Las tablas para la cocina acabaron de ataúd de Angelines

Manuel Morales, el hombre que mantuvo el cuerpo de su madre en su casa de Carabanchel para cobrar la pensión, quedó en libertad al descartarse que la mujer falleciera por causa violenta

Manuel posa en habitación donde tuvo la tumba de su madre sobre unos tacos para que la cabeza estuviera un poco más elevada. Puso velas y cruces a modo de homenaje / Fotos: Cipriano Pastrano
Manuel posa en habitación donde tuvo la tumba de su madre sobre unos tacos para que la cabeza estuviera un poco más elevada. Puso velas y cruces a modo de homenaje / Fotos: Cipriano Pastrano

Manuel Morales, el hombre que mantuvo el cuerpo de su madre en su casa de Carabanchel para cobrar la pensión, quedó en libertad al descartarse que la mujer falleciera por causa violenta.

Manuel tiene una arandela de metal de un palmo de diámetro en el taquillón de la entrada, entre montones de papeles y cachivaches. «Mira lo que tenía preparado por si me tenía que ahorcar, a mí ya me da igual todo», dice mostrándola un segundo antes de volverla a tirar a la montonera de trastos. No le da mayor importancia, como si fuera un decir, y sigue su camino hacia la habitación de matrimonio, donde ha mantenido a su madre fallecida en un féretro fabricado por él mismo desde el pasado 6 de enero, calcula él, porque tampoco puede precisar. Eran esas fechas porque recuerda que había comprado «un roscón de reyes de esos pequeños para comérnoslo entre los dos y a ella le había tocado la figurita. Luego la tiré contra la pared, de la rabia». Aquel día él estaba con 39 de fiebre, se encontraba fatal y se tomó «tres sobres de Espidifen».

«La oí por la noche que hacía un chasquidito para llamarme y la cambié de postura. Dijo un “ay” diferente al que hacía otras veces. Como de agonía. Pero eso lo pensé a los días. Después me quedé dormido porque me había tomado tres sobres de eso». A la mañana siguiente o «quizás fuera ya por la tarde», cuando se acercó a verla, «ya estaba negra y helada. Me quedé bloqueado». Nadie sabe qué pasó exactamente por la cabeza de Manuel para reaccionar como lo hizo. Parece que habían tenido problemas con el seguro de la casa y quizás dejó de pagarlo hace tiempo, según da a entender, por lo que ya no cubriría el entierro y no podría hacer frente a esos gastos. También parece que hay un componente de picaresca en la triste historia y, en realidad, a Manuel le viniera mejor no comunicar a nadie el deceso de su madre para seguir cobrando su pensión, como así hizo. Asegura que a ella apenas le llegaban «600 y pico euros» y a él «400 y pico» desde los 55 años. Y esos mil y poco euros era el dinero con el que contaba mensualmente y al que no podía renunciar. Así, se puso manos a la obra y decidió dar sepultura a su madre a su manera. Tenía unas tablas de madera de pino que compró el 27 de junio de 2017 (él mismo muestra la factura) con la intención de arreglar el mueble del fregadero de la cocina, tras su discusión con los del seguro. Dado que se le daba bien el bricolaje, comenzó a unir los tablones con unas juntas.

Como también tenía «conocimientos en enfermería porque hice la mili en el Hospital Militar Generalísimo Franco de Moncloa», sabía «lo que le ocurre a los cuerpos en descomposición». Por eso, una vez terminada la caja, la cubrió con un plástico y encima puso «una rejilla, para los líquidos». Bajó a su madre de la cama con la misma sábana y colocó la tabla de arriba, que selló con cola. A modo de homenaje, encendió una vela y llevó unas flores. No quería dejarla allí abandonada y trasladó el salón al dormitorio. «Llevé el mueble de la tele y allí comía y cenaba. Me hacía compañía». Pero el fuerte hedor alarmó a los vecinos. Él, sin embargo, no olía nada. «Es imposible que oliera mal porque la caja estaba sellada con cola y eso no huele. Además había una vela y yo echaba a ambientador, es imposible», considera.

Lógicamente, eso no era así y la llamada al 091 de algún vecino desencadenó el macabro hallazgo. Ocurrió el pasado miércoles. Como Manuel no abría la puerta, acudieron los Bomberos del Ayuntamiento de Madrid y el Samur. Tuvieron que forzar la puerta de aquel tercer piso de Carabanchel. Allí, a la izquierda, en el suelo del dormitorio y sobre unos tacos de madera para que la caja tuviera una mínima inclinación, había una tumba «casera». El cuerpo de la mujer de 92 años fue trasladado al Anatómico Forense y Manuel, de 62, fue detenido por un delito de estafa a la Seguridad Social. Tras descartar la autopsia que se tratara de una muerte de etiología violenta, Manuel quedó la tarde del jueves en libertad a la espera de que comience su proceso judicial.

La vida de esta familia no parece haber sido fácil.

Los cuñados de la fallecida, que viven en el primero, hablan de la muerte del padre de familia también en extrañas circunstancias hace 35 años en el mismo piso. Sospechan que la propia Angelines «le envenenó» pero el resto de vecinos habla maravillas de esta mujer, que probablemente no pasó los últimos meses de su vida bien atendida. Era Manuel, con sus capacidades, quien se encargaba de ello, aunque dice que no tomaba ninguna medicación. «No le hacía efecto. Tenía alzheimer y cáncer. De huesos, creo, por eso yo le tenía siempre puesta la estufa, porque el calor va bien para los huesos. Le hacía la comida y me levantaba hasta cuatro veces por las noches para limpiarla y cambiarla de postura. Ella ya no hablaba». Manuel, que no explica por qué dejó de trabajar en Aena –dice que era el encargado de poner a punto los relojes del aeropuerto– y reconoce tener un problema con el alcohol, tiene otros tres hermanos.

El menor, Javier, estaría ingresado en un psiquiátrico y los dos mayores, Miguel y Ángeles, viven en Fuenlabrada y Vallecas. Asegura que no han tratado de ver a su madre desde hace años y lo cierto es que no avisaron a la Policía al menos en el último año si algo les pareció extraño. «Yo ahora me dedico a esto», dice enseñando unos dibujos con motivos egipcios y de Jesucristo. Vivió en Móstoles muy poco tiempo, lo mismo que duró su matrimonio. Cuando se separó, «ni siquiera estoy divorciado», volvió a vivir con su madre «hace más de 20 años». Los psicólogos aseguran que, hasta que un forense del juzgado no evalúe su conducta, no se pueden inclinar por ninguna patología.

«No tiene por qué estar enfermo; de hecho, esta creencia estigmatiza aún más a los enfermos mentales», sostiene el presidente de la Sociedad Española de Psicología, Julio Bobes. Para el experto, estas situaciones ocurren de forma más frecuente de lo que creemos y «cuando hay un beneficio económico detrás». «Yo he visto varios casos, los meten en el congelador incluso troceados, y no eran enfermos mentales. De hecho, éstos tienen un potencial de agresividad un tercio menor» que el que está «sano». Así, será un profesional quien determine qué ha ocurrido en este caso.