México lindo y valiente

La Razón
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Como la sandía, cuando es robada, el dinero ajeno sabe mejor hasta que te pillan o los estafados se levantan en pie de guerra. Una cosa es ser gente sencilla y otra ser tontos y tragar. Los hay que se pasan de listos y aprovechan las desgracias ajenas para medrar o hacerse con un dinero que puede que no les haga ricos, pero quizás les permita algún capricho. Lo peor de llevarse el dinero de gente que pasa por un revés vital, como en el caso de los indígenas de Chicapa de Castro, no es tanto el dinero en sí sino el hecho de robarles la esperanza, llenarles la vida de incertidumbre y desasosiego y, sobre todo, traicionar su confianza. Cuando nos sucede un infortunio, somos proclives a confiar fácilmente en alguien que dice estar dispuesto a ayudarnos dado que «estamos emocionalmente distraídos», o sea, con las defensas emocionales bajas. Son demasiados los casos de aprovechados y caraduras que, cual hienas, están al acecho del momento propicio para enfundarse el traje de solidaridad e ir en busca de gente a la que rescatar de su «huracán vital». De rescatar, apoyar o ayudar, nada de nada. Simplemente usan el «acontecimiento» (terremoto, inundación, etc), como «distractor» para hacerse con las ayudas que da el Gobierno o la solidaridad internacional. Cuanto más alguien se las da de buen samaritano, más hay que desconfiar. Obviamente, no todo el que va de solidario es falso. Haberlos verdaderos, como las meigas, haylos. ¿Cómo diferenciarlos? Suelen ser personas discretas y prácticas que van directas al grano, no alardean, no prometen el oro ni el moro, ni pretenden haber inventado la solidaridad. Al igual, que los Balineses, confío en que el karma les ajuste las cuentas.