La secuela “oculta” de la covid

Limitación de la actividad física, hipotensión, pérdida del conocimiento durante unos segundos, son síntomas que corresponden a un síndrome poco conocido: la disautonomía

Reportaje sobre Covid persistente
Reportaje sobre Covid persistenteJesús G. FeriaLa Razon

Lo peor que te puede pasar una vez superada la Covid-19 es que no puedas olvidarla. Y no estamos hablando solo de la parte emocional, que muchas personas experimentan como una suerte de Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) y que se manifiesta por medio de pesadillas recurrentes, ansiedad, nerviosismo y estado depresivo. Hablamos de Covid persistente o «Long Covid», un cuadro clínico que un elevado número de personas presenta tras la recuperación de la fase aguda de la enfermedad. Se trata de una serie de manifestaciones clínicas que se prolongan más allá de tres semanas e incluso meses tras el cuadro clínico original. Según las últimas investigaciones, la Covid-19 persistente afecta a un 30% de las personas entre 18 y 39 años que han pasado la infección.

Y hay un problema añadido, ya que un no desdeñable número de afectados no pueden ser representados en esta categoría por varios motivos: las pruebas diagnósticas no ofrecen resultados concluyentes y no evolucionan dentro de lo esperado con los tratamientos que sí son efectivos para otras personas con su mismo cuadro clínico. En muchas ocasiones acaban siendo derivados a Psiquiatría porque sus médicos no encuentran otra causa para su sintomatología que ansiedad o hipocondría. En concreto, en estas personas se produce una inconsistencia de los síntomas tardíos con la gravedad de la enfermedad respiratoria.

En Estados Unidos hay especialistas que llevan meses tras la pista de este fenómeno. Es el caso de Zijian Chen, director médico del Centro de Atención Post-Covid del Hospital Mont Sinaí, de Nueva York. Chen se sorprendió al descubrir que unos 1.800 pacientes en seguimiento presentaban una sintomatología similar, que incluía mezcla de fatiga, dolores de cabeza, problemas digestivos, palpitaciones cardíacas, dificultad para respirar y problemas de atención y concentración. Algo que inquietaba también a otro facultativo del centro, David Putrino, director de Innovación en Rehabilitación del mismo centro, cuya labor se centra en tratar de dar respuesta a aquellas dolencias «difíciles de medir» y que hacen sentir a los pacientes en «territorio de nadie». El magazine estadounidense «The Atlantic» detalla cómo la sospecha clínica y la observación por parte de estos facultativos les ha llevado a definir una nueva secuela de la covid: la disautonomía, un síndrome en ocasiones «mal diagnosticado y mal tratado».

Se trata de una patología en la que se produce un deterioro del funcionamiento habitual del Sistema Nervioso Autónomo (SNA), a cargo de todas las actividades involuntarias del organismo; como el SNA no puede regular correctamente situaciones como la respuesta del corazón al esfuerzo, o los cambios de temperatura, «empuja» al cuerpo a una respuesta inadecuada de lucha o huida (como ocurre en la ansiedad). En algunos casos, el organismo tiene problemas para ajustar la presión arterial o constreñir los vasos sanguíneos para enviar sangre al cerebro. Además, la sangre puede acumularse en las piernas y zonas periféricas, el corazón compensa aumentando su ritmo y el organismo libera oleadas de adrenalina en un intento infructuoso de corregir el problema. Es decir, que un cambio de postura tan aparentemente inofensivo como reclinarse en la cama puede provocar una pérdida de conocimiento de segundos de duración.

Esto es lo que le pasaba a Ángel Madrigal, de 70 años. Y es que, después de haber pasado cerca de dos meses luchando contra una infección severa por Covid-19, Ángel perdía el conocimiento cada vez que hacia un cambio de postura. «Era horrible, muy continuo. Yo no sabía qué me pasaba pero los médicos tampoco», explica. Sin embargo, su neurólogo, Sebastián García, se dejó guiar por la sospecha clínica de que, detrás de su sintomatología, se escondía una condición de disautonomia. Por ello, le realizaron pruebas específicas que confirmaron su diagnóstico. «No era nada extraño para nosotros, dado que, en Neurología, existe una gran evidencia científica que relaciona los virus con la afectación del SNA y el SNC. La disautonomía es una condición que está descrita desde hace décadas como consecuencia de infecciones virales como la mononucleosis. La hipótesis es que la afectación no la produce el virus directamente, sino la respuesta autoinmune con la que el organismo se defiende. Es decir, que son los anticuerpos los que dañan los nervios, ya sean los más grandes, motores o sensitivos, o las fibras más pequeñas del sistema autónomo, en el caso de la disautonomía», explica García.

Una hipótesis en la que coincide también Jesús Porta, vicepresidente de la Sociedad Española de Neurología (SEN). «Algo sobre lo que hay gran evidencia es que la denominada tormenta de citoquinas es la responsable de la afectación del Sistema Nervioso Central (SNC) y el SNA que puede verse en algunos pacientes. Tenemos claro que no es el virus, ya que el SARS-CoV-2 no es neurótropo, es decir, que no tiene preferencia por atacar al SNC», explica. Sin embargo, lo que sí parece es que el SARS-CoV-2 es neurotóxico y, aunque no invada el sistema nervioso, sí produce una gran afectación. Esta es la teoría con la que el equipo de Neurología del Hospital de Albacete ha puesto en marcha una investigación con el objetivo de comprobar si el problema neurológico nace en la capacidad del virus para deteriorar la barrera hematoencefálica, el modo natural de aislar y proteger al cerebro, y no de la capacidad del coronavirus para, por sí mismo, invadir y lesionar las neuronas. Para confirmar su teoría reclutarán a cien pacientes aquejados de Covid-19 persistente y examinarán su líquido cefalorraquídeo buscando biomarcadores que puedan demostrar si existe activo un proceso de inflamación, de neuro-degeneración o de ruptura de la barrera hematoencefálica.

Rehabilitación y fármacos

La gran pregunta es qué se puede hacer por estos pacientes. En Estados Unidos, los doctores Chen y Putrino dieron con la pieza perdida del rompecabezas: la respiración. Estos especialistas se dieron cuenta de que, incluso en los casos leves, las personas con sintomatología persistente presentaban un patrón respiratorio atípico (respiraban superficialmente a través de la boca y de la parte superior del pecho). Por ello, pusieron en marcha un programa de recuperación multidisciplinar en su hospital donde empezaron a abordar los síntomas dispares de los pacientes con cambios en la dieta, técnicas de manejo del estrés y rehabilitación personalizada. Además, introdujeron un programa de respiración basado en la ciencia para tratar de restaurar los patrones respiratorios en los pacientes más enfermos.

En España, actualmente los pacientes con disautonomía son tratados con terapia farmacológica (corticoides y fármacos hipertensores). «El empleo de fludrocortisona o midodrina con el objeto de aumentar la tensión arterial mejora la respuesta a estos cuadros específicos de hipotensión», señala García. Efectivamente, Ángel se ha podido recuperar gracias a este tratamiento. «Ya no ha vuelto a sufrir bajadas de tensión. Además, ha mejorado mucho en la movilidad, ya recorre solo tramos intermedios», cuenta su mujer, esperanzada.

Por otro lado, la vía de la rehabilitación empieza a abrirse camino en algunos centros. Es el caso del Hospital de Mataró, donde han realizado un estudio con pacientes con disnea y fatiga post-Covid-19 que ha mostrado que las sesiones de rehabilitación logran una mejoría del 40% en su capacidad de movimiento, mejoran el 20% su eficiencia ventilatoria e incrementan un 18% su capacidad de consumir oxígeno.