«El asesino no pronunció palabra, empezó a disparar»

Así lo cuenta por teléfono el superviviente Manuel Andreu desde una habitación del Hospital Clínico de Zaragoza, donde se recupera

Guardias civiles desplegados en el lugar del asesinato
Guardias civiles desplegados en el lugar del asesinato

Así lo cuenta por teléfono el superviviente Manuel Andreu desde una habitación del Hospital Clínico de Zaragoza, donde se recupera.

Cada día que pasa da gracias por haber sobrevivido. «Por lo visto he tenido mucha suerte. Eso me dicen todos. Y más después de ver lo que les ha hecho a los guardias civiles y al chaval», reconoce por teléfono Manuel Andreu, de 73 años, desde una habitación del Hospital Clínico de Zaragoza donde se recupera. Norbert Feher, alías «Igor el Ruso», aunque su origen es serbio, se cruzó en su vida tan sólo durante unos segundos interminables y casi letales. «Llevaba dos días que no podía entrar a la vivienda que tengo a las afueras del pueblo porque se había roto la cerradura de la puerta principal. La cerraja no funcionaba, pero no porque estuviera forzada ni nada, ni por allí vi a nadie extraño los días previos, simplemente se había averiado. La cosa es que le pedí a Manuel, el cerrajero, que subiera conmigo a arreglarla», relata.

Llegaron los dos en coche cuando la noche ya había caído y las sombras invadían hasta los agujeros. «Serían las siete de la tarde (del martes 5 de diciembre). Primero se bajó el cerrajero y caminó hacia la puerta. Se la encontró reventada y se topó con un hombre de dentro. El asesino no pronunció una palabra, se vio sorprendido y empezó a disparar».

Manuel habla lento, con la tranquilidad que le da la edad y el saber que el pistolero no podrá hacer más daño ya que se encuentra en los calabozos de la comandancia de la Guardia Civil de Teruel.

«Fue una casualidad que subiéramos nosotros y que justo hubiera entrado en mi casa de campo porque no le dio tiempo a robar nada. Cuando salí del coche sólo vi que se movían las tiras de la cortina de la puerta, como se agitaba aquello y a continuación escuché los tiros: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!... Me caí al suelo, pero no me desmayé», aclara y se le escapa una breve risa relajada.

«Me desplomé porque a mí me entró una bala por el hígado y me salió a medio centímetro del ventrículo del corazón. Muy pegadita. Al cerrajero lo hirió en un brazo. Le destrozó el húmero y según me han dicho le tendrán que someter a varias operaciones para que lo recupere bien», explica.

Como es lógico, el joven, ante la inminencia de su muerte si se quedaba quieto, pensó eso de «pies para qué os quiero» y huyó como perseguido por el diablo. «El asesino salió detrás de él», continúa Manuel su relato, «disparándole. Le persiguió tirándole sin parar. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Se logro escapar y llegar al pueblo escondiéndose por las huertas y los cañaverales. Yo me puse las manos en el pecho porque me salía la sangre a chorro y entonces pensé: «Me tengo que largar de aquí rápido porque sino me van a matar». Así que me metí en el coche como pude, le di la vuelta y salí pitando para abajo. Llegué al pueblo y paré delante del cuartel. Empecé a tocar el claxon como un loco y salieron para socorrerme enseguida, luego las ambulancias me llevaron al hospital».

Estuvo seis días en la UCI, después en planta, y por fin ayer –tras esta conversación– le dejaron ir a casa rodeado de sus seres queridos: «Parece que mi hígado se regenera bien», concluye.