La pandemia dejará esta semana un millón de muertos en el mundo

El mundo ha atacado al coronavirus como a una pandemia más. Pero no lo era. Las consecuencias del error se contarán, desde esta semana, por encima del millón

A lo largo de las próximas horas, es probable que ya se produzca el primer millón de muertes por Covid-19 en el mundo. Un millón de muertos. Es una cifra simbólica, un aldabonazo en las conciencias, un triste hito en la contabilidad de cualquier catástrofe. En apenas nueves meses, hay pocas desgracias de origen natural que provoquen esta mortandad salvo la vida misma. Ningún tsunami, ningún terremoto, ninguna riada… Solo las guerras, la vejez y algunos virus como este están en la lista de asesinos de millones de almas en lo que va de cualquier enero a cualquier octubre de cualquier año.

Es probable, además, que la cifra sea mayor aún y que realmente haga semanas que ya se produjo la ominosa cima del muerto un millón. Según el director del Grupo de Investigaciones sobre la Carga Global de Enfermedades de la Universidad de Melbourne, Alan López, el número real de fallecidos por Covid-19 puede estar ya cerca de 1.800.000. Muy lejos queda aquel 9 de enero de 2020, cuando las autoridades sanitarias chinas reconocieron el fallecimiento de un hombre de 61 años de edad en Wuhan a causa de un nuevo virus respiratorio: la primera víctima mortal del planeta provocada por el SARS-CoV2.

Ese mismo día, la revista NewScientist publicaba un artículo que apenas llamó la atención: «Una misteriosa enfermedad en China parece estar causada por un nuevo virus».

Desde entonces, según los datos oficiales, 33 millones de personas han sido contagiadas por aquel patógeno novedoso. 10 millones en Asia, 8 millones en América Latina y Caribe, 8,5 millones en Estados Unidos y Canadá, 4,5 millones en Europa. 1,5 millones en África… ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

«Realmente nadie lo sabe», ha declarado la epidemióloga estadounidense Catherine Troisi desde el Centro de Ciencias de la Salud de Houston. «El virus nos sorprendió a todos en todos los frentes. Y volverá a sorprendernos», asegura.

A pesar de las previsiones iniciales que auguraban una disminución paulatina de la incidencia en los meses de verano del hemisferio norte, hoy hay 73 países en el mundo que experimentan segundas olas tan preocupantes como la primera. En solo un mes India ha registrado un millón de nuevos contagios.

La Europa que parecía aliviada con la contención de la curva en primavera ve cómo varios de sus países capitales sucumben de nuevo al terremoto. El director regional de la OMS para Europa, Hans Kluge, acaba de hacer un llamamiento a la «coherencia» y al «esfuerzo colectivo» y, poniendo el foco en España y Francia, ha sido tajante: «Con decisión y medidas rápidas fuimos capaces de detener la primera ola. Pero el virus está siendo implacable allá donde prevalece la parcialidad y la desinformación».

En toda Europa el incremento semanal de contagios es superior al registrado en el pico de marzo. Si tuviéramos que analizar la pandemia de manera global, la verdadera «ola» es la que estamos viviendo ahora y no la de marzo y abril. Es cierto que la letalidad del virus en Europa ha bajado, pero su actividad está ahora en su pico histórico. Ocurrió lo mismo con la gripe del 18 (las sucesivas olas fueron más duras que la primera).

Y no es solo un fenómeno europeo. Israel se acaba de convertir en uno de los primeros países que impone un confinamiento por segunda vez. En Iberoamérica hay ya contabilizados 310.000 muertos. Las dos terceras partes proceden de Brasil y México. Pero la mayor parte de los países de esa región empiezan a volver a cierta normalidad sin haber contenido al virus. Carissa Ettiene, directora de la Organización de la Salud Panamericana está aterrada; «No queremos ser como Europa, si levantamos las medidas demasiado pronto, tendremos problemas».

Pero, ¿qué ha ocurrido entonces? ¿Por qué el virus ha sido capaz de sorprender a la comunidad internacional de tal manera, de saltarse todos los protocolos esperables, de resurgir de entre sus cenizas para seguir aumentando la contabilidad de contagiados y de muertos?

En palabras Richard Horton, director de la revista The Lancet, «todos hemos abordado el problema con una mirada demasiado estrecha». De su comentario se desprende una duda: ¿Y si realmente la Covid-19 no es una pandemia al uso?

Desde los primeros momentos de la crisis sanitaria, todos los recursos en la contención y la investigación se han centrado en lo que hasta ahora sabemos de las enfermedades respiratorias. Poco después de aparecer los primeros casos en China y de identificarse el código genético del virus se estableció como prioridad cortar las líneas de transmisión viral de la enfermedad. Para ello se aplicó el conocimiento más avanzado con el que cuenta la ciencia en la transmisión de virus por vías respiratorias. El ser humano lleva siglos defendiéndose contra las infecciones que se transmiten como el coronavirus. Tenemos cierta capacidad de reacción ante plagas que requieran confinamiento, medidas de higiene, uso de mascarillas, distanciamiento de los enfermos…

Pero la Covid-19 ha demostrado ser mucho más. Para Horton «no es una simple pandemia». Muy pronto se detectó que esta enfermedad en realidad es la conjunción de dos tipos de patologías: la infección respiratoria transmisible y un abanico amplio de enfermedades no transmisibles que le suceden a cada individuo como consecuencia de la infección primaria. La infección no mata, pero las reacciones posteriores (inflamatorias, inmunitarias, circulatorias…) sí pueden hacerlo.

A la luz de los datos, estas reacciones no transmisibles tienen mucho que ver con condiciones sociodemográficas del paciente. El virus no mata a todos por igual. La edad, puede que el sexo, pero sobre todo las condiciones sociales son determinantes. Mata más a población mayor en residencias, mata más en barrios humildes.

Una sindemia

La Covid no es una pandemia, es una sindemia, es decir, la suma de dos o más epidemias o grupos de enfermedades recurrentes en las que varias interacciones sirven para agravar el problema.

El concepto de sindemia se utiliza para definir a las crisis sanitarias en las que se une lo social y lo biológico. (La obesidad es más grave en las clases sociales desfavorecidas, el Sida es más difícil de controlar en países sin recursos, las enfermedades mentales suelen aflorar con más facilidad en determinados entornos sociodemográficos…). La pandemia vírica del SARS-Cov2 ha azotado al planeta en el momento en el que globalmente vivimos otras pandemias sanitarias y sociales: una prevalencia histórica de la obesidad, la diabetes y las patologías cardiacas, un envejecimiento generalizado de la población y un aumento de las disparidades para acceder a recursos sanitarios tras las últimas crisis financieras mundiales.

La Covid-19 ha encontrado el caldo de cultivo perfecto. Y puede que la comunidad médica no fuera capaz de descubrirlo al comienzo de la crisis.

La lucha brutal en primera línea de batalla se centró en el manejo de la pandemia, en el control de la parte más visible de la crisis: el contagio masivo de un virus nuevo. Pero tardamos en entender que el monstruo tenía otras muchas caras.

Otras amenazas

Uno de los efectos más relevantes del carácter sindémico de esta crisis es cómo ha afectado a la evolución de otras amenazas para la salud global. Mientras los servicios sanitarios de todo el mundo enfocan sus recursos a la detección del coronavirus se detraen esfuerzos en otras enfermedades importantes. En la última Conferencia Internacional sobre Sida, en julio, algunos expertos advirtieron de que los confinamientos, las medidas de distancia social y la pérdida de recursos estaban afectando negativamente a los programas de prevención del VIH sobre todo en los países pobres.

Un estudio del Fondo Mundial contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria ha detectado, por ejemplo, disminuciones significativas de recursos en el 85 por 100 de los servicios nacionales de atención al Sida, el 78 por 100 en el caso de la tuberculosis y el 73 por 100 en el de la malaria. El 20 por 100 de los programas contra las tres enfermedades han sido clausurados.

Según la OMS, en 2021 podríamos experimentar en África 500.000 muertes más por Sida de las esperables, por culpa de la desatención que provoca el coronavirus. «Es como retroceder 12 años en la lucha contra el VIH», se ha llegado a decir.

Un millón de muertos en el planeta por Covid es una cifra cuyo simbolismo no responde a todo lo que significa. El número de víctimas seguirá creciendo (a este ritmo podríamos alcanzar los dos millones globales en marzo de 2021, cuando recordemos el primer aniversario del estado de alarma en España).

Pero a ellos hay que sumar las víctimas derivadas del carácter sindémico de este mal. De una de las amenazas más graves a las que se ha enfrentado nuestra sociedad y a la que no supimos ver la cara a tiempo.