La «tribu» se queda huérfana

Manu Leguineche falleció ayer en Madrid a los 72 años dejando un monumental legado como reportero en conflictos como Vietnam e Irak

Uno de los grandes periodistas españoles Manu Leguineche ha fallecido a los 72 años
Uno de los grandes periodistas españoles Manu Leguineche ha fallecido a los 72 años

Era, y seguirá siendo, la envidia de muchos periodistas porque siempre estuvo donde tenía que estar: en la guerra entre India y Pakistán, Vietnam, Nicaragua, Marruecos, Argelia, Camboya, Palestina, Israel, Afganistán, Líbano, Chile, la caída del Muro de Berlín, el desmembramiento de la Unión Soviética, las Malvinas, Irak, la elección de Barack Obama... Allí donde había un conflicto bélico, ahí estaba Manu Leguineche, que falleció ayer en Madrid a los 72 años de edad a causa de una larga enfermedad que dejó postrado al trotamundo y huérfana a la «tribu», esa especie de periodistas cuyo ecosistema no es otro que vivir las guerras para contarlas.

«Tenía los mejores valores periodísticos: la independencia, la dignidad y vigilar al poder», dice el fotoperiodista Gervasio Sánchez, que como tantos, como casi todos los periodistas fue detrás de sus huellas para pedirle esos consejos sobre cómo ejercer el periodismo que nunca daba por pudor.

Manu Leguineche (Arrazua, Vizcaya, 1941) fue un periodista vocacional. Tanto como para, con 17 años, acercarse a la planta noble de «El Norte de Castilla», para entrevistarse con su director, Miguel Delibes. Pero Leguineche no era un animal de redacción. Al año siguiente, ya se subió a un Jeep para dar la vuelta al mundo con un grupo de periodistas estadounidenses. Sus vivencias quedaron reflejadas en el libro «El camino más corto». Aquel viaje no le sació; al revés, le ayudó a tomar impulso. A los 19 años tomó un ferry a Alicante con destino a la guerra de Argelia, la primera de tantas. Era 1962 y tres años después encontró un nuevo destino: la guerra entre India y Pakistán.

Maestro de reporteros

A partir de esos momentos, Leguineche levantó acta de la Historia con sus crónicas periodísticas. Vietnam, el conflicto que más le marcó emocional y profesionalmente. «No tuvimos infancias felices, pero tuvimos Vietnam», decía tomándosela prestada al reportero Michael Herr. Lejos de banalizarla, hablaba de, lo que para él, fue el esplendor de los reporteros de guerra, que no iban empotrados con ningún ejército ni aún estaban resabiados. Una especie que, ahora, parece que está en vías de extinción.

Desde este momento los conflictos se irían sucediendo uno detrás de otro, y la firma de Leguineche con ellos. La crudeza que le rodeó en estos momentos le sirvieron para llenarse de humanidad y aprender a compartirla.

A finales de los 70 cubrió cómo cayo Somoza en Nicaragua, el Sha de Persia o Macías en Guinea y entrevistó a Juan Domingo Perón e Indira Gandhi.

Sánchez le conoció en 1988, en Chile, durante el plebiscito que acabó políticamente con Pinochet. Le recuerda como un hombre meticuloso, que se prepara sus crónicas a conciencia. «Tenía un gran conocimiento de la realidad política, económica y social de los acontecimientos que cubría. Llevaba grandes carpetas y contaba lo que sucedía de forma amena y muy rigurosa».

Javier Reverte, que ha compartido con él desde los desvelos de la guerra de Bosnia a otros más lúdicos como las partidas de mus, afirma tajantemente a LA RAZÓN que «muere el último gran reportero». Reverte explica, en contra de lo que Leguineche decía de sí mismo, que «escribía muy bien. Se fijaba en todo, era muy detallista». También rememora el momento de éxtasis que vivió con la llegada del fax: «Tras dictar tantas crónicas por teléfono estaba maravillado», explica.

Leguineche era un señor catedrático del periodismo antes de graduarse. Lo hizo en 1971 después de enviar centenares de crónicas. Fundó y dirigió la agencia Colpisa entre 1970 y 1982. Después hizo lo propio en Cover Prensa y LID. En 1990 creo Fax Press y se permitió el lujo de rechazar en 1986 ser el jefe de informativos de TVE. A lo que no se pudo negar es a hacer lo que mejor sabía: dirigir y presentar el informativo «En Portada» y formar parte de su equipo de reporteros. Entre sus crónicas, una que le impresionó vivamente: el asesinato de Ignacio Ellacuría y otros jesuitas en El Salvador, además de la guerra del Golfo. Los premios no tardaron en llegar, entre ellos el Nacional de Periodismo (1980) y el Cirilo Rodríguez (1984) o la Medalla del . Los libros que escribió también son parte de su monumental legado. La mayoría de ellos eran una reflexión pausada, y aumentada, de sus crónicas periodísticas como «El camino más corto» «Sobre el volcán». «La primavera del Este»... y también de su gran pasión: el mus. El prólogo de «La ley del mus» lo escribió el Rey. En sus últimos años nos regaló su libro más sencillo en apariencia: su observación, placentera y nostálgica, de la vida en «El club de los faltos de cariño».

Manu Leguineche deja un hueco enorme. Tanto Gervasio Sánchez, como Diego Carcedo, Javier Reverte, Martín Prieto y Antonio Pérez Henares, como sus otros amigos, nunca se resignaron a verle varado en La Alcarria, a él que transitó tantas veces la miseria humana.