«En la Iglesia no tenemos el copyright de Cristo»

El sacerdote y escritor Pablo d’Ors publica «Biografía de la luz», para acercarse a Jesús de Nazaret «sin cargas teológicas ni históricas»

Pablo d'Ors, sacerdote católico y escritor
Pablo d'Ors, sacerdote católico y escritorLuis DíazLa Razón

Pablo d’Ors se pierde entre la gente por Alonso Martínez como uno de tantos. En el paso de cebra de Almagro nadie intuye que se cruza con un místico. Normal, Pablo no es de éxtasis exhibicionistas ni camina dos palmos por encima del asfalto agrietado. Más bien de la contemplación desapercibida. Difícil de adivinar esa espiritualidad discreta solo con los andares y el ocre neutro de su chaqueta. Pero en cuanto abre la boca se delata el sacerdote al que fichó el Vaticano como asesor en materia cultural. Se descubre el cura que hace siete años puso en marcha «Amigos del Desierto», una red de meditadores en la era del ruido y que hoy son más de un millar. Se revela el escritor que esta semana ha puesto en circulación «Biografía de la luz» (Galaxia Gutenberg), 576 páginas donde se detiene a saborear las escenas de la vida de Jesús de Nazaret que le atrapan en su silencio orante.

«El libro es un acercamiento al mensaje de Jesús de Nazaret en clave existencial. De hecho, lo podía haber titulado ‘Evangelio de la conciencia’, con Cristo como arquetipo del yo profundo, como plantilla desde la que leernos. Escribirlo me ha ayudado a dejar de creer que Cristo está separado de nosotros, que es distinto de nosotros, que existe sin nosotros».

Porque lo que cuenta d’Ors no es una cristología ni lo pretende. Que de eso ya se encargan otros: «He procurado olvidar todo lo que sabía sobre el Jesús histórico y teológico porque operaba para mí como una carga. He leído el Evangelio como lo leería alguien que no supiera nada y que tuviera una gran sed espiritual. Se trata de una biografía o un itinerario de nuestra propia iluminación, o al menos de su posibilidad, un mapa para atravesar nuestras oscuridades y llegar al núcleo de luz que somos».

Aunque en su exposición se cuela ahora en plural, su relato es en primera persona del singular: «No hay página que no hable de mí, que no me ponga el dedo en la llaga, que no sea un revulsivo y, al tiempo, una esperanza. Estoy asombradísimo de haberme pasado la vida entera sin apenas enterarme de qué iba esta historia».

Y ahora que lo sabe, ¿le pasaría a leer a Pedro Sánchez su ‘Biografía de la luz’? «No más que a cualquier otro político», responde. «Puestos a necesitarlo, quizá a quienes más bien podría hacerles es a los más extremistas, es decir, a Vox y a Podemos. Quien se va a un extremo, no puede quedarse allí mucho tiempo y, por la ley del péndulo, va luego al otro. La virtud está en el medio, allí encontramos la paz».

Pero no se crean que aspirar a la paz y a la luz hace de su escrito una oda a lo naïf. D’Ors habla sin tapujos del infierno. «Todos sabemos que el día empieza a abrirse cuando la noche es más oscura. O que, por decirlo en términos teológicos, Cristo asciende al cielo tras haber descendido a los infiernos», aprecia, sabedor de que acabamos siendo «muy simplistas», cuando «cruz y luz –y esa es la fe cristiana– son las dos caras de la misma medalla».

Tampoco se queda atrás en su reflexión sobre el pecado. «Existe, ¡vaya que si existe! Yo mismo soy una de sus víctimas y, por desgracia, uno de sus artífices. Cuanto más medito, más me doy cuenta de mi propia sombra y, naturalmente, de la ajena». Pero eso no le hace caer en una concepción pesimista del otro: «Cuanto más consciente me hago de mis límites, más liberado estoy. Perder la consciencia del pecado es perder también la de la gracia. Sin la oscuridad, tampoco hay luz, puesto que la luz es la oscuridad alumbrada. Quien no se reconozca pecador, además, se queda sin la experiencia más maravillosa: el perdón».

Lo asegura un tipo con un poso de pensamiento que le hace imprescindible en cualquier tertulia que huya de verdades de supermercado. Aún así, se apea del cesto de los intelectuales católicos que, dicen, escasean en el atrio de los gentiles. «No me siento realmente un intelectual –defiende–, soy más bien un escritor y un pastor, es decir, alguien a quien preocupa que las palabras de vida toquen el corazón de las personas. Por otra parte, yo casi nunca entro en los trapos de los demás, puesto que bastante atareado estoy ya limpiando los míos». Tampoco le encaja a Pablo que le encasillen como fundador de un movimiento para alejados de la Iglesia y menos aún como faquir de conversos: «Sólo me ven como un gurú quienes no me conocen. Me esfuerzo por dar a todas mis intervenciones, sea habladas o escritas, una apariencia de normalidad. ‘Amigos del desierto’ es un regalo que Dios ha hecho a la Iglesia y al mundo, no a mí. Yo sólo soy uno que pasaba por ahí». Se resta importancia, convencido de que «todos estamos llamados a la trascendencia, es decir, a ir más allá de donde nos encontramos».

A ellos, y a todos, recuerda que «la luz está tanto dentro como fuera de la Iglesia. El Espíritu sopla donde quiere y Cristo es un faro de la humanidad, no solo de los católicos. No tenemos, por fortuna, su copyright».

La fe de los descreídos

Mientras, camina por un mundo pandémico, o al menos en un continente, cada vez más ajeno al hecho religioso. «Los llamados descreídos tienen mucha más fe de la que los llamados creyentes imaginan. No resulta tan fácil establecer, además, la frontera entre quienes creen y quienes no. He encontrado profunda confianza en la vida en algunos que dicen no creer y, por contrapartida, escepticismo y desesperanza en muchos hombres de Iglesia», deja caer, sin temor a que algún que otro clérigo pueda lanzarle algún zarpazo, como ya han intentado por haber encontrado su fuente de luz en la tradición oriental del cristianismo.

«No oculto el influjo del budismo zen, escuela de meditación por la que pasé. Hoy no se puede ser religioso sin ser interreligioso: todos podemos aprender de todos, también los cristianos». Por eso, sin que le tiemble la voz, sostiene que «la práctica totalidad de quienes condenan otras tradiciones religiosas es por la sencilla razón de que las desconocen. Quien condena es un ignorante. Quien sabe, siempre abraza, integra y ama».

Y esta frase, que podría enmarcarse en tonos pastel en una estampita de flores, encierra sobredosis de realidad. Porque cuando toca hablar de papel de la fe ante la plaga del coronavirus, Pablo no se queda ensimismado en una abstracción espiritualoide. «Ante la pandemia, la primera respuesta debe ser la asistencial: visitar a los enfermos, enterrar a los muertos, acompañar a los familiares...», expone sobre la misión de los creyentes en el contexto actual.

«La segunda respuesta debe serla científica y la política: investigar con el fin de encontrar una vacuna y atender sanitariamente a la ciudadanía», añade. «Sólo en tercera instancia –remata en su alocución– se precisa también la respuesta contemplativa: un mirar hacia dentro». Y añade una moraleja que habla de la experiencia un pastor que camina delante, al lado y detrás de su rebaño: «Porque si sólo miramos hacia fuera, no pasaremos de ser pragmáticos, y eso en el mejor de los casos. Mirando dentro, en cambio, descubres la raíz del problema. Y te das cuenta, sobrecogido, que uno de esos dos millones de muertos eres tú».