Historia

España, sin rescate en Eurovisión

El Sueño de Morfeo, durante su actuación en Malmö
El Sueño de Morfeo, durante su actuación en Malmö

El Sueño de Morfeo queda en penúltimo lugar tras lograr apenas ocho puntos en una edición del festival que ganó Dinamarca, la gran favorita

Bonnie Tyler puede hacer lo que le salga de la laca. Y en Malmö, la sede sueca del carrusel eurovisivo de este año, más. Hasta darse un batacazo en las votaciones. Sobre todo cuando una peina canas cubriéndolas con el mismo rubio de antaño y se mira en la sombra de ojos que cautivaba en los ochenta. Bailando como una madre de vacaciones en Benidorm. Treinta años después, su voz sigue rota dibujando sonidos sólo aptos para quienes saben cumplir sin dejarse perder. Da igual lo excesivo de su lifting o algunos aspavientos sólo comparables a las folclóricas patrias. Con lo que has sido, Bonnie, dichosa tú que te has querido mirarte en el espejo de 2013 y darte un baño catódico de masas merecido. Cuando nadie te esperaba ni en «Qué tiempo tan feliz», nos pedías anoche en plan balada roquera que creyéramos en ti. Bonnie Tyler, creo en ti. En tu voz. En tus kilos. En tus cueros.

Por todo eso y más, la galesa fue la estrellona del festival. Por encima de los besos lésbicos llegados de Finlandia, del vestido inenarrable de Gaultier para la presentadora, de la bola de discoteca bielorrusa que no entra ni en Fabrik, del gigante que trajo en brazos a la representante de Ucrania o la ascensión de Moldavia. Incluso por encima de la ganadora, la danesa que dice ser descendiente de reinas «British». Flauta, tambores y una historia bien contada en tres minutos es lo que hizo de Emmelie de Forest la vencedora del concurso. Intérprete, música y puesta en escena estudiadas al milímetro como el año pasado hizo Loreen con su «Euphoria». Es el único truco para ganar en la Europa de los 39. También supo hilar su cuento el representante de Azerbaiyán, segundo en el ranking, con un relato de amor imposible con lado oscuro y voz trabajada. Lo bordó. Y punto.

Problemas con su peine mostraron tanto la francesa como el italiano. La una desgañitándose a más que Mila Ximénez ante Jaime Ostos. El otro, con su Salvatore Ferragamo impecable, pero con poca gracia.

Pero no se crean que todo fue para borrar de la memoria a golpe de terapia de choque con «El baile del gorila». También se dejaron caer temas para recordar. Incluso para llevar en el iPod. Busquen y compren a Anouk, la voz de Holanda, con esa deliciosa canción antieurovisiva cargada de pájaros melancólicos que dejaron embobados a quienes están acostumbrados a beberse un certamen con canciones facilonas y petardeo.

Entre Tino Casal y Locomía

Intérprete, letrista y compositora a la par, sin desmerecer. Sencillez y temple sobre el escenario. Sin artificios, como el maltés Gianluca. Una reivindicación justa frente al «chundachún» noruego de siempre. Véanse a los griegos entregados al alcohol frente a la crisis o los gorgoritos rumanos. Cezar aspiraba a ser el Tino Casal del Este y se quedó en Locomía con brilli-brilli y elevador. Miedo. Uno confía en que se cruzara con la rusa y le calmara entonándole su versión de «Que canten los niños». Lucha infatigable por los votos en una cúspide y huérfanos de Uribarri cuando tocaba adelantarse a las estratgias de nórdicos y ex sovieticos. Bien podría haber echado algún cable desde lo alto para solventar esos doce votos fugados de Portugal o el micrófono abierto de Íñigo recibiendo órdenes.

El Sueño de Morfeo más bien fue una siesta de las que uno ni se acuerda. Fue como si Raquel del Rosario y sus chicos no hubieran actuado. Ni el jurado ni el televoto vieron en ellos esa «luz» que defendieron con dignidad, entusiasmo y alegría contenida. «Contigo hasta el final», repetía Raquel sin perder la sonrisa y con miradas cómplices a la cámara entre un gaitero, la cinta americana en la guitarra y una lámpara de Ikea que subía hacia lo alto cual globo lleno de helio. De poco sirvió que Fernando Alonso pidiera votos para su ex vía Twitter. Así nos quedamos. Al final de la tabla. Penúltimos, con 6 puntos de Albania y 2 de Italia. Y Raquel del Rosario, descalza. Como Remedios Amaya. Treinta años después. Ay, quién maneja mi barca.

Una reina descalza

Lo de menos es que la representante danesa fuera por las calles de Malmö autoproclamándose descendiente de la Reina Victoria. Con 19 años, Emmelie de Forest conquistó a Europa con su «Only Teardrops», («Sólo lágrimas»). Cantó con un vestido ecológico y descalza, porque siente más cerca «la energía que nace del escenario».