Opinión

Síndrome del nido vacío

Vacaciones de trabajo en la que sólo descansan y se divierten los chicos

Marta Robles
Marta RoblesAteneo Mercantil de Valencia

Los veranos nunca son sencillos. Las familias completas se reencuentran y, a veces, tras echarse de menos todo el año, cuando se juntan a todas las horas de todos los días, se echan de más. La vida es pura contradicción. Y las relaciones de cualquier tipo, más todavía. Los padres, rodeados de hijos y después también de nietos, reclaman durante un millón de años, que parecen pasar con enorme lentitud y lo hacen a toda velocidad, esa soledad necesaria para tantos planes soñados y aplazados, imposibles mientras los hijos crecen y cuando llegan llegando los nietos; pero cuando, casi por sorpresa, unos y otros se van y ellos recuperan el espacio completo de sus vidas, ya es demasiado tarde.

Tras tantos años de crianza, de pelea, de supervivencia…, de vacaciones de trabajo en la que sólo descansan y se divierten los chicos, en tanto que los padres se ocupan del hogar, del orden, del sustento, del bienestar y se enfrentan por los horarios, la economía y hasta la indumentaria de sus hijos, años en los que vuelven a la rutina más cansados que cuando se fueron y deseando reincorporarse a sus vidas laborales, ese otro verano de silencio, que se presenta de improviso, sin obligaciones, donde la única tarea imprescindible es la de mirarse en los ojos del otro, llega tarde.

Los padres llevan más tiempo siendo padres (y abuelos) que ellos mismos y ya no se recuerdan. ¿Quiénes eran cuando no se escribían las arrugas en sus pieles y no les dolía el cuerpo por las mañanas? ¿Quiénes cuando caminaban de la mano, sin testigos?

Ahora, al volver a hacerlo, con el nido ya vacío, ley de vida. Los veranos se les hacen eternos. Y les da miedo la añorada soledad.