ausencias, ahora entiendo mejor qué se siente cuando alguien te ha cerrado la puerta por fuera. Aunque no sea literalmnte.

Como no tenemos contacto con ningún ser humano, estamos solos en el mundo y nos vamos a convertir en una ridícula criatura mitológica. Aunque ella, que es un bulldog francés, ya es en sí misma dos seres en uno, mitad fiera, mitad payaso. Sin embargo, he notado, tres semansa de aislamiento después, que me mira más de lo habitual. Parece que yo he fastidiado en algo su espacio vital, sus rutinas, que se resumen en una siesta que dura una jornada laboral. Sé que la pongo nerviosa con mi ir y venir, con el tecladito del ordenador, preparándome otro café.

Quizá convenga aclarar que con un perro se desarrolla la telepatía, por eso lo sé. Nosotros les hablamos, por supuesto, les pegamos unos discursos que ni Fidel Castro y es algo difícil de explicar a los que no conviven con un perro. Ella me mira fijamente y sé lo que quiere. Tampoco hace falta ser Aramis Fuster, porque se trata de una de las cuatro cosas básicas: comer, salir, jugar, rascar. Pero, se lo crean o no, los perros tienen días raros, que no están de humor. Cuando alguien me decía hace unos años que un chucho tiene psicología yo devolvía la mirada del que negocia con terraplanistas.

Pues en esta cuarentena orwelliana o en este experimento sociológico, que diría Mercedes Milá, el equilibrio de nuestros estados de ánimo ha pasado por fases delicadas, especialmente cuando en el mes de abril el invierno nos pilla con la calefacción apagada. Por lo general, cuando salimos a la calle, ella es perfectamente antisocial con su especie, es decir, está fabricada a la medida de mi misantropía.

Sin embargo, ahora le ha dado por buscar el contacto animal, por reconocerse en esta grave confusión que sufrimos los dos. Y en esas te pone en un brete, porque donde antes saludabas al otro humano, mantenías una charla intrascendente y compartías las edades de las criaturas, ahora levantas las cejas y tiras de la correa como si tuvieras el pollo en el horno. No todo han sido malos momentos.

El otro día salimos a las ocho de la tarde y mi perra pensó que nos estaban felicitando. Aceleró el paso, gallarda y saltarina, dando por sentado que los aplausos eran por nosotros. No le dije la verdad porque es muy terca. A ver quién le saca de la cabeza que el barrio entero no estaba apreciando su curvilínea figura. Ya que estamos aquí, también vamos a confesar que nos hemos saltado la ley y nos ponemos a disposición de las autoridades.

Alguna noche de lluvia y frío, mi socia y yo hemos estirado las patas hasta media hora, qué demonios. Sin embargo, en todo momento hemos mantenido el distanciamiento social a rajatabla. Ningún ser humano ha sido herido en la realización de este reportaje.