Inmunizados a medias en el mundo real por la menor efectividad de las vacunas

Los datos demuestran que su utilidad es menos de la prometida por las farmacéuticas tras los ensayos clínicos.

Imagen aérea de Gran Vía
Imagen aérea de Gran VíaJesús G. FeriaLa Razon

Como quien no quiere la cosa ya llevamos medio año inoculando vacunas contra la covid-19 en los brazos de millones de ciudadanos del planeta. El 8 de diciembre de 2020, a las 6:30 de la mañana en el Reino Unido, la nonagenaria Margaret Keenan se convirtió en el primer ser humano vacunado contra la enfermedad fuera de los ensayos clínicos. Hoy hay cientos de millones de personas como ella. En aquel entonces, todo lo que sabíamos de la vacunación frente al coronavirus procedía de los datos esperanzadores obtenidos en ensayos clínicos controlados, con voluntarios sanos bien seleccionados y vacunados en condiciones de laboratorio. Siete meses y 1.700 millones de dosis después, ¿qué sabemos de la efectividad de la terapia? Los resultados de laboratorio fueron realmente espectaculares, con grados de protección contra las formas más graves de la enfermedad superiores al 90 por 100 en la mayoría de los sueros. En la vida real, ¿los datos siguen siendo tan demoledores?

Para responder a esta pregunta no contamos todavía con muchas herramientas. Es obvio que la evidencia del día a día nos confirma que la vacuna está funcionando excepcionalmente bien. De hecho, en todos los países la curva de enfermos graves, hospitalizados y muertes está desacoplándose de la curva de contagios. Esto quiere decir que, aunque los contagios aumenten como está ocurriendo en la quinta ola, las muertes y los casos graves descienden o se estabilizan. Todo lo contrario ocurrió en las olas previas, en las que las curvas de contagio y de severidad del mal iban al unísono.

Pero las investigaciones sobre el terreno con datos objetivos publicados sobre el porcentaje de protección de la vacuna se cuentan aún con los dedos de una mano. En el mundo real la efectividad de una vacuna puede verse afectada por muchos motivos: inserción de nuevos grupos de edad no testados en los ensayos, aparición de nuevas variantes del virus, condiciones meteorológicas dispares, concurrencia de otras enfermedades, mala administración de los sueros… Y es importante ahora saber si en el caso de la covid está ocurriendo algo similar. Entre otras cosas, porque el cálculo del umbral de inmunidad de grupo depende de la efectividad real y no tanto de la eficacia mostrada en los ensayos clínicos.

Hay alrededor de cinco estudios internacionales que pretenden dar respuesta a esta pregunta. El último de ellos ha sido publicado esta misma semana en la plataforma BioRxiv que, no conviene olvidarlo, es un site de prepublicaciones científicas que aún no han sido revisadas por una publicación oficialmente. Se trata de una comparación de la capacidad de neutralización de las vacunas de ARNm (como Pfizer y Moderna) y Adenovirus (como Janssen) frente a nuevas variantes del coronavirus. El trabajo, llevado a cabo por científicos del Instituto Grossman de Nueva York, demuestra que las vacunas de ARNm muestran un descenso muy modesto de eficacia frente a las nuevas variantes Delta + y Lambda. Se considera que en el mundo real estas vacunas presentan prácticamente la misma eficacia que en los ensayos. Pero la vacuna de Janssen experimenta un descenso considerable de la efectividad frente a las nuevas variantes. De hecho, un informe de la Univeridad de Nueva York señala que los vacunados con este producto de una sola dosis podrían requerir un refuerzo con vacunas de ARN mensajero como las de Pfizer y Moderna. El dato es consistente con otras informaciones anteriores que mostraban que la vacuna de AstraZeneca (que también es de tecnología de vector de adenovirus) al administrarse en una sola dosis mostraba solo un 33 por 100 de eficacia frente a la variante Delta. A la luz de este estudio pendiente de validación, podría intuirse que la doble pauta de vacunación en el mundo real presenta garantías de protección similares a los ensayos, pero la pauta sencilla deja bastante que desear. ¿Es eso cierto?

Otro estudio también prepublicado, en este caso por científicos británicos, ha analizado el resultado de la vacunación real entre el 5 de abril y el 6 de mayo. Los datos son claros. La vacuna de Pfizer muestra un 88 por 100 de protección frente a síntomas de la variante Delta dos semanas después de la segunda dosis, comparado con el 93 por 100 mostrada frente a anteriores variantes. La pauta completa de AstraZeneca ofrece una protección del 60 por 100 comparada con el 66 por 100 de las anteriores variantes.

Las dos vacunas han demostrado que, con una sola dosis, protegen de la enfermedad sintomática solo en el 33 por 100 de los casos de Delta, comparado con el 50 por 100 de las anteriores variantes.

Estos datos demuestran que, efectivamente, la vacunación real está confiriendo una protección algo menor de la establecida en los ensayos clínicos. Pero el descenso en el caso de la doble pauta no es en absoluto preocupante. Sí es significativo si solo se pone una dosis de cualquiera de las vacunas.

Los autores del trabajo advierten que en el caso de Astra hay que tener en cuenta que la segunda dosis se retrasó considerablemente en muchos países, como España. Se trata de un ejemplo de cómo factores que solo afloran en la vida real pueden alterar la eficacia de una vacuna demostrada en ensayos clínicos.

Según una publicación del «Medical Journal of Australia», cuatro países de momento han desarrollado estudios de eficacia de la vacuna en el mundo real (Israel, Estados Unidos, Suecia y Reino Unido). Solo dos de esos estudios han sido revisados y publicados oficialmente. De todos ellos se desprende que las vacunas siguen siendo tremendamente eficaces para evitar la enfermedad grave y la muerte, aunque los porcentajes de protección sean menores que en los ensayos.

Uno de los trabajos publicados en «Annals of Internals Medicine» muestra con solvencia la situación en la que nos encontramos. Ante la aparición de síntomas (incluyendo los provocados por la Delta) la de Pfizer muestra entre un 79 y un 88 por 100 de protección; la de Moderna un 72 por 100, y la de AstraZeneca entre el 60 y el 67 por 100. Todo ello en doble dosis. La protección frente a la hospitalización y la muerte es del 96 por 100 para Pfizer, el 96 por 100 para Moderna y el 92 por 100 para AstraZeneca.

La respuesta parece que empieza aclararse, en el mundo real las vacunas son algo menos efectivas que en laboratorio. Pero la pérdida de protección no es tan significativa como para estar preocupados. De hecho la capacidad de evitar los casos graves o mortales es aún inmensa (quizás no tanto la de evitar el contagio leve). Solo si se administra una sola dosis (habrá que ver cómo evolucionan los estudios en el caso Janssen) el descenso en la efectividad de la terapia es significativo.