Reportaje de 24h en la vida de una enfermera. Acompañamos a Virginia Espinosa en uno de sus días en los que desarrolla su profesión como enfermera de Urgencias del Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda. Seguimos sus paso desde su domicilio al trabajo y la vuelta a casa. 
"Pixelar pacientes hospital".
Reportaje de 24h en la vida de una enfermera. Acompañamos a Virginia Espinosa en uno de sus días en los que desarrolla su profesión como enfermera de Urgencias del Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda. Seguimos sus paso desde su domicilio al trabajo y la vuelta a casa. "Pixelar pacientes hospital".Jesús Gómez Feria

Los dilemas éticos que quitan el sueño a los médicos

Cinco doctores del Hospital de La Princesa atienden los conflictos morales de sus colegas 24 horas los siete días de la semana

El cirujano jefe del Ejército de Napoleón fue el primero en utilizar el término triaje en Medicina. Del francés «trier» (que significa separar, cribar), Dominique-Jean Larrey ideó un método de clasificación de los heridos en el campo de batalla muy disruptivo para finales del siglo XVIII. No primaban ni la clase social ni el escalafón; lo que mandaba a la hora de priorizar la atención era la gravedad. Durante este año largo de pandemia, hemos oído hablar de manera recurrente del triaje como un método empleado en los servicios de Urgencias para decidir, a fin de cuentas, quién vive o muere. Una decisión terrible que ha recaído en un personal sanitario acostumbrado a elecciones difíciles, sí, pero nunca tantas, ni al mismo tiempo, ni en una situación tan volátil que cambiaba a cada hora.

No es difícil ponerse en los zapatos de estos profesionales agotados, que vuelven a casa cada noche con la cabeza llena de imágenes y el corazón encogido por las decisiones que han tomado. Pero en medio del desvelo, los sanitarios del Hospital La Princesa han contado, al otro lado del “busca”, con cinco compañeros prestos a escuchar sus dilemas éticos y a tratar de calmar su ansiedad. Son una unidad pionera en España, un batallón de profesionales que, desde 2019, como si adivinaran lo que se nos venía encima, han sumado a sus responsabilidades clínicas la tarea de resolver situaciones en las que chocan sistemas de valores distintos.

Sentados en torno a una mesa de un despacho del hospital, cuatro de ellos (falta Íñigo García, cirujano, que está en quirófano) desgranan su motivación para hacer un esfuerzo extra, otro más, en este servicio de Interconsulta en Ética Clínica. Todos ellos tienen en mente los casos que más les marcaron, antes y después de la irrupción de la Covid-19, y la voz de colegas agobiados (por ahora, solo atienden a sanitarios) que recurrieron a ellos para salir del atolladero que a veces supone el ejercicio de la Medicina.

El internista Diego Real de Asúa abre fuego: «Tengo un caso concreto en mente. Una familia rechazó el tratamiento para un paciente joven que había sufrido una hemorragia cerebral y que no podía decidir por sí mismo. Eso generó mucha angustia en el médico, no porque dudara de las buenas intenciones de los parientes, sino porque era muy pronto para pensar en desconectar el ventilador, solo habían pasado un par de días». El trabajo de este grupo consiste en reunirse primero con el sanitario y después con la familia para asegurarse de que han comprendido bien las consecuencias de la decisión. Tratan de entender qué se esconde detrás de una situación que, a simple vista, se da de bruces con la razón.

El equipo de consultores del Comité de Ética del Hospital de La Princesa tras una de sus reuniones semanales
El equipo de consultores del Comité de Ética del Hospital de La Princesa tras una de sus reuniones semanalesRuben MóndeloLa Razón

Real de Asúa explica que este modelo adoptado del mundo anglosajón «nos permite ir atendiendo los problemas a medida que surgen en lugar de esperar. Nos vamos turnando para que el profesional nos pueda contactar por teléfono en tiempo real». Este servicio instantáneo resulta a todas luces más operativo que el tradicional comité de ética (al que esta unidad también rinde cuentas) compuesto por una veintena de miembros y que se reúne una vez al mes.

La casuística a la que se enfrentan es tan amplia como la misma vida. Personas que rechazan la quimioterapia o la hemodiálisis que podrían salvarlas de la muerte, pacientes con coronavirus que se niegan al coma inducido aunque es su única opción, testigos de Jehová que no admiten transfusiones de sangre en la cirugía... Resulta esclarecedor escuchar a estos profesionales cuando afirman que, detrás del rechazo a un tratamiento, suele haber algo más. Que casi siempre nada es lo que parece.

Recuerdan el caso de una señora que se negaba a que le cortaran una pierna, algo difícil de entender porque sería lo único que la mantendría con vida. Después de varias indagaciones, llegaron a la conclusión de que subyacía un miedo atroz a ser trasladada a una residencia si dejaba de ser autosuficiente por la amputación. O el de aquella mujer que no aceptaba que le extirparan los ganglios afectados de la axila en un proceso oncológico. Pronto entendieron que ese era el brazo con el que se apoyaba en la barandilla para subir a su piso, situado en la tercera planta de un edificio sin ascensor.

Algunas veces las recomendaciones no vinculantes de estos guardianes de la ética pasan por arreglos que implican a los servicios sociales o, simplemente, prescriben una mejor comunicación entre enfermo y doctor. Tal y como explica Fernando Casals, de Aparato Digestivo, para que la mediación dé sus frutos «no tienen que identificarnos como del lado médico del conflicto; por eso solemos entrar sin la bata a hablar con el paciente. En ese momento somos neutrales».

Antes de poner en marcha esta particular «task force», hicieron una serie de encuestas entre los compañeros para ver cuáles eran las necesidades que debían cubrir. Se dieron cuenta de que la interconsulta que ellos han arrancado hace menos de dos años funcionaba de manera orgánica entre los profesionales. Cuando los médicos tienen algún dilema que les quita el sueño lo que hacen es hablar con otros médicos. «Compartirlo es la única forma de sobrellevarlo y por eso funciona esta consulta. Recuerdo la llamada angustiada de un compañero en mitad de la madrugada porque un paciente con Covid rechazaba ser intubado. Al parecer, no veía cuál era la ganancia respecto a los riesgos», asegura Casals. La simple charla calmó el ánimo de su interlocutor.

Julia Fernández lleva más de dos décadas ayudando a los pacientes en el trance de la muerte. Destaca que esta pandemia lo ha hecho «especialmente duro» porque ha sacado de la ecuación a las familias, un factor clave del buen morir. Ella está convencida de la oportunidad de esta unidad que «trata de lesionar lo menos posible el sistema de valores de los implicados y para el que no sirven los dogmáticos porque entras en contacto con personas que están en las antípodas de tus propias creencias». Por el momento, este club de cinco magníficos no cuenta con dotación presupuestaria, ni tiempo extra dentro de su jornada laboral. Será el siguiente paso, pero, por el momento, sacan ratos de donde no tienen para mantener su segundo «busca» encendido.