Daños económicos

Lucha contra reloj en las plataneras: negro sobre verde

Los agricultores, que no pueden usar el riego, tratan de salvar una cosecha que cobrarán a muy bajo precio por la fruta dañada

Dos agricultores llenos de ceniza, después de recoger las piñas de plátanos con la `podona´, una especie de hoz,
Dos agricultores llenos de ceniza, después de recoger las piñas de plátanos con la `podona´, una especie de hoz,Kike RincónEuropa Press

«En mis 80 años he visto tres volcanes, pero ninguno ha sido tan tremendo como este, tan terrible». Son las palabras de Francisco Gómez Acosta, un platanero de Tazacorte de 80 años de edad. Ha pasado casi toda su vida entre la platanera que le permitió construir dos casas llenas de recuerdos, ahora sepultadas por el volcán, a su paso por el desaparecido barrio de Todoque. Allí también quedó enterrada, bajo toneladas de piroclastos y ceniza, una de sus fincas, en la que trabajó «toda la vida», mientras reza por salvar «la única que me queda», con una cosecha que cobrará a muy bajo precio por los daños.

Sin sistemas de riego

Las explotaciones que no han sido enterradas por la lava, en la zona más productiva de la isla y con plátanos de una calidad que permite mejores precios en el mercado nacional y europeo, no cuentan ahora con un sistema de riego estable, afectado por la colada volcánica.

La conexión de agua con la costa, que hasta la erupción del volcán daba cobertura a cientos de hectáreas de platanera en un paisaje verde que bordea el litoral oeste, ha quedado inutilizada. Las millonarias obras de riego y las de ingeniería, junto a otras para recuperar los accesos directos a las fincas, son una incógnita. «Las ayudas no sé si llegarán, pero tengo pocas esperanzas. Las de los incendios en Fuencaliente (en 2016 y con más de 4.000 hectáreas arrasadas) no han llegado a todos», recuerda Francisco.

Confiesa que no sabe qué va a ser de su vida, pero segundos parece rearmarse tras un profundo suspiro. Baja la vista hacia sus manos, cuarteadas y oscuras por la ceniza del volcán aún sin nombre. «Me queda una finca y de eso vamos a vivir». Hay rotundidad en sus palabras, una firmeza casi retadora en boca del octogenario mientras al fondo, el cráter ruge altivo bajo una columna de humo y cenizas de más de 4.000 metros de altura.

Fincas incomunicadas

La desolación no es propia de los plataneros en La Palma. Francisco Garlaz, con un finca incomunicada por la colada de lava que ha arrasado 25 kilómetros de carreteras, detalla para este periódico «la capacidad de lucha que tenemos que demostrar ahora más que nunca». Cree en el futuro, en levantarse y seguir porque «no hay otra alternativa más que trabajar: trabajar unidos y pedir no solo que vengan las ayudas, que se cumpla todo lo que nos han dicho los políticos y los representantes de tantas administraciones que han venido a La Palma con la erupción. Necesitamos que la ingeniería nos dé soluciones para regar, para poner de nuevo muchas fincas en producción; no hay otra solución que estar unidos. Si es posible construir oleoductos para llevar agua al desierto en otras partes del mundo, en La Palma y ante este desastre, también debe ser posible».

Garlaz, que fundó «Platanológico», una finca de plátanos ecológicos que sobrevivía sin sulfatos gracias al propio ecosistema que ha creado para ello, explica que «esto es terrible para los que tienen su fincas bajo una losa de 15 metros de basalto, en mucha menor medida para los que nos hemos quedado con los cultivos aislados». «Mi cosecha está perdida totalmente», dice.

También advierte que «si no regamos la platanera que nos queda en unos días, perderemos las plantaciones, y si eso ocurre habría que resembrar, pero tampoco hay plantas suficientes para hacerlo». Además, él no solo cultivaba plátanos de forma sostenible en Puerto Naos, sino que hacía tours por la finca a turistas para explicar su sistema de cultivo.

«Muchos emigrarán»

El empresario augura que «algunos de los agricultores que lo han perdido todo emigrarán, por eso es tan importante que ayudemos a que no se sigan cobrando los impuestos, las cuotas de los autónomos, muchos han perdido las fincas y las herramientas». Garlaz insiste en que «igual que en otros lugares se hacen oleoductos para llevar agua al desierto; aquí se puede hacer lo mismo y salvar lo que nos queda».

Habla de pena y desolación, de una desesperación difícil de gestionar y expresa el deseo generalizado y perentorio de los damnificados por el volcán. «Espero que los políticos se pongan las pilas; hace 11 años con un gran incendio en La Palma prometieron ayudas y aún siguen sin llegar todas. La reconstrucción de este desastre durará años, quizá decenios». Ese es el temor de muchos de los afectados. En medio de la platanera, apenas a cinco kilómetros del cráter del volcán, los afectos hablan de zonas fértiles construidas «con barrenos, con las manos cargando piedra, llenando de tierra fértil que muchos palmeros colocaron sobre el malpaís». Ahora negro sobre verde. El volcán.