El «pater» de la familia más numerosa del Amazonas

El misionero bilbaíno Ignacio Doñoro está al frente del Hogar Nazaret, que acoge a más de 300 niños peruanos en vulnerabilidad

Doñoro fue capellán castrense en Bosnia y Kosovo, y en la comandancia de la Guardia Civil de Intxaurrondo
Doñoro fue capellán castrense en Bosnia y Kosovo, y en la comandancia de la Guardia Civil de Intxaurrondo

El día que uno de los chavales le llamó papá, le desconcertó. No supo cómo reaccionar. «Fue una bebé que recogí con dos meses y que no había conocido ni a su padre ni a su madre. Es la primera palabra que dijo y más adelante le tuve que explicar la verdad». Hoy de poco sirven los argumentos. Para los menores del Hogar Nazaret ubicado en el Amazonas peruano, Ignacio María Doñoro de los Ríos es su «papá». El misionero, ahora sí, lo acoge como un regalo: «Cuando decides ser sacerdote, optas por el celibato, por una entrega total a Dios. Él me ha traído hasta aquí y asumo esta paternidad, que es mucho más profunda que una biológica. Nace del sueño de crear hombres y mujeres capaces de amar y ser amados».

Así se explica este padre de familia numerosa de 57 años. O «pater», porque antes fue capellán castrense en Bosnia y Kosovo, pero también en la Comandancia de la Guardia Civil de Intxaurrondo. Hasta llegar a la región peruana de San Martín, Doñoro ya contaba con la experiencia de abrir casas para niños y jóvenes con dificultades en Tánger, Mozambique, Colombia y el Salvador. Ahora, el epicentro de su acción está en el Hogar Nazaret, que cuenta con seis casas, escuela de fútbol incluida, donde crecen más de 300 niños en situación de vulnerabilidad.

«No me siento cómodo hablando de cifras, porque podría parecer que estás tratándoles precisamente como un número. Un padre nunca hablaría así de sus hijos, cada uno tiene un rostro y un nombre. Cada hijo de esta casa es único, necesario e indispensable», apunta el presbítero. Este punto de partida es el que le lleve a romper con el imaginario del orfanato. «El Hogar de Nazaret se constituye desde y para el corazón de Cristo, porque, cuando atendemos a los últimos, a los desterrados, a los que nadie quiere, estamos atendiendo a Jesús. Esto es una familia. Es más, diría que es una familia sobrenatural, conformada por el Amor de Dios», explica desde una definición más bien tirando a teológica, que aterriza en lo concreto: «Contamos con un protocolo muy exigente para la recuperación de cada niño. Porque, en muchos de los casos, llegan completamente rotos y no vas a poder curar la enfermedad o la discapacidad con la que llegan, pero sí les puedes enseñar a vivir con dignidad, a abrazar el trauma», relata.

Desde ahí vincula lo humano y lo trascendental: «Nosotros ponemos los medios y nuestro ser y, la otra gran parte, es el milagro que Dios hace en cada uno». ¿La prueba del algodón de que las cosas marchan con cualquiera de los chavales que llevan un tiempo en Nazaret? «Es fácil, cuando te dicen: ‘Somos recontra felices, papá’». Tal es la labor que realiza este misionero bilbaíno que en enero recibió el Premio CEU Ángel Herrera a la Solidaridad y, sin buscarlo, se ha convertido en candidato al Princesa de Asturias a la Concordia.

El Hogar Nazaret no busca ser punto de destino, sino más bien de partida desde una acogida transitoria: «Los niños nacen de los árboles, tienen sus familias, aunque vengan de situaciones realmente complicadas. Por eso buscamos que en la medida de lo posible puedan volver, reintegrarse, pero, sobre todo, darles las herramientas para que puedan tener el futuro que se merecen», relata. «A la vez que damos calor a los menores, trabajamos con sus madres y abuelas. De poco sirve que hayas logrado salvar a un bebé que su madre se sentía abocada a abortarle, si luego no trabajas con esta mujer para que no vuelva a verse en la misma coyuntura y, a la vez, pueda mantener los lazos con su hijo».

Es así como este proyecto integral le ha permitido a Ignacio ver cómo algunos de los recién nacidos que tuvo entre sus brazos hoy tienen un trabajo, o se han casado a pesar de no haber tenido un referente familiar estructurado. «Incluso alguno ha llegado a la universidad, cuando no tenían nada a su favor para poder estudiar», expone orgulloso sobre el ambiente creado en el centro: «Los mayores ejercen de hermanos, tutores y acompañantes de los que van creciendo, sumiendo responsabilidades y creando vínculos. Son ellos los que marcan el espíritu de familia y van copiando comportamientos que les ayudan a crecer y madurar».

Cuando irrumpió la pandemia en Perú, el padre Doñoro admite que se quedó «paralizado», porque «el confinamiento fue de un día para otro e improvisamos una cuarentena que en nuestro caso ha durado meses, mientras veíamos que a nuestro alrededor moría mucha gente porque no había acceso ni a los hospitales ni al oxígeno». «Aparentemente solo había hueco para la resignación –recuerda–, pero desde ahí tuve claro que me tocaba jugar el mismo papel del padre de ‘La vida es bella’ y no podía permitirme que a los niños les llegara la pesadumbre que se estaba viviendo fuera», comparte el sacerdote.

Echando la vista atrás, confiesa que «ha sido el mejor año para el hogar»: «Me da vergüenza expresarlo así teniendo en cuenta el sufrimiento que ha causado el coronavirus, pero es cierto que, en nuestro caso, hemos recibido más ayudas que nunca». De hecho, las donaciones le han permitido comprar una propiedad de unas 70 hectáreas para poner en marcha una explotación agropecuaria para autoabastecerse y obtener ingresos de los excedentes. También ha sido un tiempo de estar en contacto con los niños, de una mayor oración personal y de reflexión para escribir «El fuego de María» (Nueva Era), el libro en el que relata todo lo vivido en estos años.