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Cazadores de huellas

Realiza cerca de un centenar de inspecciones al mes. No solo actúan en asesinatos, también acuden en casos de secuestros, incendios, alunizajes y suicidios.

  • Dos agentes acuden a la escena de un homicidio en un bar. Foto: Luis Díaz
    Dos agentes acuden a la escena de un homicidio en un bar. Foto: Luis Díaz

Tiempo de lectura 5 min.

10 de junio de 2019. 07:32h

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Laura L. Álvarez Madrid. 10/6/2019

Aunque están un poco cansados de que les llamen el «CSI español», admiten que gran parte de su trabajo se conoce gracias a la serie de televisión que giraba en torno a un laboratorio de criminalística de Las Vegas. Pero el popularmente conocido como DEVI, Grupo de Delitos Violentos de la Brigada Provincial de Policía Científica de Madrid, uno de los cuerpos policiales más prestigiosos, va mucho más allá de resolver crimenes sangrientos. Algunos se sorprenderían al saber que estos agentes no solo acuden a realizar inspecciones oculares en homicidios o agresiones sexuales: su «catálogo» de especialidades es bien amplio y también tienen que desplazarse al lugar cuando se producen lesiones, secuestros, explosiones, suicidios, hallazgos de cadáveres que no sean españoles identificados, alunizajes, butrones o atracos con armas de fuego en toda la Comunidad de Madrid. Es decir, que un equipo de estos agentes, formado normalmente por tres funcionarios, salen a diario a la calle. «Al mes, haremos noventa y pico salidas», sostiene Joaquín Carrasco, el responsable de la unidad.

El «cuartel general» del DEVI está en el complejo policial de Moratalaz. En un pequeño despacho trabajan 14 policías, un inspector y el jefe de grupo en turnos de mañana, tarde y noche. Carrasco explica cómo se ponen en marcha: «Normalmente nos avisan desde la Sala del 091 y, según el caso para el que se nos requiera, llevamos las herramientas necesarias». La furgoneta en la que suelen trasladarse es un mini laboratorio, un almacén con todo lo necesario: focos por si hay que trabajar en un escenario durante la noche, el maletín específico para incendios con detectores de acelerantes, el famoso «luminol» para detectar rastros de sangre aunque la superficie se haya lavado... Siempre los últimos avances científicos que ayuden a esclarecer investigaciones policiales.

Lo primero que hacen estos hombres al llegar al lugar del suceso es ponerse el mono y las calzas para no contaminar la escena y empezar a trabajar. «Solemos ir en grupos de tres porque uno toma fotografías, otro recoge muestras y el tercero apunta lo que se va tomando», explica Carrasco, que tiene una amplia trayectoria en la Policía Científica y le ha tocado estar en casos tan variopintos como el del registro de la «vivienda de los horrores» del pederasta de Ciudad Lineal o la muerte de Rita Barberá en el hotel Villa Real de Madrid.

Protocolo estricto

Los agentes no pueden comenzar a trabajar hasta que no llegue la comisión judicial si se trata, por ejemplo, de un homicidio o el registro de una vivienda. Explican que «todo está muy protocolizado» y no dejan nada a la improvisación. Y es que hay que recordar que todo lo que hacen estos agentes puede ser puesto en tela de juicio, ya que es habitual que tengan que ir a declarar en un juzgado para explicar su trabajo. Los abogados defensores del presunto sospechoso se agarrarán a cualquier fallo, cualquier imprecisión en su trabajo para tirar por tierra las pruebas obtenidas por estos agentes de Científica, porque son las más valiosas al tratarse de pruebas indubitadas (la sangre, el ADN o las huellas en un determinado lugar dejan poco margen de maniobra a los abogados). Así, cualquier error en la cadena de custodia o cualquier vestigio que haya podido ser contaminado invalidaría, ya no todo su trabajo, sino el del resto de los investigadores para perjuicio, principalmente, de la víctima.

A estos agentes del «CSI español» no se les escapa una y es muy improbable pillarles en un renuncio precisamente por la experiencia que les avala y que les ha llevado incluso a dar charlas en el extranjero a otros policías.

Al trasladarse al lugar de un crimen, los agentes de Seguridad Ciudadana que han llegado previamente ya han acotado la escena. Los del DEVI, una vez ataviados con todo lo necesario, realizan un reportaje fotográfico y de vídeo y «procesan» la escena, según explica Carrasco. «Se buscan huellas, vestigios que sean de interés para la investigación y no todo lo que pueda haber en el lugar».

El proceso es el siguiente: se señaliza el lugar donde se encontró el vestigio (los famosos pequeños conos numerados de color amarillo), se recoge la muestra y se introduce en una bolsa o caja sellada para evitar su contaminación. «La importante es evidenciar que no ha habido una tercera persona», sostiene Carrasco. Solo se abren en el laboratorio.

Las pruebas más importante que buscan suelen ser el arma homicida, que puede conducir a la identificación del autor del crimen bien por el ADN o por las huellas que haya en la misma; y también la existencia de sangre en un lugar determinado ( como ocurrió en el caso de Laura Luelmo en el interior de la vivienda de Bernardo Montoya) o huellas de mano o zapatos.

ADN en menos de un mes

Las cajas se separan y se llevan al laboratorio químico o al de ADN, que está en la Comisaría General de Científica, no en Moratalaz. Los resultados –se envían a los agentes de Homicidios, que son quienes están investigando y al juzgado que le haya tocado la causa –tardan más de lo que les gustaría pero suelen tenerlos en menos de un mes. No siempre son muy precisos y a veces únicamente puede extraerse una pequeña parte de muestra que, aunque reduce el número de sospechosos, no siempre señala a uno solo. Ocurrió en el caso del pederasta de Ciudad Lineal. El ADN extraído del agresor de una de sus víctimas arrojó un «haplotipo Y» que podía pertenecer a la línea paterna de esa familia (su padre, su tío y su hijo, además de él). Serán el resto de indicios hallados por los investigadores los que permitan descartar al resto.

Cuando se produce un crimen, estos agentes de Científica también están presentes en la autopsia practicada al cadáver. «Allí recogemos muestras de sangre indubitada y ropa dañada por el arma» que puede arrojar datos sobre el tipo de arma homicida. En la práctica forense también está algún agente de Homicidios del grupo que investigue el caso. Al terminar, les envían el acta y también al juzgado que lleve el caso. Aunque estos expertos están acostumbrados a ver todo tipo de escenas dantescas, para Carrasco quizá uno de los casos más complicados de trabajar fue la «operación Candy», abierta por el caso del pederasta de Ciudad Lineal. «Sobre todo, por la presión que había», reconoce. De abril a agosto de 2014, Antonio Ortiz agredió sexualmente a, al menos, cuatro niñas y la sociedad madrileña estuvo muy asustada al saber que un pederasta andaba suelto y actuaba de forma periódica. El caso entrañó varias dificultades pero lograron echarle el guante el 24 de septiembre del mismo año.

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