El «efecto Debbie Reynolds»: ¿se puede morir de pena?

Miocardiopatía por estrés, síndrome de Takotsubo o del corazón roto. La literatura clínica se ha aproximado en distintas ocasiones a este fenómeno.

Debbie Reynolds y su hija Carrie Fisher, en julio de 1971 en Las Vegas
Debbie Reynolds y su hija Carrie Fisher, en julio de 1971 en Las Vegas

Miocardiopatía por estrés, síndrome de Takotsubo o del corazón roto. La literatura clínica se ha aproximado en distintas ocasiones a este fenómeno.

La actriz Debbie Reynolds ha muerto esta semana menos de 24 horas después del fallecimiento de su hija, la también actriz Carrie Fisher. Estaba ultimando los preparativos del funeral cuando un infarto cerebral acabó también con su vida.

Para quienes no lo hemos experimentado, es difícil imaginar a qué extremos de sufrimiento puede someterse al cuerpo y al espíritu ante el trance de la muerte de un hijo ni qué efectos reales puede tener el suceso sobre la salud del padre o de la madre. Debbie Reynolds, la inolvidable protagonista femenina de «Cantando bajo la lluvia», sufrió el ictus fatal poco después de haber declarado al portal de noticias TMZ, «la añoro tanto... quiero estar con Carrie».

Es cierto que no fue este su primer episodio neurológico. Hace dos años confesó haber padecido un ictus del que se recuperó satisfactoriamente. El segundo fue definitivo. ¿Estuvo provocado por el dolor de la pérdida de su hija? ¿Puede alguien morir por culpa del fallecimiento de un ser querido?

No sería la primera vez, ni siquiera la primera que ocurre este año 2016, que está a punto de dejarnos. Viene a la memoria el fallecimiento, el pasado 7 de agosto, del filósofo español Gustavo Bueno, a los 91 años de edad, sólo dos días después de la muerte de su esposa, Carmen Sánchez.

La literatura clínica se ha aproximado en varias ocasiones a este fenómeno. En realidad, es una patología reconocida y que, en algunas de sus manifestaciones, tiene nombre. Se conoce como miocardiopatía por estrés o, síndrome de Takotsubo, al repentino debilitamiento del músculo miocardio sin que medie enfermedad isquémica previa. En ocasiones, ocurre cuando una persona recibe una malísima noticia, casi siempre la muerte de un ser querido. Por eso, también se ha llamado síndrome del corazón roto.

No está claro que a Debbie Reynolds se la llevará este síndrome cardiaco. Pero es evidente que la tensión emocional de una muerte cercana tiene capacidad para deteriorar gravemente y en tiempo récord partes vitales del sistema vascular.

En realidad, el síndrome del corazón roto puede ser provocado por cualquier factor estresor, no sólo por el duelo. Se han relatado casos de fallecimientos durante una discusión violenta, una congestión de tráfico o un partido de fútbol vivido con demasiada emoción. El mal se produce cuando parte del músculo cardiaco se contrae de repente y comienza a tener dificultades para bombear la sangre mientras el resto del corazón mantiene su presión habitual. De hecho, ese mecanismo de acción es el que da nombre al síndrome. El corazón adquiere una forma elongada similar a la de un tako-tsubo (una trampa para pulpos utilizada en Japón, país donde se definió la enfermedad por primera vez).

Durante las horas posteriores a la contracción, el corazón bombea menos sangre al resto del cuerpo. Eso debilita el estado general del paciente. La vuelta a la normalidad, generando de nuevo la presión habitual en las venas y arterias, puede generar un infarto. ¿Le ocurrió eso a Debbie?

Sin datos de una autopsia específica será difícil conocer la respuesta. Los geriatras saben que las personas mayores pueden sufrir un estado de debilitamiento general que se agrave en los periodos de duelo. Durante las horas o días posteriores a la muerte de un ser querido, estos pacientes no sólo padecen el empeoramiento de sus constantes sino que se someten a un ambiente perjudicial: el cansancio, la mala alimentación, el olvido de tomar la medicación, el abandono de la higiene... En esos momentos de luto deberían recibir más atención porque son especialmente vulnerables.

El estudio sistemático de esta condición recibió un espaldarazo en 2005 con un trabajo realizado por médicos de un hospital de Baltimore. Entre 1999 y 2003 habían recopilado 18 casos de hombres y mujeres que acudieron a la sala de urgencias con dolor punzante en el pecho, pero sin otros síntomas clásicos de ataque cardiaco. Todos menos dos eran individuos de avanzada edad. Y todos compartían una condición, habían estado sometidos a una presión emocional reciente: la muerte de un cónyuge, una intervención en público, un atraco, un episodio de claustrofobia al someterse a una prueba de resonancia... Aquellos médicos fueron los primeros en hablar de «síndrome del corazón roto».

¿Puede ocurrir también que ese mismo estado de tensión produzca un infarto cerebral? En 2014 el Journal of the American Medical Association (JAMA) sugirió que sí: la muerte de la esposa o el esposo es susceptible de aumentar el riesgo de ictus. Se basaba para ello en un estudio de 30.000 adultos entre 60 y 89 años en el Reino Unido. Todos se habían quedado viudos o viudas entre 2005 y 2012. Se comparó su evolución con la de otros 89.000 adultos cuyos cónyuges aún vivían. Entre los viudos el riesgo de sufrir un ictus en los 30 días posteriores a la pérdida de la pareja fue mucho mayor. Después de pasado el primer mes, el riesgo de ambos grupos se equilibraba.

A la luz de estos datos, los expertos tienen cada vez más claro que es imprescindible saber manejar el duelo también en términos clínicos. Sobre todo cuando se trata de personas de avanzada edad, el cuidado de la salud del que se queda en este mundo es de vital importancia. Por que la respuesta es «sí, la muerte de un ser querido nos puede matar».