Europa

El asco mueve el mundo

De entre las múltiples novedades editoriales que se han anunciado esta semana en Europa hay una que probablemente haya pasado inadvertida por la mayoría de los consumidores. A no ser que esos consumidores sean apasionados seguidores de las rarezas científicas que en el mundo son, como es mi caso. Se trata del libro «No mires, no toques» de la doctora Valerie Curtis, de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. Curtis es médico pero quizás sería mejor llamarla «asqueóloga» porque ha dedicado parte de su carrera, y el libro que acaba de editar, al estudio del asco como motor de la evolución humana.

La elección de este tema como área de estudio ya convierte a la investigadora londinense en alguien muy especial. Pocos seres humanos están dispuestos a admitir su fascinación por el vómito, el pus, las heces, los insectos, las carnes pútridas, los malos olores... Curtis lo hace, pero amparada en un excusa científica irrefutable. Según ella, «la evolución ha dotado a los seres humanos de una herramienta única de superación: la repulsión hacia objetos, olores, fluidos, secuencias y actos desagradables» y no lo ha hecho sólo por cuestiones morales estéticas, lo ha hecho por pura supervivencia. Es lo que algunos científicos han llamado «teoría de la evitación de parásitos»: sentimos ancestral asco hacia aquellas cosas que podrían matarnos. Generalmente las cosas que nos repugnan han podido ser, en algún momento de nuestra evolución, fuente de patógenos. El vómito de otro individuo es síntoma de enfermedad y de posible contagio; la carne deteriorada es dañina para nuestra salud y nos repele con su hedor aunque la apariencia física sea apetitosa; los insectos y roedores pueden asociarse a transmisión de enfermedades; las purulencias de la piel pueden llevar virus y bacterias en su interior. No sigo, porque es probable que usted esté leyendo esto mientras se deleita con un buen aperitivo o merienda... no es cuestión de estropeárselo.

Sea cual sea la fuente de nuestra repugnancia, todos los seres humanos reaccionamos de la misma manera arrugamos el ceño, disminuimos el caudal de aire de la nariz, retiramos la mirada. Parece un mecanismo de defensa perfectamente diseñado para evitar la llegada del parásito que va a matarnos. Al fruncir el ceño cerramos nuestros receptores olfativos y reducimos la sensación de hedor. Con ello conseguimos dos objetivos: por un lado disminuimos el contacto con los volátiles que transportan el olor desagradable. Se sabe que nuestro sistema olfativo está preparado para dejar de actuar cuando se prolonga un determinado estímulo. Todos hemos experimentado cómo al poco tiempo de entrar en una habitación que hiede, nos acostumbramos al ambiente y el perfume deja de molestarnos; basta salir al fresco y volver a entrar para que el olor sea de nuevo percibido. De esa manera, nuestro olfato aprende a obedecer a nuestro cerebro, si seguimos en esa habitación es por que lo necesitamos, así que mejor no seguir dando la lata con el olor. Pero este mecanismo sería fatal en el caso de los olores que nos alertan de posibles amenazas; a esos no queremos acostumbrarnos pues la próxima vez correremos el peligro de caer en la trampa y comer la manzana podrida. Nuestro ceño filtra la intensidad del olor y, como segunda función, reduce el aporte de aire del entorno, por si ese aire estuviera contaminado de gérmenes procedentes de la fuente repulsiva.

Al mismo tiempo retiramos la mirada para huir del elemento en cuestión y en algunas ocasiones extremas llegamos a generar una respuesta de defensa inmunológica propia: vomitamos.

La doctora Curtis cree que estas reacciones impresas en nuestros genes desde los tiempos en que éramos torpes homínidos cazadores han contribuido a moldear nuestros modales de manera que nuestra capacidad de asco es vital para que hoy nos podamos comportar en sociedad como seres civilizados. No aceptamos que alguien se presente a una reunión importante con la ropa sucia, entendemos grosero oler a sudor, practicamos el sexo en la intimidad, nos aislamos para realizar nuestras necesidades fisiológicas, evitamos eruptar en público (en la mayoría de las culturas, al menos). La repugnancia mueve el mundo, según el atractivo libro de Valerie Curtis. «Si voy a ser un animal social –comenta la autora– debo admitir que te acerques algo a mí, pero haciendo eso abro la puerta a que me contagies una enfermedad». Los animales somos bolsas andantes de microbios. Piénsese por ejemplo en los riesgos que se corren al mantener relaciones sexuales. Por eso, la segunda fase evolutiva después de la aparición del asco fue el desarrollo de la higiene. Por supuesto que interactuamos (nos tocamos, nos besamos, compartimos el ascensor, dormimos juntos, copulamos...) y si llevamos milenios haciendo estas cosas, excepto lo del ascensor, sin haber desaparecido de la faz de la tierra es porque lo hacemos con buenos modales, con higiene, con delicadeza y con seguridad. O al menos deberíamos.