«Juego de tronos»: ¿Por qué no nos cansamos?

¿Sorpresa o justicia? Las dos posibilidades son compatibles ante el triunfo de la serie, que arrasó en los Emmy con 12 premios.

Doce, como los apóstoles, son los premios Emmy que se ha llevado en su edición de 2015 la serie «Juego de tronos», incluyendo el de mejor serie dramática, en una ceremonia que no dejó de recordar la de los Oscar cuando, el año 2003, «El Señor de los Anillos: el retorno del Rey», de Peter Jackson, ganó las once estatuillas a las que estaba nominada. Justo cuando empieza a rodarse en España su nueva temporada, no solo nadie parece cansarse de esta interminable saga de fantasía heroica –como llamábamos antes al género-, sino que, por fin, ha sido reconocida con el máximo galardón televisivo estadounidense y, para muchos, mundial, algo que pocas series de fantasía, si alguna, han conseguido alguna vez lo largo de la historia catódica. Raras veces el género ha sido capaz de conquistar a un público tan masivo y variopinto, y menos aún, de ser tomado lo suficientemente en serio para alcanzar el podio de los Emmy. ¿Qué hace tan especial Juego de tronos? Sin duda, no son sólo los espléndidos efectos especiales, impresionantes decorados y escenarios espectaculares, ni su narrativa y estilo, más cinematográficos que los de muchos de los filmes que se estrenan en la gran pantalla, aunque todo ello influya, desde luego. Ni tampoco su reparto, tan bien dotado dramática como físicamente... Se trata de algo mucho más simple, a la par que inédito hasta hace poco: combinar la sensibilidad de la vieja y siempre eficaz «soap opera», es decir, la telenovela o culebrón de toda la vida, con los fastos y pompas de la fantasía épica. Un emparedado relleno a partes desiguales de intrigas y exotismo, sexo y fantasía, romance y violencia, protagonizado por héroes y villanos que son, a menudo, ambas cosas a la vez o por turnos, y poderosas mujeres. Es decir, parafraseando a John Steinbeck, de dragones y hombres (sin olvidar tampoco algunos ratones, por supuesto).

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Esto, que parece tan obvio, no había ocurrido nunca antes, al menos a tal escala. Primero, por supuesto, hay que reconocer el talento de su creador, el escritor George R. R. Martin, que después de revelarse como autor de cuentos cortos en los años 70 del pasado siglo, se ha convertido en culpable de la novela o, al menos, una de las novelas más largas de la historia, todavía lejos de haber alcanzado su final (con el consiguiente problema que esto conlleva para los guionistas de la serie, claro, y el hecho de que Martin haya hipotecado su talento casi de por vida). «Canción de hielo y fuego», que publica en nuestro país con éxito imparable la editorial Gigamesh, consiguió convertirse en best seller sin precedentes en el mundo de la literatura de fantasía y ciencia ficción, llegando al lector generalista en poco tiempo y mucho antes de su versión para televisión. Naturalmente, porque en ella está perfectamente expresada y contenida ya la esencia de su triunfal apoteosis televisiva. Sus fans y lectores entregados están convencidos de que convierte, por fin, al mundo de la literatura adulta el imaginario de la fantasía, hasta entonces casi, casi –según muchos-, propio solo de niños y adolescentes (incluyendo adolescentes eternos). Por fin puede disfrutarse de dragones, profecías míticas y criaturas mágicas, en una trama compleja, con personajes ambiguos, situaciones sin maniqueísmo, giros sorprendentes y, sobre todo, lo que algunos consideran «adulto» por antonomasia: sexo y violencia sin tapujos. O sea, como si cruzaras «El Señor de los Anillos» con «Falcon Crest»... Porque ese es, exactamente, el «truco», dicho sin ánimo peyorativo, de «Juego de Tronos». Reconociendo, por supuesto, que combina acertadamente lo mejor de ambos mundos.

¿Qué es lo que nos ha gustado siempre de una buena serie televisiva de calidad? Pues eso: erotismo, intrigas, traiciones, crímenes... Si antes lo justificábamos con una buena dosis de Historia con mayúscula –ahí está «Yo, Claudio»-, ahora ya no hace falta. Por supuesto, Martin sí sabe Historia –la de la Guerra de las Dos Rosas, la de los Reyes de Francia escrita por Maurice Druon, etc.–, pero, como los productores de la serie, también sabe que la mayoría de la gente no tiene tiempo, memoria o ganas de estudiar y prefiere un poco más la fantasía. Si a la ecuación le añades dragones, magia, profecías y continentes míticos, sin duda tienes a todo el mundo bien contento. Guste más o menos, no queda más remedio que quitarse el sombrero –o el casco– ante el invento. Que no es más que otro signo de nuestro tiempo: fantasía para quienes no ven o leen fantasía y folletín o culebrón para quienes quieren creer que no les gusta el folletín ni el culebrón. Como cantaban en «Golfus de Roma»: «Something familiar, something peculiar, something for everyone: A comedy tonight!».